DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Septiembre del 2012

 

 

 

Plenitud y escasez

Cuando compito estoy siempre en escasez, pues siempre –o prácticamente siempre- habrá alguien mejor que yo, frente a quien me sentiré carente por no ser el mejor. Es paradójico que la actitud psicológica de la competencia, presentada por sus ideólogos como la motivación para producir la sobreabundancia en la Tierra, sea la fuente de generación de la escasez psicológica.

Eduardo Yentzen P.

Guía de desarrollo personal, escritor y Director del proyecto Iluminar la Educación, de Fundación Chile Inteligente.

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Esta paradoja explica el hecho sorprendente de que a pesar de la enorme sobreproducción que ha generado la sociedad contemporánea, no ha resuelto el problema de la escasez. Ello se debe justamente a que la vivencia de escasez es centralmente psicológica, y que, por tanto, el incremento de productividad mal distribuida incrementa exponencialmente la carencia psicológica, pues aunque por aumento de productividad tenga uno más, es mucho más visible los cien que tienen otros y que a mí me faltan.

Es importante considerar que nuestra hambre material es fácilmente hartable, mientras que nuestra hambre psicológica es infinita.

Así, la envidia, por ejemplo, nunca se sacia. Pero no son sólo los vicios los que generan un hambre infinito, también las virtudes. La orientación hacia el bien al prójimo, por ejemplo, produce dos escaseces crónicas: siempre habrá un prójimo a quien hacer el bien, y nunca estaré así satisfecho de mí mismo por ello; y dos, nunca tendré tiempo para hacerme el bien a mí, y viviré carente por ausencia de autocuidado.

Gandhi dijo: “La India tiene suficiente para que todos puedan vivir; pero no tiene lo suficiente para satisfacer la codicia de unos pocos”; una verdad que ilustra que toda escasez es de base psicológica. Es la codicia de unos pocos la que condena al hambre a un pueblo.

En las antípodas de la escasez está la plenitud. Jesús anuncia la plenitud con las palabras “reino de Dios” o “reino de los cielos”, que no constituyen un “más allá”, pues “el reino de Dios ya está entre nosotros”. Juan Crisóstomo, uno de los padres de la Iglesia, decía: “¡Hay que considerar qué honor nos hizo Dios al darnos esta tarea! Yo –dice Él– he creado el cielo y la tierra, también a ti te doy poder de creador: ¡haz de la tierra un cielo! ¡Tú puedes!”

Capitalismo y marxismo yerran en creer que la escasez se resuelve en el plano de lo material. Ello es imposible si el alma está vacía.

Este es el mensaje de todas las tradiciones espirituales: la plenitud es una realización psicológica, y el trabajo espiritual es el camino para saciar el hambre de plenitud. Y en tanto tengamos plenitud interior no tendremos avidez psicológica, y no seremos por tanto productores de escasez material.

El liberalismo endiosa la productividad, porque esta orientación de la conducta humana surge como expresión de una ausencia de plenitud psicológica. La modernidad es una época cultural que pierde el sentido de la búsqueda interior, por lo que pierde las llaves que pueden abrir las puertas hacia la plenitud interior. De allí que todo lo busca saciar exteriormente. La voracidad competitiva del liberalismo –la compulsión del emprendedor a imponerse a los demás, a ser mejor que los demás- lo convierte en ‘alma’ famélica, un ser de escasez psicológica crónica.

Cuando el filósofo, médico y economista político Bernard Mandeville inicia una línea de pensamiento que comienza a revestir al mercado de beatitud, invierte el orden de las cosas. Cuando dice que “los vicios privados se convierten en las virtudes públicas”, sencillamente miente. Los vicios sólo engendran vicios.

Como crítica a esta visión, en el Fausto de Goethe, Mefistófeles –el diablo, el mentiroso- se presenta como “parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y siempre produce el bien” en alusión a la máxima de Mandeville. Cuando endioso al mercado y con él la competencia, consagro a la humanidad a una vida de escasez material.

Históricamente, el capitalismo engendró al marxismo, una propuesta ideológica para la solución a la escasez material. Así como el psiquismo del niño piensa que como la estrictez del padre lo hizo infeliz, si él es indulgente con su hijo lo hará feliz, y luego se sorprende de que no ocurra así; del mismo modo el marxismo pensó que si el egoísmo individualista generaba el mal, el igualitarismo colectivista produciría el bien, y también se sorprendió de que no fuera así. Y en lo que ambos yerran es en creer que la escasez se resuelve en el plano de lo material. Ello es imposible si el alma está vacía.

Cuando Jesús dice: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y, gozoso por ello, va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” está dándonos el mapa del tesoro de la plenitud. Toda la riqueza es interior. Con ella, sólo queda comer, vestirse y habitar, y la capacidad productiva humana permite que esto alcance para todos.

Hay un solo alimento que nutre el verdadero hambre humano, y es el alimento espiritual. Una puerta al alimento espiritual –o más bien a reconocer la necesidad que tengo de él- es la constatación de mi desarmonía psicológica. Pero es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que el rico reconozca desarmonía psicológica y su necesidad de alimento espiritual.

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