EN EL CAMINO DE ACUARIO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Agosto del 2012

 

 

 

 

La hora del humanismo

Hace varias décadas, en una intervención muy dura, un dirigente político proclamó que ser humanista era poner en el centro de todo al ser humano, olvidando a dios. Nuestra respuesta, a la sazón jóvenes militantes, fue la de proclamar que el verdadero humanismo es aquel que por poner en el centro de todo al ser humano, está poniendo al propio dios, pues el primero contiene un germen de divinidad.

Jaime Hales

Escritor, tarotista, abogado.

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Tal discusión, eminentemente teórica, tiene, por cierto, ribetes y consecuencias muy concretas. Porque la proclamación de ser “humanista” es la de ser un convencido de que el ser humano no es sólo un elemento más de la naturaleza y de la vida, sino un ser privilegiado, una realidad ciertamente superior a los otros seres existentes. No es lo mismo ser un humano que una piedra o un animal o una planta. El ser humano está dotado de ciertos atributos que lo hacen esencialmente distinto, aunque en muchos casos haya quienes quieran igualar factores genéticos y digan que entre un animal cualquiera y el ser humano la diferencia es mínima. La diferencia puede ser pequeña en términos cuantitativos, pero es enorme en términos cualitativos, pues posee ámbitos de libertad, de creatividad, de espiritualidad y desarrollo de los que carecen los demás seres no humanos del planeta.

Cuando, bajo la inspiración de grupos esotéricos y filosóficos, explota el Renacimiento en Europa, surge la primera versión de un humanismo que comienza a desarrollarse cuando decrece la era pisciana. Esa primera versión, que experimentará retrocesos y avances en un conflicto creciente, marca la revalorización de lo humano, en un acercamiento a la visión multidimensional que ocupará la atención en el último cuarto del siglo XX.

Serán casi quinientos años de desarrollo y de conflictos, donde, mientras unos afirman la supremacía de lo humano, otros intentan fortalecer la supremacía de “algunos humanos” por sobre otros, justificados en decisiones divinas, en órdenes naturales, supremacías raciales o simplemente en que los privilegios que hacen que algunos manden y otros obedezcan son queridos y validados por dios como un modo de dar a las personas la posibilidad de sufrir y crecer desde el sufrimiento. No es que esta última afirmación sea necesariamente falsa o equivocada, pues ciertamente el sufrimiento es parte del proceso de construcción de lo plenamente humano, pero de allí a verlo como una realidad querida por dios especialmente para algunos mientras otros gozan de todos los beneficios, constituye una manera sesgada de ver la realidad, y antojadiza de justificar los privilegios propios por parte de los que mandan en un momento de la historia. De acuerdo a esa mirada, ya vendrán otros a dar vuelta la tortilla y a justificar que dios cambió de bando. Un guerrero derrotado decía que “dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.

El nuevo avatar ya no es un sujeto individual rodeado de discípulos; ahora ese papel se revierte sobre la especie, correspondiendo a todos y cada uno de los seres humanos convertirse en líder de su entorno.El humanismo consiste en situar al ser humano como el ser privilegiado de la realidad terrestre, en una perspectiva de desarrollo y expansión de su potencia divina para alcanzar la plenitud de la trascendencia. Para ello, los seres humanos nos organizamos y construimos formas de vida social que van perfeccionando las relaciones entre todos.

La era de Acuario, que recién estamos comenzando, nos propone la revalorización efectiva de lo humano como protagonista de un nuevo orden social. De hecho, el nuevo avatar ya no es un sujeto individual rodeado de discípulos, como ha sucedido en eras anteriores, sino que ahora ese papel se revierte sobre la especie humana, correspondiendo a todos y cada uno de los seres humanos convertirse en líder de su entorno. Es la especie entera la que está siendo desafiada a formular propuestas concretas de organización social, con responsabilidad y eficacia, en las cuales sea la persona la protagonista, el centro y el límite de los quehaceres y los proyectos.

Por eso el ser humano y sus derechos son determinantes en la era y en las horas presentes. Respetar a las personas, reconocer sus derechos y validar sus deberes con el resto, son elementos determinantes que no admiten excepciones, ni aun a título extraordinario. La autoridad, sobre todo ella, debe ser responsable al respecto y ninguna circunstancia puede justificar que se violen los derechos individuales y sociales, que se conculque la libertad (se la podrá limitar breve, transitoria y respetuosamente) o que se someta a la persona a tratos arbitrarios, injustos y vejatorios.

Cuando una intelectual chilena, directora de Bibliotecas y Museos, llama a contextualizar el Museo de la Memoria para que los chilenos del presente, que no vivieron los años 70, puedan entender el ambiente que habría motivado y justificado las violaciones a los derechos humanos, comete una atrocidad conceptual, pues si bien desde cierta mirada un golpe de estado pudo haberse justificado, lo que de allí siguió no tiene explicación válida alguna. Si para mantener mi poder o respetar mis privilegios, si para mantener el orden en que creo o garantizar la marginación de los rivales debo violar los derechos de las personas, quiere decir que mi pretensión es esencialmente injusta.

Ningún contexto puede justificar tales atentados, más allá de que permita entender decisiones políticas y económicas. Tal vez lo que habría que contextualizar es que esa mirada se da en un ambiente de controversia en el que distintas personas y agrupaciones creen tener la propiedad y exclusividad de la verdad y eso les da beneficios que a la luz del humanismo resultan inaceptables. Cuando alguien se cree dueño de la verdad, puede sentirse capaz de cualquier cosa y nada le parecerá excesivo.

Repudiar las violaciones de los derechos humanos –cualquiera que sea la ideología o el poder en el que se inspiren –exige un comportamiento activo y sostenido en la vida de todos los días, en todos los espacios, en todos los ámbitos, sin límite alguno y en una acción constante de promover la construcción de una realidad más justa.

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