REINVENTARSE Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Julio de 2011

 

El amor es sin estándares

Las relaciones de pareja se deterioran gravemente cuando están marcadas por la exigencia de estándares, que el otro se ajuste a mi visión, mis criterios, mis coherencias, mis expectativas, mis deseos.

Ignacio Fernández 

Director Magíster en Psicología de las Organizaciones Universidad Adolfo Ibáñez

www.ignaciofernandez.cl

El amor es sin estándares, es amor a secas; acepto al otro cómo es, aunque muchas cosas me irriten. El amor ama incluso los defectos del otro. En mi experiencia, es doloroso constatar los estándares que yo le pedía a mis seres queridos, sin darme cuenta de lo inmaduro de eso y de mi querer. No sólo en el plano de pareja, sino con cualquier amor: los padres, los hijos, los hermanos, los amigos. Los estándares oscurecen los vínculos amorosos, poniendo un filtro innecesario.

¿De dónde surgen estos estándares? Del miedo, de la vulnerabilidad y de la inmadurez de creer que mis verdades son la verdad, esa falta de desarrollo evolutivo que todos tenemos y que es tarea consciente abordar para crecer. Por lo mismo, las conversaciones valientes y la retroalimentación directa son un remedio poderoso para el exceso de certezas y seguridades, finalmente pseudo certezas en un estado de desarrollo primario y que uno cree, de manera equivocada, que es un estado avanzado.

Cuando los golpes de la vida o el amor de otros nos hacen darnos cuenta de eso, la visión del amor madura y florece, moviéndose a la aceptación del otro. Se pone al centro del vínculo la valoración de lo que el otro es, con sus luces y sombras.

“Enamorarse es amar las similitudes. Amar es enamorarse de las diferencias” -- Jorge BucayDesde ahí es duro encontrarse con la fiereza de los estándares de quienes uno ama. Exigen integridad, coherencia, comportamientos específicos adaptados a su modo de ver el mundo, es decir, que uno actúe como a ellos les parece. Eso no es amor al otro. Esas personas aman sus estándares o la fantasía de mujer u hombre (padre, madre, hermano, hijo) que los cumpla. Cuando se es testigo de esto, el dolor se hace presente, por la conciencia del desencuentro y la desconexión.

El amor permanece. La relación y el vínculo se dañan y se produce distanciamiento. Parece que el único modo de volver a encontrarse y rehacer ese vínculo amoroso es que ambas parten eliminen esos estándares y se confronten a la dulzura y el bálsamo de la aceptación amorosa incondicional. Sin condiciones, sin estándares, amor puro y presente. Para quienes estén en esa situación, esperemos que la vida les permita que ese encuentro futuro suceda y haya espacios de viabilidad y posibilidad para rearticular la relación. En otras palabras, que el daño producido en el tiempo de distanciamiento no sea irreversible.

Desde otro punto de vista, cada uno de nosotros tiene algún conjunto de condiciones mínimas o estándares basales, ese trasfondo de obviedad que no estaremos dispuestos a mover. El amor maduro implica esta suerte de negociación con los otros, el buscar el camino compartido y las normas conjuntas. Se requiere acuerdo y negociación, pues si me parapeto de manera rígida en la imposición de mi punto de vista, necesariamente querré que el otro cambie e instalaré una exigencia asimétrica y permanente de mejoramiento, que terminará depredando las bases amorosas de la relación o instalando una cotidianeidad poco vivible y negativa.

Al final todos queremos amor incondicional, ser amados tal como somos, con todos nuestros errores, inmadureces e inconsistencias. El amor no se acaba porque el otro no esté en la misma sintonía. Será un amor silente, desterrado, acompañador, a la espera o en la ruptura. Pero ahí estará. Como dice Jorge Bucay, “enamorarse es amar las similitudes. Amar es enamorarse de las diferencias”.

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