ELIGIENDO EL AMOR Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Julio de 2012

 

 

Libertad para hacer o para “ser”
Tal vez ya hayas pasado los 30 o los 40 años, esforzándote por décadas para estudiar y graduarte, para realizarte y establecer lo que te dé sostén, lo que permita sentar las bases para una vida estable con tu familia.  Puede que ya  hayas logrado todo eso. Es posible que la chispa de la búsqueda interna se haya encendido. O es posible que tu salud esté dando señales de ese estrés acumulado y esa insatisfacción profunda que, teniendo ya todo o casi todo lo planificado y deseado externamente, esperas que te dé felicidad, pero que aún así, algo siempre te falta…

Isha

Maestra espiritual y embajadora de paz,
autora de ¿Por qué caminar si puedes volar? y Vivir para volar

www.isha.com

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Yo tuve esa experiencia cuando tenía entre 20 y 30 años. Mi éxito externo tendría que haber sido suficiente; sin embargo, yo no me sentía feliz. Mis posesiones, mi estatus y mi logro profesional de pronto comenzaron a ser demasiado frágiles, demasiado vacíos.

También es posible que hayas llegado a una edad y un momento en la vida en los que se supone tienes que tener todo logrado, pero la falta de confianza en ti mismo, la falta de oportunidades, la duda permanente, la autocrítica o la baja autoestima te han impedido avanzar o establecerte y te encuentres en un punto de insatisfacción y de necesidad de algo más, una búsqueda que no estás muy claro hacia dónde se orienta, pero que sientes es interior.

En realidad, en cualquiera de esas situaciones en las que te encuentres, lo que estás buscando yace en el único lugar común a todos: en ti mismo, en el interior profundo de tu ser, en ese sentir con el que se expresa el corazón y que desde el momento que comienzas a escucharlo, puede guiar definitivamente tu acción a la realización absoluta de tu plenitud en libertad.

Yo estaba sedienta de algo más, pero ese algo parecía intangible. Libertad, amor, sonaban como palabras de una pancarta hippie, y no sabía adónde ir ni cómo experimentarlo. Pero finalmente lo encontré. Esa satisfacción no estaba en el hacer algo, sino en las profundidades de mi ser.

La percepción común de lo que es la libertad se desvanece cuando experimentas la verdadera libertad. Pensamos que la libertad es algo que nos permite hacer lo que nos venga en gana e ir adonde sea, pero esta definición no contempla el hecho de que la persona que más nos controla y juzga somos nosotros mismos. Solo tú tienes el poder de garantizarte a ti mismo la libertad verdadera.

La libertad es autoaceptación, es permitirte ser, es soltar la necesidad desesperada de recibir aprobación externa -lo que nos lleva a limitarnos y controlarnos, adoptando reglas sociales incómodas para poder encajar-. La aprobación externa jamás será suficiente mientras continuemos necesitándola, y esto es así por una verdad muy simple: no nos aprobamos a nosotros mismos. Por eso es que intentamos obtenerlo de los demás.

Te puedes enfocar en lo que otra persona está pensando sobre ti, o te puedes enfocar en abrazarte a ti mismo.

¿Cómo puedes llenar un vacío interno con reconocimiento externo? ¿Cómo puede la apreciación de otras personas compensar tu propia autocrítica? Sustituir el amor a ti mismo con la aprobación externa es como subir el volumen del televisor para no escuchar el llanto de un bebé, una distracción que en nada ayuda en esta situación.

El darse cuenta de esto es hacer un giro fundamental en la percepción: un giro desde la victimización hacia el hacerte responsable.

Hablo a menudo de esto porque para mí ésta es la verdadera responsabilidad: hacerse cargo de lo único sobre lo cual puedo tener control: la elección que yo hago en este momento. En lo cotidiano, ¿cuántas son las situaciones en las que, para no lidiar con las consecuencias, ignoras y apuntas a otro como responsable? ¿Cuánto más fácil se te hace ser víctima de las circunstancias externas que descubrir el cómo podrías haber cambiado y haber sido más excelente o transparente o proactivo o lo que fuere? ¿En qué te estás enfocando ahora?

¿Cuántos más recursos destinamos a alimentar un conflicto que a su resolución? Te puedes enfocar en lo que otra persona está pensando sobre ti, o te puedes enfocar en abrazarte a ti mismo. Te puedes enfocar en lo que estás percibiendo como erróneo y que te falta, o te puedes enfocar en la apreciación. Ahí yace realmente nuestro poder como seres humanos, y en realidad es el único poder que siempre tendremos: el poder de elegir. Y un recordatorio, simple e importante: el dedo que apunta culpando, responsabilizando, sea a tu pareja, a tu jefe, al gobierno, al clima o al calentamiento global, apúntalo a tu interior, pero no para culpar –este hábito automático también puede cambiar– sino para descubrir cómo tu ser puede florecer, descubrir y autorrealizarse en medio de esas circunstancias. Una aventura digna de experimentar.

Cuando te das cuenta de esto, ves la importancia de lo que eliges en cada momento, ya que aquello en lo que eliges enfocarte es lo que crecerá.

La verdadera libertad es el ser libre de la victimización. Es tomar responsabilidad por quien uno es, y abrazar eso que eres confiando en tu voz interior. Cuando encuentras la libertad verdadera, ya nadie puede quitártela.

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