DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Diciembre del 2012

 

 

Cómo sanar, desde el sufismo

Me estoy preparando para entrevistar a Abdul Karim Baudino, quien dictó recientemente en Santiago el Seminario de Eneagrama “Sicología Sufi para la Apertura del Corazón”, y participó en el Primer Congreso Latinoamericano de Eneagrama que organizó la Asociación Internacional de Eneagrama Chile (IEA).

Eduardo Yentzen P.

Guía de desarrollo personal, escritor y Director del proyecto Iluminar la Educación, de Fundación Chile Inteligente.

www.eduardoyentzen.cl

eyentzen@ubolivariana.cl

Motivado por ello revisé algunos textos de sufismo, tradición espiritual en la que me he adentrado principalmente por los escritos de Idries Shah, y también por G. I. Gurdjieff, a quien se le vincula a esta tradición pero parece haberse formado más bien en diversas fuentes.

En este propósito, me encontré con un texto sobre medicina sufi, escrito por el Sheikh Hisham Kabbani, del que comparto algunos elementos, poniendo entre comillas las citas textuales. Me atrajo de él especialmente la idea base de que “el trato con la fuente de la enfermedad es el punto focal del tratamiento”, y siguiendo a ello, la propuesta de que el camino para ese trato es la meditación, pues ella nos provee el vínculo para recibir información acerca de “… qué tipo de enfermedad necesita ser tratada y qué tipo de puntos de contacto necesitan ser tocados…”.

Debo confesar que recibir esa información directa a través de la meditación no es algo que yo haya logrado, aunque sí pueda testimoniar -como probablemente la mayoría de quienes la practican- que ella “es una herramienta que da relajación profunda y aquieta la mente” y que “ayuda a aliviar la tensión”; sin embargo no puedo atestiguar que ella “permite al sistema interno químico y hormonal recobrar su equilibrio”.

Sé que se están haciendo mediciones para establecer la relación de la meditación con los soportes químicos de nuestros procesos orgánicos, y pienso que es obvio que esa correlación existe, pero requiero señalar que no he podido constatar directamente en mis episodios de pérdida de salud una influencia directa de la meditación en mi recuperación.

“Es esencial que comprobemos el más profundo significado de nuestra enfermedad. Necesitamos preguntar: ¿Qué significa para nosotros esta enfermedad y este dolor? ¿Qué podemos aprender de esto?”Me parece totalmente cierto, como señala el texto, que “quienes padecen de hipertensión y muchas otras enfermedades, a través de la meditación exclusivamente, han logrado mejorías clínicamente demostrables”, pero creo que es interesante afinar la relación entre esta práctica espiritual y sus posibilidades y límites sobre la sintomatología de mala salud intensa en el corto plazo.

Me parece también evidente que una vida de desequilibrio emocional y nutricional va deteriorando la salud, hasta que ocurre por acumulación un episodio crítico, y también que es posible recuperar el equilibrio en un mediano plazo con una ejercitación de meditación, pero no encuentro una referencia que ayude a la persona afectada por la mala salud a enfrentar la vivencia molesta o dolorosa del síntoma en el corto plazo, y a apoyarla en mantener la confianza si el síntoma demora en desaparecer.

El artículo tiene otra parte que me resulta muy interesante a la vez que más fuera de mi comprensión, referida a la práctica de los sanadores espirituales, señalando que ellos simbolizan el flujo de la fuerza vital en el cuerpo y en el universo, la que se presenta como vórtices de energía compuestos por un grupo de conos espirales de energía aún más pequeños… conocidos en terminología islámica como “lata’if”. Agrega que “en un sistema saludable, estos lata’if giran en ritmo sincronizado con los otros, suministrando energía desde el campo de energía universal hasta su propio centro interior para que sea usada por el cuerpo”.

Luego plantea que la curación o sanación se realiza a través de la meditación pues “la energía inactiva de un cuerpo enfermo es activada por una ignición espiritual producida por el proceso meditativo” y agrega que “estos siete puntos focales de los lata’if generan energía”.

Dependiendo de la enfermedad, señala el autor, “el sanador activa el lateefa apropiado necesario para curar la enfermedad”, y agrega que “el sanador es energetizado hasta el punto en que él radia calor desde su cuerpo a través de sus manos y proyecta luz desde su frente”, y que “los masajes del sanador sobre las áreas afectadas y la combinación del calor desde las manos y luz desde la frente inician inmediatamente el proceso curativo”.

Una declaración sorprendente para mí en el texto es que “al igual que un paciente quirúrgico es anestesiado, así también el paciente espiritual es puesto en un estado libre de dolor en el que el sanador espiritual puede trabajar con él del modo que encuentre apropiado”.

Asignando estas potencialidades al sanador espiritual, la propuesta también invita a la persona sujeto de la afección a un rol activo, pues indica que “cada expresión de la enfermedad se manifiesta como algún tipo de dolor, sea físico, emocional, mental o espiritual. Es esencial que comprobemos el más profundo significado de nuestra enfermedad. Necesitamos preguntar: ¿Qué significa para nosotros esta enfermedad y este dolor? ¿Qué podemos aprender de esto?”

Este texto sobre la salud desde la mirada del sufismo, junto a sus propuestas específicas que podemos comprender y validar en distintos grados, nos refuerza la comprensión de que una tradición espiritual –junto con su propuesta de trascendencia- contiene un conocimiento sobre esta vida, y dialoga por tanto con los campos del conocimiento occidental en salud, educación, organización de la vida en sociedad, comprensión del universo y demás, y que la actitud de apertura a este diálogo nos ofrece las mejores posibilidades para el bienestar personal y social.

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