EL ARTE DE SOÑAR Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Enero del 2012

 

 

Los griegos se unieron para destruir Troya. El pretexto era que Paris, príncipe troyano, había raptado a Helena, casada con el rey griego Menelao, y esa afrenta debía ser castigada. Pero los motivos reales eran otros, de índole económica como siempre, pues Troya era una próspera ciudad-estado ubicada en una estratégica encrucijada de caravanas comerciales entre Oriente y Occidente.

Francisco Alcoholado Rodrigo.

Médico y psicoterapeuta

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Así, los griegos prepararon una enorme flota en la cual se embarcó un numeroso ejército muy bien armado. Pero quiso el destino y los dioses que los griegos errasen la ruta y en vez de caer sobre Troya llegasen a la ciudad de Misia, donde gobernaba el rey Télefo. “Ya que estamos aquí -reflexionaron los generales griegos-, y tenemos una tropa hambrienta y deseosa de botín, no perdamos esta oportunidad”. Y atacaron Misia.

En la batalla en defensa de Misia, la que fue devastada, Aquiles, el gran héroe griego, con su lanza hiere en el muslo al rey Télefo.

Al retirarse los griegos y constatar Télefo que su herida no curaba, consultó un oráculo, el que le respondió: “Ho trosas iásetai” (Quien provocó la herida la curará).

Disfrazado de mendigo, Télefo parte entonces hacia la ciudad de Argos, donde los griegos se han reunido luego de su fallido intento de encontrar Troya. Allí se encuentra con Aquiles, quien se declara dispuesto a curarle si es que Télefo les indica a los griegos el camino hacia Troya. Hecho el acuerdo, Aquiles pone la lanza con que hirió a Télefo sobre el muslo de éste y con un cuchillo corvo raspa óxido de ella que cae sobre la herida, que se cierra y sana.

¿Qué significados oculta este antiguo mito…?

Los mitos son narraciones plenas de significados sobre la realidad humana y universal. Son verdaderos mapas sobre la experiencia de ser hombres y mujeres, transmitidos a través de generaciones y producidos por todas las culturas.

La imagen nos muestra la escena descrita en el mito de Télefo. Fue hallada en el reverso de un antiguo espejo griego. A la izquierda está el rey Agamenón, que observa la escena. Al medio, Aquiles sostiene su lanza y con un cuchillo corvo la raspa haciendo que el óxido caiga sobre la herida de Télefo. A la derecha, sentado, Télefo muestra su herida, que exuda en el muslo, muy cerca de sus genitales.

“Aquello que hiere cura”. Esa es la base del principio homeopático. En la medicina alopática usamos sustancias contrarias a la enfermedad. Un antibiótico destruye bacterias. Operamos de manera agresiva para extirpar el cáncer. En la homeopatía, en cambio, se usan en ínfimas dosis venenos que provocan la respuesta inmunitaria del organismo haciendo que éste se defienda con propiedad.

En psicoterapia ocurre lo mismo. Si tenemos una herida biográfica, tratamos de olvidarla, bloquearla o alejarnos física y psicológicamente de la situación causante. Como el avestruz, negamos y ocultamos la herida. Tal vez usamos ungüentos contra esa herida, como dedicarnos al trabajo, a los hijos, al poder, de manera que ella sane. Pero no. Sólo lo que hiere curará.

Es especial que sea el óxido de la lanza lo que cierra la herida. El óxido es sucio; sin embargo, aquí es símbolo de imperfección sobre la cual se puede crecer. La propia imperfección.

Cuando uno inicia un proceso de trabajo psicoterapéutico es el momento de abrir la herida. Ella ha estado allí siempre, oculta bajo una gruesa costra, costra que la protege pero que a la vez no deja cicatrizar. Toda enfermera sabe que las costras amarillentas, gruesas y antiguas, hay que arrancarlas de cuajo y limpiar lo que ésta cubría, el pus acumulado, de manera que el tejido sano vuelva a crecer desde abajo.

En la psicoterapia se reabre la herida y se hecha óxido sobre ella. La herida es producto de errores, de deficiencias, de olvidos. La palabra del terapeuta conforta, es empática, pero también debe herir: sus palabras son como flechas oxidadas que deben permitir que el proceso de curación se lleve a cabo.

El mito de Télefo es plenamente aplicable también en el amor. La persona que nos hiere también es la que cura. El ser amado nos destruye y, a la vez, él o ella tienen la llave de la redención.

Si mi herida es sobre la infancia, debo acercarme a sus recuerdos, a su soledad, a su dolor. El óxido volverá a salir a la superficie, y el trabajo sobre el abandono, la pena, hará que esta sustancia tan poco noble sea la catalizadora de la recuperación.

Lo que hiere cura. Alejarnos de las heridas solo las profundiza. Acercarnos a sus causas y nuestra responsabilidad en ellas es el camino hacia la curación permanente.

Los mitos aún viven. La herida de Télefo es prueba de ello.

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