DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Septiembre del 2011

 

 

Piñera y Warnken unidos…

En columna en El Mercurio, Warnken polemizó con el presidente Piñera por tratar la educación como un bien de consumo. Sostuvo allí que ese enfoque, que da buenos resultados en el ámbito de los negocios, era aberrante e insolente aplicarlo al ámbito de “una educación pensada por humanistas de la talla de Andrés Bello o del gran Jorge Millas”.

Eduardo Yentzen P.

Dicta diplomados, cursos y talleres de desarrollo personal. Es autor de los libros “Desarrollo Personal Creativo”, “Diccionario de Emociones” y “Hacia una democracia creativa”. Dirigió la revista La Bicicleta y El Utopista Pragmático. Fundó el Día de la Creatividad en Chile.

eyentzen@ubolivariana.

Quiero enfocar este contrapunto como expresión de una confrontación entre dos grandes arquetipos: el de Sebastián Piñera correspondería al gestionador, emprendedor, competitivo y orientado al éxito; en tanto Warnken –en la huella de Bello y Millas- representaría al humanista reflexivo que está más allá de los intereses materiales y competitivos.

Frente a la existencia de estos arquetipos –y haciendo un guiño a Nicanor Parra-, quisiera proponer que para vivir bien en comunidad no conviene, ni es pertinente, generar una confrontación polarizante entre estas dos especializaciones del quehacer humano, siendo lo apropiado buscar una complementariedad entre ambas. Y ello porque ambas especialidades humanas, con sus sesgos y limitaciones, son necesarias a la vida social.

Estamos acá frente a un debate que pertenece a la historia de la humanidad: quiso Grecia el gobierno de los sabios, se ha buscado que la conducción del mundo la lidere la Iglesia, han tenido el control los guerreros, la han tenido los nobles y los burgueses, los propietarios del capital y los jerarcas de los partidos de izquierda. Y siempre es lo mismo, cuando un sector domina, otro sector los confronta y se enfrentan por la fuerza, venciéndose unos a otros. Entonces, tienen unos años de gracia para realizar su ‘utopía’, pero al cabo de un tiempo surge el rechazo, la revuelta, el conflicto, y finalmente, el cambio del sector dominante, para volver a repetir lo mismo. Y todo esto por la incapacidad de cada sector de ver lo suyo como una parte, una especialización de lo que se requiere para conducir la sociedad en su conjunto.

Es tan evidente que los reflexivos por sí solos no sabrían administrar la sociedad. Si emprenden proyectos, suele fallarles la gestión, no los pueden sostener, de reflexivos (de “volados”) pierden el sentido práctico. Y los gestores, por su parte, hacen la sociedad demasiado plana, demasiado motriz, demasiado exterior y demasiado insensible. Así, cuando una de las especialidades del ser humano se arroga la cualidad de ser el todo, surgen las distorsiones y los excesos.

No vivimos en dos mundos: el de la gestión y el de la pasión intelectual. Vivimos un solo mundo que requiere de ambas especializaciones.Cuando los gestores creen que todo se resuelve por gestión, surgen las dos distorsiones modernas: la de los gestores liberales, convencidos de que el mercado lo puede todo, que la competencia genera los mejores resultados sociales y que las utilidades son legítimas. Por otra parte, la distorsión de los gestores estatistas o marxistas, que buscan –o buscaron- controlar la sociedad toda desde el poder estatal, forzando la conducta humana desde una idea teórica de que el bien proviene de lo igualitario, y que el ser humano sería capaz de actuar sin egoísmo, con responsabilidad y solidaridad; y al tiempo –o aún desde el origen- necesitaron la represión y la cohersión, mientras se olvidaban de la igualdad para darse privilegios a sí mismos. Y los gestores de ambos lados, por su convicción de que la gestión todo lo puede, han ahogado la reflexión y exiliado el espíritu. Y no saben después comprender el porqué del descontento, la crítica y, al final, la revuelta.

Frente a esto, ¿cuál es la convicción que debemos adquirir? Básicamente, que ninguna actividad humana es superior a la otra. Hoy todos nos consideramos superiores al otro: el empresario ve al profesor con su terno raído y se cree superior, el profesor ve al trivial y materialista empresario, y se cree superior; los abogados, médicos, ingenieros y economistas se creen uno superior a otro, y todos ellos superiores a todos los demás. Los artistas son vistos como inferiores por la gente formal, y los artistas ven como inferiores a los formales. Los creativos rechazan a los metódicos y los metódicos desconfían de los creativos. Y así en todo.

Pero esto es un error cognitivo. Es una distorsión. Necesitamos acoger verdaderamente la convicción de que los seres humanos somos iguales, y que la diversidad de oficios no implica superioridad de oficios. Sólo desde esta igualdad básica podemos buscar la complementariedad funcional. No vivimos en dos mundos: el de la gestión y el de la pasión intelectual. Vivimos un solo mundo que requiere de ambas especializaciones.

Agreguemos que si bien el todo lo tienen que organizar armónicamente la totalidad de las partes -la totalidad de las especialidades-, ayudaría a ese proceso el que cada persona desde su especialización pudiera volverse ella misma un poco más integral, adquiriendo algo de las características de otra especialidad.

En el contrapunto entre los gestores y los reflexivos, haría bien a los últimos volverse más prácticos, ser buenos organizadores de los espacios en los cuales puedan desarrollar su reflexión, para no estar entregados al arbitrio de los gestores; y a los gestores les haría bien cultivar el mundo de las emociones, de las relaciones, de la belleza, pues ello les reportaría mayor bienestar personal que la ganancia económica marginal proveniente de una dedicación obsesiva a la gestión.

Quisiera concluir enfatizando que hemos vivido con la ilusión de que un sector represente al total, haciendo radicar ésta en el último periodo histórico en los políticos. Pero es algo que no les es posible, pues ellos representan sólo una especialidad al interior de la especialidad de los gestores. Si nos convencemos que nadie representa a la totalidad, necesitaremos generar un espacio en el que se exprese y reflexione la totalidad para producir las mejores ideas para la sociedad; y también necesitamos gestores eficientes, pero supeditados a un control y a una rendición de cuentas. El Congreso y la Presidencia podrían orientarse a cumplir estas dos funciones.

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1 COMENTARIO

  1. Eduardo,

    Lo que no me gusta de su artículo es que se sustenta sobre juicios y generalizaciones…
    Frases como: “Los creativos rechazan a los metódicos y los metódicos desconfían de los creativos”, “Hoy todos nos consideramos superiores al otro” o “Es tan evidente que los reflexivos por sí solos no sabrían administrar la sociedad. Si emprenden proyectos, suele fallarles la gestión (…)” muestran sus propios juicios frente a sus propias clasificaciones.

    La realidad no es una y única para todos, y cuando una experiencia se vive como cierta, hay que responsabilizarse y manifestarla como una experiencia personal, osea no generalizar como si todos actuasen, sintiesen y pensasen igual.

    Saludos.

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