NUESTROS CUENTOS Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Octubre de 2012

 

 

La fábula de la mariposa

Había una mariposa azul brillante de esas que viajan por las corrientes de las montañas en las selvas húmedas. La mariposa vivía el presente mientras jugaba a planear con sus alas desplegadas al viento. Le gustaba flotar sobre la brisa del río, hacer espirales con sus iguales, posarse de vez en cuando en alguna flor colorida, frotar su patas en alguna  roca.

Ella no recordaba cuándo había sido oruga, ni el tiempo que rozaba con su vientre las ramas buscando los nuevos brotes. Tampoco recordaba en qué momento se había aletargado y dormido, arropándose en la crisálida.

Muy vagamente sabía de un tiempo donde solo tenía una necesidad insaciable de comer, sus acciones se enfocaban en buscar el más suculento alimento, se desplazaba por las frágiles ramas de su universo local hasta llegar a las puntas devorando los retoños tiernos. Su vida era simple: comer hasta la saciedad y expulsar lo que no necesitaba. Crecía de tamaño a una velocidad vertiginosa, cambiando día a día; su única acción era alimentarse; en esa etapa solo tenía que sobrevivir y crecer.

De tanto comer había duplicado su tamaño dos veces, estaba pesada y le costaba desplazarse. De pronto empezó a sentirse cansada y sintió sueño. En una hoja de la planta que había constituido su sustento, lo suficientemente flexible como para ser doblada, decidió envolverse para dormir, se aquietó en un sueño profundo, ya nada externo le importaba, en la quietud se relajaba cada vez más. Mientras dormía en su cómoda envoltura soñaba que volaba, que tenía grandes alas azules, que revoloteaba, que se deslizaba por las corrientes como en un tobogán de viento, se sentía ligera y libre. Así pasaron los días.

Un día se sintió incómoda y despertó con la sensación de que su envoltura la estaba aprisionando demasiado, que su cómoda crisálida le estaba quedando pequeña, apretada. Al principio no sabía qué hacer hasta que comenzó a moverse poco a poco, con movimientos sincopados, como cuando algo está naciendo, pulsaba con su cuerpo mientras se iba rompiendo el envoltorio. De tanto moverse abrió un agujero que permitió que su patas se liberaran de donde había estado confinada. A las patas le siguió el cuerpo; al salir completamente sintió una gran expansión en libertad.

Al principio, desorientada, no sabía dónde estaba, ni quién era, ni siquiera recordaba cómo había llegado a ese lugar. Un recuerdo borroso de haber estado durmiendo se entretejía con la realidad luminosa.

Se sentía ligera, su cuerpo era más liviano, sus patas más largas y ¡oh sorpresa!, las alas que había soñado le habían crecido de verdad. Hasta su color había cambiado, tenía un azul brillante que reflejaba  el cielo en sus alas. La mariposa azul estiró su cuerpo y sintió la calidez de un rayo de sol sobre sus alas; esto la ayudó a despertarse aún más y ver con sus ojos la belleza de su entorno.

Descubrió muchas otras mariposas despertando y se dio cuenta de que no estaba sola. Decidió probar su nuevo atuendo, en especial sus alas, levantando el vuelo.

Se encontró con sus iguales, danzó entre los árboles, llegó hasta las nubes, dibujó espirales en el aire, se entrelazó con otras y perpetuó su especie. En éxtasis infinito se elevó hasta el final.

Les dejo esta fábula para su reflexión.

Soy Gaia

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