SOMOS INSPIRACIÓN Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Agosto de 2011

En esta cultura mecanizada, que prácticamente ha olvidado algunas artes manuales tradicionales, buscamos el testimonio de una tejedora a telar actual, que combina en su trabajo instrumentos y técnicas ancestrales con fibras naturales y una variedad de colores, para dar vida a modernos y artesanales diseños que tienen historia, y no pasan de moda.

 Textos y fotografías de Francisca Gálvez Vidal.

El arte del tejido a telar ha formado parte de la historia de la humanidad, y especialmente de la labor femenina, desde tiempos inmemoriales. Los dedos diestros de las mujeres han trabajado con paciencia milenaria, entrelazando por encima y por debajo los hilos de la urdimbre y de la trama, transmitiendo una tradición que ha vestido y abrigado a los pueblos por generaciones. Su origen se remonta a las civilizaciones de la antigua China y de Oriente Próximo, antes de alcanzar Europa. En Chile no ha sido diferente, especialmente entre las culturas originarias aimara y mapuche.

Pero la mecanización de la industria textil ha erosionado en gran medida el telar del saber popular. Actualmente, muy pocas mujeres mantienen vivo el arte de tejer. Menos aún en las grandes ciudades, donde es mucho más simple y económico comprar en una de las grandes tiendas una manta o un chaleco hecho en China. Por eso invitamos a una tejedora a telar actual, citadina y moderna, para que cuente la historia de su encuentro con el telar, como testimonio de que el oficio sigue vivo, con mucho diseño y color.

¿De dónde viene tu interés por el tejido?

Me ha gustado siempre, desde chica me llamaba mucho la atención. Mi mamá y mi abuela tejían, hacían maravillas, sobre todo chalecos, chaquetones y sweaters. Recibían encargos de europeos y centros de ski. De niña, aprendí con ellas a tejer a palillo. Mi mamá también tejía en telar de bastidor, pero eso yo lo veía muy complicado, no entendía nada… De adulta, seguí tejiendo a palillo durante muchos inviernos. Me mandaban a hacer chalecos, gorros… y estuve entregando ropa y accesorios a una tienda de guaguas.

El tejido a telar es una tradición que ha vestido y abrigado a los pueblos por generaciones.

¿Cuándo comenzaste a tejer a telar?

Tuvieron que pasar varios años para que me atreviera a conocer más de cerca el telar. Me fui interiorizando de a poco, perdiéndole el miedo. Hace unos cuatro años tomé la decisión de comprar un telar de peine, así no más, sin tener idea de nada. El señor que me lo vendió me dijo que lo único que necesitaba era aprender a urdir. Su señora vino a mi casa y me enseñó. Yo capté algo, para qué te voy a decir que entendí todo, pero algo, y con eso seguí sola… Fue un proceso de prueba y error. De a poco me fue gustando, y ahora cambié definitivamente el palillo por el telar.

¿Qué es lo que más te gusta del tejido a telar?

Que es un tejido diferente, más compacto. Por ejemplo, la manta mapuche es impermeable, porque el tejido es tan apretado que no pasa el agua. Y sin despreciar el tejido a palillo, creo que el telar permite mayor creatividad para trabajar. Puedes hacer más cosas al poder mezclar fibras con lanas, con vegetales, semillas, piedras o cualquier otro elemento, lo que se hace mucho en los murales y se ve muy bonito. Creo que la idea del telar viene de la observación que hizo el ser humano de la tela de araña, de esa malla tejida tan compleja, tan intrincada… Y me gusta el que venga desde los orígenes. Es muy, muy antiguo, y el estar haciendo un trabajo tan ancestral tiene una fuerza especial. Eso lo encuentro fascinante. Para mí, además, es una verdadera terapia, me vuelo totalmente, puedo pasar horas tejiendo… Me encanta.

Silvia Pérez, una tejedora que rescata y actualiza el alma de las tradiciones ancestrales del telar.

¿Qué trabajos haces?

Lo primero que empecé a trabajar fueron estolas, que son más simples y no tienen mayor ciencia. Después seguí con murales, y al final me entusiasmé con los chalecos, porque la gente me lo pedía. Hoy hago murales, chalecos, estolas, pieceras, bufandas, etc. Todo esto sin haber tomado clases de tejido. Soy en gran parte autodidacta.

¿Qué tipo de telar usas?

He experimentado con varios diferentes. Hoy trabajo principalmente con el telar de peine o María. Es de origen escandinavo y su nombre viene de un peine de acero que se desmonta para el enhebrado. Encuentro que es el más simple de usar. Pero me gusta mucho también el telar mapuche o witral, es el que más me llamaba la atención desde siempre. Contacté a un vendedor por Internet y compré uno. Él me hizo cuatro clases, y estuve mucho tiempo dedicada a trabajarlo. Sin tener idea, empecé a diseñar, a probar, a hacer dibujos…. Es mucho más complicado, uno mismo tiene que ir haciendo los lizos, que van formando la parte de arriba y de abajo del telar, y el tejido queda mucho más compacto, muy apretado. Pero es más trabajoso que el telar de peine; urdirlo y tejerlo es más demoroso, y hay que estar muy concentrada para que no se pasen los hilos de abajo hacia arriba, por ejemplo.

Otro telar con el que he experimentado es el llamado azteca o maya, que consiste en un pequeño bastidor de madera con clavos a ambos lados, enfrentados, en el cual se teje hacia adentro, y la tela tejida va cayendo en el espacio que queda en el medio. Este telar es complejo y lento de trabajar, pero en él se pueden hacer cosas muy bonitas, porque crea un tejido con un entrelazado muy especial, que va formando una especie de malla elástica.

Oveja negra

¿Con qué materiales te gusta trabajar?

Me gustan las fibras naturales. Las lanas, algodones o mezclas de algodón con seda, por ejemplo. Voy un par de veces al año a comprar lanas a Temuco, donde tienen muy buena lana. A un grupo de mujeres mapuches les compro especialmente lana de oveja negra natural, que para mi gusto es la más bonita de todas, por las vetas de distintos tonos que tiene. Pero cuesta mucho encontrarla, claro, ¡es muy escasa la oveja negra! También voy a Bariloche y San Martín de Los Andes a comprar principalmente algodón, porque el argentino es muy bueno, y tienen más variedad de colores. Allá también compro lana de llama, con la que he hecho murales.

Te gusta más lo artesanal…

Sí, me gusta usar cien por ciento fibras naturales, aunque son más caras. Me gusta trabajar con lana bruta. Muchas veces me he pinchado con las espinas o pajitas que vienen mezcladas con la lana. A algunos no les gusta el olor de la lana del sur, pero ¡si ése es el olor del campo, de la oveja…! y, además, se le va pasando con el tiempo. Muchas veces me han preguntado por qué no uso acrílicos, porque así podría vender más barato. Pero no me gusta. Tampoco me gusta meterle máquina a mis tejidos. Acá usan mucho el overlock, una máquina que va cortando, cosiendo y pegando, y simplifica harto la labor. Pero a mí lo que más me gusta es el trabajo manual. Me gusta hacer los chalecos y los murales con terminaciones a mano, netamente artesanales, como era en el comienzo. Lo otro que me gusta mucho son los teñidos naturales, hechos a partir de hojas, cortezas, pastos, raíces, frutos…; me gusta porque le da variaciones al color, no es parejo, y eso le da más encanto al tejido.

¿Te parece que el telar es un arte muy complejo?

Es bastante trabajo. Necesitas paciencia, dedicarle tiempo. Tiene su matemática también, porque tienes que estar contando y dividiendo los puntos. El trabajo que se puede hacer en el telar también depende bastante de la calidad de las lanas, si están bien o mal hiladas. Hay lanas resistentes y otras que se cortan, y cuando eso pasa es muy desagradable. Me pasó al principio muchísimas veces, porque no me fijaba al elegir las lanas, y al urdir en el telar se me cortaban. Eso echa a perder todo el trabajo y se pierde la lana, además. En el sur me han explicado cómo elegirlas. Son detalles que se van aprendiendo, como en todo oficio.

¿Es muy esforzado físicamente?

Depende. Hay que buscar la posición que más acomoda. Yo me siento con las piernas cruzadas en la cama. Aquí me inspiro, es mi lugar. Puedo pasar horas tejiendo sin parar. Eso sí, la vista se desgasta mucho, sobre todo cuando estás diseñando, y necesitas fijarte bien en cada punto. Por eso, normalmente los murales valen más caros que los chalecos, porque implican más trabajo y requieren más concentración…

¿Crees que se está perdiendo el telar como tradición?

Poca gente está tejiendo a telar hoy. La mayoría teje a palillo. Es que el telar requiere mucho tiempo. Además, es grande, necesita espacio. Es bastante más complicado. Y lo que está pasando en el sur es que a la gente joven no le interesan los telares. Porque es mucho trabajo y, a veces, sobre todo les pasa a ellos, no se paga. Por ejemplo, los mapuches, que trabajan en unos telares enormes, se pueden demorar un día entero sólo en el urdido del telar. Y los que ganan no son ellos, sino quienes comercian el trabajo después. Por ejemplo, en el sur se ven muchas mantas, como la manta del cacique, que en el mercado cuesta entre 200 y 300 mil pesos, pero no sé cuánto le pagarán a la gente que lo hace. Yo creo que poco, y se demoran muchísimo en hacerlo…

¿Qué planes tienes para el futuro?

Mi idea es perfeccionarme cada vez más, en el sentido de poder hacer algo como los telares peruanos o aimaras, que hacen cosas muy lindas, con un tejido muy apretado, con dibujos chiquititos y muy complejos. En Argentina también han desarrollado bastante el trabajo a telar. Yo miro mucho lo que hacen ellos para inspirarme. Voy metiendo lanas, haciendo combinaciones, sacando ideas de diferentes partes. Siempre hay cosas que aprender y gente que te puede aportar. Pero me encanta inventar. Todo es imaginación. Esto es algo que uno nunca termina de aprender.

Los murales permiten mezclar fibras con lanas, con vegetales, semillas, piedras o cualquier otro elemento…

¿Quiénes han sido tus principales clientes?

Estoy vendiendo hace como tres años, en mayoría a particulares, por dato. También he vendido en más cantidad a un par de hoteles de montaña y viñas de Colchagua. Pero no soy de hacer grandes cantidades, porque trabajo por gusto. Una vez me pidieron 500 chalecos, pero no tenía cómo hacerlos dentro de un tiempo aceptable, y no me interesa subcontratar gente. Los gringos se vuelven locos, se los llevan todos. Y varias veces me han dicho que estoy vendiendo demasiado barato, ¡que estoy echando a perder el gremio! (ríe). Porque, claro, hay murales que pueden costar 300 mil pesos, y yo los vendo a menos de la mitad… Es que no soy comerciante; esto no lo hago para hacerme rica, lo hago simplemente porque me gusta. 

Contacto:

Silvia Pérez,

teléfono: 9-229 0806,

s.perezortuzar@hotmail.com

4 COMENTARIOS

  1. Hola me encanto tu arte son divinos me gustaria saber cuanto cuesta una estola o si das clases donde se te puede contactar desde ya gracias

    • Estimada Gladys: No sabemos si Silvia Perez leerá tu comentario, para contactarte con ella escribe al correo que aparece al final del artículo, en “Contacto”. Un abrazo.
      Revista Somos

  2. hola sylvia,quisiera que estuvieramos en contacto, yo tambien estoy en el arte del telar y podriamos intercambiar ideas soy de osorno region de los lagos y de los paisajes mas hermosos de chile y ¿de donde eres?

Responder al comentario