SOMOS VINCULOS Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Mayo de 2012

Amor y sanación

Decir que el amor sana parece un lugar común. Sin embargo, es una cualidad que todo terapeuta debe ser capaz de cultivar para contribuir de verdad a la sanación de su paciente.

Por Matías Méndez López (*)

Representantes de distintas tradiciones espirituales concuerdan en que el amor es una cualidad del ser humano de gran importancia para la vida y el crecimiento de toda persona. Es un elemento importante para la vida del que da amor tanto como para la de quien lo recibe.

Asimismo, diversos autores, antiguos y contemporáneos, afirman que el amor juega un papel central en el proceso de sanación (física, emocional y espiritual). Terapeutas y sanadores del mundo reconocen en esta cualidad esencial y en el acto mismo de amar un fenómeno de gran potencial terapéutico.

El maestro budista vietnamita Thich Nhat Hanh ha descrito con gran sencillez y belleza lo que es el verdadero amor. Según explica, para la visión budista el amor se compone de cuatro aspectos esenciales: benevolencia, compasión, alegría y libertad.

El primer aspecto del amor es maitri, la benevolencia. La benevolencia no consiste solamente en tener la intención de hacer el bien y dar felicidad a quien uno ama. Antes bien, tiene que ver con la habilidad de hacer el bien y dar felicidad a otros.

El segundo aspecto del amor es karuna, la compasión. Nuevamente, la compasión no tiene tanto que ver con la intención de aliviar el sufrimiento de quien amamos, sino que consiste esencialmente en tener la capacidad de dar alivio a otro ser humano.

El tercer aspecto del amor es mudita, la alegría. Si no hay alegría en nuestra relación, entonces no existe amor. Si lo que prima es el sufrimiento, entonces, dice Nhat Hanh, no se trata de un amor verdadero.

El cuarto y último aspecto del amor es upeksha, la libertad. Cuando uno ama a otra persona, uno debiese traer libertad a su vida. Si la relación limita o constriñe al otro, sin permitirle ser quien realmente es, no se trata de un amor verdadero.

Estos cuatro aspectos del amor resultan más o menos obvios si los observamos en el contexto de una relación de pareja. Esperamos que en la relación con nuestro compañero o compañera encontremos benevolencia, compasión, alegría y libertad. Si no es así, no estaremos verdaderamente satisfechos con la relación, pues tendremos la sensación de que algo anda mal, algo falta.

En la terapia

Ahora bien, resulta interesante percatarse de que estos mismos cuatro aspectos del amor pueden ser entendidos en el contexto de la relación que se establece entre paciente y terapeuta (psicólogo, terapeuta floral, biomagnetista, terapeuta reiki, etc.). Si lo que decíamos al comienzo de esta nota es correcto, en la relación terapéutica debiese primar el amor, con sus cuatro dimensiones, para que la sanación realmente tenga lugar.

Consideremos, en primer lugar, la benevolencia. Si el terapeuta carece de la intención de hacer el bien a su paciente, evidentemente algo anda mal. Y si aquél no posee la habilidad para traer felicidad a la vida del otro, no importa cuánto quiera ayudar, no lo logrará. El terapeuta debe desear y ser capaz de brindar su apoyo y acompañamiento para que en la vida de su paciente se haga presente la salud y el bienestar.

Si no somos capaces de cultivar en nosotros las cualidades esenciales del amor verdadero, todo intento por sanar al otro será sólo parcial.En segundo lugar, si el terapeuta no cultiva dentro de sí la compasión, si no posee la habilidad para aliviar el dolor y el sufrimiento de quien tiene en frente, de nada valen sus buenas intenciones. Sólo aquél que puede resonar con el sufrimiento del otro, despertando la cualidad compasiva del amor en su corazón, podrá transmutar el dolor en bienestar.

En tercer lugar, si en la relación entre terapeuta y paciente no existe la alegría, no podrá haber sanación. Si bien es cierto que en toda relación hay momentos difíciles, dolorosos y desagradables, también lo es que para que ocurra la sanación la alegría ha de ser el sostén de la relación terapéutica. La alegría de estar con el otro, de acompañar al paciente en su sufrimiento, de brindar nuestro apoyo como terapeutas…, la alegría de recibir la ayuda compasiva de otro ser humano, como paciente o consultante… Sólo así podrá haber espacio para la sanación.

Finalmente, si el terapeuta no es capaz de garantizar un espacio donde el paciente se sienta libre de ser quien realmente es, no habrá lugar entonces para la sanación. Si el terapeuta pone condiciones que rigidizan la relación y limitan el potencial creativo del paciente, limitando así también su capacidad de crecer y desarrollarse con libertad, el proceso de sanación se verá interrumpido. Sólo en un contexto de aceptación incondicional, donde se permita que el paciente sea y sienta en forma libre, sin condiciones ni exigencias, podrá ocurrir el milagro de la sanación.

Sólo el amor sana. Sin amor no existe sanación real posible. En este sentido, podemos dominar diferentes técnicas de curación, ser maestros en nuestra disciplina y conocer de memoria cada enfermedad y su tratamiento. Pero si no somos capaces de cultivar en nosotros las cualidades esenciales del amor verdadero, todo intento por sanar al otro será sólo parcial.

(*) Matías Méndez López es psicólogo, psicoterapeuta. Contacto: m.mendez.lopez@gmail.com

 

 

 

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