NUESTRO CIELO INTERIOR Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Febrero de 2012

 

 

Si miramos los movimientos planetarios de febrero, veremos una llamativa configuración astral, llamada stellium, una alineación de varios cuerpos celestes en pocos grados de cielo, tomando forma, en este caso, en el oceánico signo de Piscis.

Cristián Rupaillán

Astrólogo, experto en oráculos y símbolos.

Participan en este encuentro el Sol, la Luna, Mercurio, Neptuno, Quirón y el asteroide Pallas Athenea, todos zambulléndose en las mutables aguas piscianas.

Al otro lado del zodiaco, en Virgo, encontramos a Marte, el guerrero, en su rol purificador. Los efectos de este evento astrológico fueron explicados en la edición de Somos de noviembre del año pasado, en esta misma sección, por lo que sugiero volver a revisar ese texto específico. Así, además de hacernos concientes de este fenómeno celestial, podemos conectarnos con su significado. Pero dado que los astrólogos estamos siempre un poco adelantados en el tiempo (es algo inevitable, ciertamente buscado y fomentado en este oficio), me referiré en este caso a un desplazamiento planetario que se dará durante los próximos meses, para que no nos sorprenda desprevenidos.

Mirar hacia delante

Desde fines de marzo y hasta mediados de julio de 2012, Urano, el revolucionario, se moverá veloz por varios grados en el fogoso territorio de Aries, pasando por espacios que no había transitado desde “los locos 20”, época de agitación social, cultural, sexual y creativa previa a la crisis de 1929.

Al igual que en aquellos tiempos, veremos en este brinco uraniano una poderosa invitación a la renovación, a la libertad, a la ruptura de moldes y prejuicios, a vivir la vida con cierta locura, y gracias a un tenso “round” con Plutón en Capricornio, seremos testigos de un llamado global al cambio de las estructuras opresivas, llevando al siempre insólito Urano a potenciar todo tipo de acción revolucionaria, en varios campos distintos, no solo en lo político/social.

Esta manifestación uraniana suele graficarse a través del mito del titán Prometeo. Esta divinidad menor del panteón griego, cuyo nombre significa “mirar hacia adelante”, incurrió en un acto tan valiente y noble como chiflado, dando que hablar por siglos a amantes de la mitología, dramaturgos y poetas. Ocurre que al poco tiempo de ser creada la humanidad, Zeus, la divinidad gobernante, prohibió estrictamente que cualquier ser humano tuviera acceso al “fuego de los Dioses”, lo que ha sido interpretado de múltiples formas; algunos hablan de fuego físico, otros lo ven como la luz de la conciencia, otros hablan de conocimientos tecnológicos propios de la época, y algunos hacen hasta interpretaciones chamánicas, psicodélicas, en torno a esta famosa chispa. El asunto es que Prometeo, sintiendo algo de simpatía y quizá compasión por la poco evolucionada especie humana, se acercó al lugar donde este fuego sagrado se mantenía protegido y lo robó. Y para complicar más todo, se lo entregó a los seres humanos. A partir de ese momento la raza humana se hizo más inteligente y fuerte, desarrollando su poder de formas nuevas, asombrosas. Pero claro, también existió abuso de esta fuerza divina, creando caos y sublevación hacia el poder establecido. Zeus, famoso por su mal carácter, decidió castigar a Prometeo por su comportamiento rebelde, por robar tan sagrada fuerza y además por ser el culpable de todo tipo de revoluciones en el seno de la humanidad. Su castigo fue vivir encadenado en un monte, alimentando con su propio hígado a un águila que lo picoteaba constantemente. Más tarde fue liberado, gracias al centauro Quirón, pero esa es otra historia…

"Prometheus brings fire to mankind" de Heinrich Fueger (1817)

Rompiendo las cadenas

Lo más significativo de este mito, ahora, es que la humanidad está llegando, en muchos lugares del planeta, a una nueva comprensión; se ha encendido un nuevo fuego de los dioses en las conciencias de muchos y muchas, lo que por supuesto trae aparejada la experiencia de la revolución, con todas sus recompensas, pero también con todos sus peligros.

Estemos atentos a los efectos de la primavera árabe, observemos los cambios que vienen en Oriente, la agitación social que aparecerá en países tradicionalmente alejados de todo lo que huela a revolución… y sobre todo, aprovechemos esta oleada de cambios para romper nuestras propias cadenas, “mirando hacia adelante”.

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