DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Febrero de 2012

 

 


¡Qué gran anhelo y qué necesidad más profunda tenemos de que ocurran grandes cambios, debido al error y al horror que vemos por todos lados! Y, sin embargo, la situación para el ser humano no ha cambiado y es la misma desde siempre. Y qué gran justicia divina hay en ello.

Eduardo Yentzen P.

Dicta diplomados, cursos y talleres de desarrollo personal. Es autor de los libros “Desarrollo Personal Creativo”, “Diccionario de Emociones” y “Hacia una democracia creativa”. Dirigió la revista La Bicicleta y El Utopista Pragmático. Fundó el Día de la Creatividad en Chile.

eyentzen@ubolivariana.

Es cierto que las formas exteriores, el modo de organizar la sobrevivencia práctica colectiva, los ‘ropajes’, cambian y cambian. Los computadores, las ciudades, el campo o las cuevas son sólo el decorado de la vida material del ser humano. Pero ellos no hacen el tipo de cambio que anhelamos, nunca lo han producido, no producen la anhelada salud mental y emocional ni la armonía en la convivencia.

Esto sólo lo ofrece, hoy y siempre, la posibilidad del trabajo espiritual o de iluminación que han ofrendado desde siempre las grandes tradiciones. Y ha sido siempre un emprendimiento personal, tan al alcance del primero de los seres humanos como de cualquiera de nosotros.

Entonces, y refiriéndonos a la carga del 2012, ¿qué significa que una tradición de tan profunda raigambre como la maya anuncie un cambio de era para la humanidad? Tan sencillo como eso mismo. En su profundo conocimiento del cosmos, los mayas tienen mediciones del tiempo vinculadas a movimientos astronómicos mayores, que ocurren en tiempos también mayores. Y si a ese tiempo mayor lo llamamos era, completado el ciclo astronómico pasamos a otra era, tal como al completar la Tierra el ciclo de rotación alrededor del sol pasamos, en nuestra medición del tiempo, a otro año.

Pero hay más, por cierto hay más. El cambio de ciclo, conectado a un episodio astronómico, genera posibilidades al espíritu del ser humano. Si lo vemos en un ciclo corto de nuestros 2 mil años desde la referencia de la venida de Cristo, podemos reconocer el resurgimiento de una fuerza espiritual cada 500 años: Cristo mismo en el primer momento, Mahoma en el V, los cátaros en el mil, los alquimistas en el 1500, y las tradiciones sufís, budistas, hinduistas y de los pueblos originarios en este 2 mil. Y por asomarnos más atrás, el Buda en el V antes de Cristo.

Parece entonces haber un cierto ciclo significativo de 500 años, en que se genera una energía mayor para la posibilidad espiritual de cada ser humano de manera personal, y que por lo mismo adquiere la posibilidad de un alcance más masivo. Por la coincidencia cíclica, cabría inferir la conexión entre ambos sucesos.

Este cierre y apertura de un nuevo ciclo coincide con, o produce, un periodo breve –en relación al ciclo total- de crisis cultural en el sector del planeta donde esta energía aparece, que se expresa en una demolición de la construcción cultural bajo la cual una parte de la humanidad vivió ese ciclo.

Es esta conexión entre tiempos astronómicos y tiempos culturales lo que permite a los que saben hacer el anuncio profético, que ‘adelanta la llegada’ de cambios turbulentos con caídas de culturas y civilizaciones, y nuevas construcciones culturales, nuevos tiempos. Pero la ‘profecía’ proviene de un conocimiento conservado por largos ciclos de tiempo, respecto de esta correlación entre tiempos del devenir astronómico y ciclos culturales, y el modo en que una y otra vez estas transiciones se viven.

Ahora bien, lo valioso de la emergencia de un momento de espiritualidad potenciada como el que estamos viviendo es que esta oportunidad espiritualidad representa la posibilidad de un ascenso en un vivir más sano y armónico en lo colectivo; o al menos un momento de retardación, o de ‘retroceso’ en el deterioro de la salud y armonía colectiva. En definitiva, es un momento de influencia benéfica, que se da en paralelo a la destrucción producto de la crisis cultural.

Lo que también podemos reconocer es que esta potencia espiritual concentrada no ha logrado -en sus devenires recurrentes- revertir las tendencias de la humanidad hacia lo malsano e inarmónico, por lo que tras el momento de transición e influencia espiritual acrecentada se abre luego un nuevo ciclo cultural en que las cosas se harán de una cierta ‘nueva’ manera por un largo tiempo. Y así, después de Cristo tenemos la institucionalización de la Iglesia, después de Mahoma el imperialismo musulmán, después de los cátaros la Inquisición, después de los alquimistas la ciencia racional y la modernidad sin alma, y después del 200 o 2012, ¿qué?

Sin embargo, aunque sin saber la forma cultural que tomará el tiempo que viene, tenemos en el presente que estamos viviendo, anunciado de manera mancomunada por las tradiciones originarias de Oriente y de Occidente, un momento de transición, de concentración espiritual, que sólo podemos convertir en ascenso espiritual efectivo las personas individuales.

En este sentido, tenemos la fortuna y la responsabilidad de que nos haya tocado en nuestro tiempo. Y todo cuanto hagamos por encarnar en nosotros esta potencialidad de ascenso espiritual será un bien para nosotros mismos, un aporte al mejoramiento ‘promedio’ del nivel de salud psicológica y armonía de la humanidad, y cabría pensar que también contribuirá al ‘plan divino’ que contempla en su creación estos momentos de transición y potenciación de la energía espiritual.

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