EL ARTE DE SOÑAR Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Marzo de 2011

 

Francisco Alcoholado Rodrigo.

Médico y terapeuta.

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El método científico planteó sus bases a través de Descartes, y uno de sus fundamentos es la causa-efecto. En todo efecto subyace una causa.

Por ejemplo, un hombre comienza con un cuadro de tos y dificultad respiratoria. Luego, se le suma fiebre, decaimiento y una puntada torácica. Va a un centro asistencial; es evaluado por un médico y se le toma una radiografía. En esta aparece un velo del tercio inferior de un pulmón. Diagnóstico: neumonía. Es tratado con penicilina sódica y se le toman muestras de desgarro. 24-48 horas después, el cultivo muestra desarrollo de un neumococo, bacteria responsable de la neumonía neumocócica. Aquí tenemos un claro ejemplo de causa y efecto. El neumococo (la causa) actuó en el organismo produciendo la neumonía (el efecto). Así funciona la ciencia y así hemos progresado.

Jung descubrió que había otro mecanismo que podía relacionar dos cosas, sin conexión aparente entre sí, y a ese mecanismo lo llamó sincronía o sincronicidad.

En la sincronía dos elementos que no tienen ninguna correlación se emparejan y conectan de manera enigmática y especial. Por ejemplo: en la noche sueño con Juanito. En la mañana me levanto, recuerdo el sueño y pienso: “¡Vaya! soñé con Juanito; ¿que será de él, que hace tantos años no le veo?” Esa tarde suena el celular y al otro lado de la línea está… Juanito.

Aquí estamos relacionando un sueño con la aparición de Juanito al día siguiente. Un científico pondrá en claro que aquí no hay ningún nexo de causa-efecto entre el sueño y que Juanito aparezca al día siguiente. Y su certeza empírica se basará en que normalmente el ser humano sueña con personas que no ha visto por largo tiempo, y que ellas no se aparecen al día siguiente. Cierto.

Ejemplos prácticos. Dos o tres días después del terremoto del 27 de febrero, en un momento de la tarde que me dejó espacio para el ocio, decidí ver una película en DVD. La tenía guardada hacía como 6 meses. Había hecho una limpieza de películas pocos días antes y regalado la mayoría. Me dejé dos o tres que aún no había visto. Me senté en la cama y puse “The Soloist”, un drama en el que trabajan Robert Downey Jr. y Jamie Foxx. Cuenta la historia entre un periodista de Los Ángeles y un músico negro esquizofrénico que vive en la calle, a quien el periodista trata de rescatar.

Si abrimos bien los ojos podemos comprobar que, como bien dice Jung, lo interior y la materia se relacionan en una danza secreta y fascinante que ansía por ser develada.

Hay una escena en la que Downey llega a la casa de su ex, con quien tiene un hijo ya grande estudiando en la U. Está deprimido. Mira la casa y le dice a ella: “Me acuerdo que a las dos semanas de llegar a esta casa ocurrió aquel terremoto, y que nos abrazábamos contigo y nuestro hijo -que entonces tenía 9 años- muertos de miedo bajo el dintel de la puerta. ¡Vaya manera de llegar a Los Ángeles!”

Aquí hay una sincronía. Dos días después del terremoto, cuando nuestra psique colectiva veía asombrada y perpleja lo que había ocurrido, el protagonista de una película, guardada por meses en un estante, narra exactamente la misma experiencia que yo pasé. ¡Yo estaba igual, con mi mujer y mi hija abrazados bajo el dintel de una puerta!

¿Causa-efecto? No, pues no podría probar científicamente la relación entre la película, el terremoto y mi estado interior. A lo más, una coincidencia. Pero la sincronía es más que eso, pues es una coincidencia significativa cargada de símbolos y de significados para quien la vivencia. Esa tarde, dos cosas sin relación ninguna, el terremoto y la película, se unieron de manera mágica.

Además, la sincronía se acompaña de una emoción poderosa y silente, numinosa, de revelación de lo sagrado.

En la sincronía un estado mental y emocional interno se empareja con algo de afuera, real y material. ¿Cuántas veces el libro que agarramos con desgano nos precisa exactamente el estado anímico que flotaba como un iceberg semihundido en nuestro interior? O un día voy en el metro, rumiando en silencio el conflicto en mi relación de pareja, y un par de personas que conversan a mi lado hablan de su drama matrimonial, como si misteriosamente se hubiesen concertado para darme un consejo.

Bárbara Délano, poeta y amiga, falleció en el accidente del AeroPeru en la primavera de 1996. Por casualidad escuché en las noticias sobre el accidente, con su nombre en la lista de desaparecidos. Me fui a dormir conmocionado. Esa noche sueño con ella:

“La veo frente a mí y viste de amarillo y verde. Nos damos un fuerte abrazo. Conversamos mucho tiempo y me cuenta que nunca sospechó de su muerte y que incluso antes de tomar el avión se hizo el tarot y no apareció nada. Nos ponemos entonces a tirarnos cartas. En una de ellas aparece una persona que le clava un puñal a otro. Hay que identificarse con uno de los dos personajes: con la víctima o con el victimario. Bárbara me dice que se queda con el victimario. Que a uno le gusta clavar los puñales y después juega a hacerse la víctima. En la vida uno hiere más frecuentemente de lo que es herido, dice. La escena cambia. Estoy en un jardín rodeado de niños. Yo les enseño algo, y les digo: The butterfly is flying (La mariposa está volando)”.

No era una buena época para mí, pues acababa de volver a Chile, no me acostumbraba y tenía una seria lesión en un menisco. Me sentía víctima. Fatal. Me quedé más tranquilo. Tres días después, me llega una carta: ¡era de Bárbara, fechada en México justo antes de subir al avión! En medio de la carta se le acaba la tinta del lápiz y puede apenas terminarla.

Tres meses después, conocí a mi mujer y madre de mi hija. Una noche mientras dormía le descubrí en la espalda un tatuaje pequeño de… ¡una mariposa volando!

Si abrimos bien los ojos podemos comprobar que, como bien dice Jung, lo interior y la materia se relacionan en una danza secreta y fascinante que ansía por ser develada.

 

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