SOMOS HALLAZGOS Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Febrero de 2013

Estambul

Nos dejamos seducir por esta ciudad que parece salida de un cuento cautivante, recorriéndola y viviendo sus muchas esquinas y rincones, plenos de vitalidad, aromas y sorpresas…

Por Pía Figueroa

Llegamos al aeropuerto y se mezclaron las lenguas, aparecieron en las caras rasgos completamente medio-orientales, las mujeres se cubrieron las cabezas y los hombres gesticularon con picardía. El mundo se hizo diferente.

Un aroma maravilloso llenó el aire al salir del metro: olor a especias tostadas al calor del sol, revueltas por la brisa, olor a mar. Y el azulino del cielo nos hizo por un momento pensar que estábamos en Valparaíso mientras el tranvía nos iba acercando a Sultanhamed. Pero los finos minaretes de tantas mezquitas, que se iban haciendo más antiguas e imponentes en la medida en que llegábamos al Cuerno de Oro, nos recordaron estar en Turquía.

Nos bajamos en el Hipódromo – la antigua elipse de Constantinopla – y con maletas y todo nos fuimos a pie hasta el hotel, acercándonos hasta el obelisco egipcio y de frente a la Mezquita Azul.

Desde la ventana de nuestra pieza se ve el Bósforo, ancho, profundo, surcado por distintos tipos de navíos.

Hombres de todas las edades se arrodillan hacia La Meca y uno solo de entre ellos canta. Los demás se sientan y escuchan. Y una irresistible nostalgia por lo Eterno nos colma a todos…Estambul sube y baja por callecitas estrechas que van entramando las colinas. El mar siempre al fondo. Las gaviotas sobre las cabezas y las sirenas de los barcos llenando la atmósfera junto con las llamadas al rezo desde los minaretes. Pero el oído se me queda en la lengua, con ganas de comprender estas cadencias algo guturales que resultan suaves y envolventes. Todo atrapa los sentidos. Las alfombras son en sí mismas un universo completo de texturas, colores, diseños, tamaños y modelos, con sus cantidades de nudos, sus puntos, su confección a telar o a mano, una estética que invade los pavimentos invitando a sacarse los zapatos.

En la Mezquita Azul, tapizada con una sola alfombra roja-azulina-beige de algunos centímetros de alto en lana muy espesa, me instalé entre las mujeres a la hora de la oración en las balaustradas laterales. El espacio de las cúpulas ampara con sus mosaicos y cerámicas azulinas, de todos los posibles tonos del azul con fondo blanco, aéreo. Los vitrales difunden una luz celeste suave. En el enorme espacio central, miles de hombres de todas las edades se arrodillan hacia La Meca, y uno solo de entre ellos canta. Canta y canta algo para mí incomprensible. Los demás se sientan y escuchan. Y una irresistible nostalgia por lo Eterno nos colma a todos…

Me quedo mirando, sin poder moverme, el gesto con que a la salida uno a uno se van poniendo sus zapatos. La vida sigue, deteniéndose para orar cinco veces al día.

Vimos tres museos en una sola tarde. Rescato las conmovedoras cerámicas esmaltadas de la Puerta de Ishtar con sus famosos leones; el primer poema de amor en escritura cuneiforme sobre arcilla hecho en Mesopotamia; los barbudos asirios alados con ojos atónitos ante el Árbol de la Vida; la tumba de Alejandro Magno con su imagen esculpida montado sobre Bucéfalo, su magnífico caballo, luchando con el casco con cabeza de león; los estupendos centauros de Fidias creados en el siglo V antes de nuestra era; las esculturas arcaicas griegas tan similares a los enigmáticos rostros etruscos… y también la cerámica esmaltada en cobalto que los sabios de Bizancio transportaran hasta el Concilio que tuvo lugar en Florencia, mezclándose con la cultura toscana a las puertas del Renacimiento.

Los derviches van girando y orando, todo el Universo también. (Fotografías de José Gabriel Feres)

La danza de los derviches

De allí salimos a tomar un té turco con pasteles en los que el almíbar toma cuerpo en los pistachos, la miel, las nueces, en masas de mil hojas. Para cruzar después hasta la estación desde donde sale todavía el Orient Express y esperar haciendo hora porque afuera de pronto llovía; queríamos conseguir ubicaciones para ver danzar a los derviches…

Tocan una música con instrumentos que nunca había visto ni oído y cantan sonidos nuevos, altos, muy rítmicos. Es fácil dejarse ir en los acordes, perder noción del tiempo transcurrido. Entonces van apareciendo con sus gorros altos de lana y sus túnicas que -en la medida en que giran sobre sí mismos -toman vuelo y se abren como platos. No se rozan siquiera mientras cada uno da vueltas sobre su propio eje, y todos se desplazan al mismo tiempo por la sala, extendiendo los brazos con una mano vuelta hacia la tierra y la otra orientada al cielo, entrando en un estado mental similar al trance. Sin embargo, se detienen bruscamente según la música indique y nadie se bambolea siquiera, como si el sonido de pronto hubiese dejado de animarlos y sólo el silencio pudiese abarcarlo todo.

Reinicia la música y vuelven a girar y a detenerse otra vez. Así sucesiva y magistralmente. Hablé después con uno que balbuceaba el inglés: el sufismo tiene a la danza como forma de oración, ellos están en eso mientras se mueven, y su respiración es lo que les permite no marearse ni caerse. Es su modo de entrar en resonancia con el Universo.

Culturas entremezcladas

La cena con nuestros amigos fue con kebabs y berenjenas, verduras rellenas, salsas de yogurt, guisos raros y especias muy diferentes, en un barrio sumamente animado, no sólo por los turistas del mundo entero, sino sobre todo por la simpatía y el afecto con que los turcos nos tratan. Es una ciudad multiplicativa y enorme, que está viva a toda hora.

A la mañana siguiente apareció el Cristianismo en una de sus mejores versiones en los mosaicos bizantinos de Santa Sofía. Espléndidos, majestuosos, como para reconciliarse con la fe que le cambió el nombre a esta ciudad, que modificó el signo del Imperio una vez que terminó con el mundo antiguo, pero también lo preservó con su amalgama por diez siglos más.

El enigma de la Sibila del politeísmo anterior surgió sorprendiéndonos entre el bosque de columnas románicas que sostiene a una de las veinticuatro cisternas para conservar el agua dulce, de modo que la vieja urbe -de ser asediada -pudiese siempre defenderse. Así fuimos entendiendo poco a poco el trenzado de las distintas civilizaciones, una sobre otra. Como las aguas dulces y saladas del Bósforo que conviven en capas de densidad diferente.

Desde nuestra ventana del hotel parece verse un cuento: es la Mezquita Azul y el Bósforo al fondo. (Fotografías de José Gabriel Feres)

Pasamos al Imperio Otomano con su potencia, su cultura, su posición estratégica que se aprecia en Topkapi, comprendiendo la tremenda influencia que los turcos tuvieron incluso en nuestra lejana América al ir mezclándose en tierras andaluzas los moros que derivaron al sur del mundo.

Una civilización tras otra coexisten aquí en cada esquina, se entremezclan, se entienden, se funden, llegando hasta el mundo actual, globalizado, tecnologizado, interconectado al visitar la Plaza Taksim y sus enormes calles peatonales, de cuadras anchas y más cuadras, una vitrina al lado de otra con todas las marcas de Nueva York o París, no sólo taquilla, también literato con sus propios autores premios Nobel y los demás, todos traducidos al turco. Y su música, su cine, su arquitectura, su cultura.

Recorrimos el Bósforo en un lindo barquito, que de orillas europeas nos llevó al comienzo de Asia. Pasó bajo dos puentes, enormes y largos, que enlazan los dos continentes y el tráfico de una ciudad que hoy tiene dieciocho millones de habitantes, una interesante densidad pero índices bajos de violencia. Una ciudad en la que jamás registramos desconfianza, ni temor, ni tampoco soledad.

La respiración de los derviches les permite no marearse ni caerse mientras danzan. Es su modo de entrar en resonancia con el Universo.

Las aguas corren anchas, profundas, navegadas por todo tipo de embarcaciones. Conté setenta y cuatro en un momento cualquiera en el que la cabeza se me quedó distinguiendo las banderas rusas de las griegas. Camino fluvial que conecta el Mar de Mármara, tan bien defendido antiguamente por Troya, con el Mar Negro que en los orígenes de nuestro planeta parece haber sido un lago.

Este Bósforo que tiene un canal ancho –parecido, quizá por los palacios que llegan a sus mismas orillas, al Gran Canal de Venecia -que se introduce en la ciudad y semeja metal derretido en cada puesta de sol. El Cuerno de Oro, que recibe diariamente miles de ferryboats que van y vienen con gente, con autos, con motos que se desplazan de un lado al otro como si el agua no fuera más que otra carretera. Pero también acoge cada tarde a los pescadores, instalados en paz con sus cañas, el cebo, la vista perdida en los reflejos de luz sobre el agua, a la espera de lo que se llevarán para la cena.

¿Quieres tomar un té? (Fotografías de José Gabriel Feres)

Colores, texturas y… masaje

Esa noche comimos en un restaurante exquisito, con sultanes dibujados en las paredes, y un amigo que es profesor en la universidad en uno de los barrios asiáticos, simpático e inteligente, nos llenó de buenos consejos. Caminamos de regreso aprovechando la tibieza primaveral de una noche con cientos de personas en los cafés y restaurantes con una animación comparable a la de Piazza di Spagna en Roma. Fuimos bajando largamente por callejuelas hacia el Bósforo, donde se reflejaba ya la luna llena.

El último de nuestros días pasamos la mañana completa en el Gran Bazar, tomando como hilo conductor el pretexto de buscar una tela para hacer un regalo. Bajo las arcadas que recorren varias manzanas de la ciudad hay mil colores, formas, texturas, todas las alfombras imaginables, los cueros, las joyas, las ropas, manteles, cristales y cerámicas, las fuentes, metales, maderas y los muebles, todo de todo lo que se pueda llegar a imaginar, por cientos o miles, ofrecidos con una dosis importante de seducción por vendedores todos hombres, con regateo, acompañados de un té con insinuante amabilidad que lleva rápidamente a hacerse amigo de todo el mundo. Nos reímos mucho y nos cansamos también bastante.

Entonces nos acordamos de los baños turcos de los que tanto nos habían hablado y nos fuimos al de Cimberlitas. Bajo una cúpula románica grande hecha en base a ladrillos, fuimos colocados sobre una piedra de mármol circular enorme y caliente en un ambiente de vapor, para luego de transpirar un buen rato recibir los friegues y masajes más extraordinarios, pasar a las piscinas temperadas y las aguas burbujeantes y salir con una piel nueva, perfumada, suavísima, agradecidos de tener cuerpo y de poder tratarlo tan bien.

Llenos de renovada energía salimos hacia el mercado de los pescados -habíamos ya estado también en el estupendo y colorido bazar de las especies -y cenamos esa última tarde a orillas de las aguas que fueron cambiando de color a medida en que avanzaba la noche, para terminar bebiendo el café en otro boliche donde se fuma en narguile, echados como pachás entre alfombras y cojines.

No sin una cierta melancolía nos despedimos del llamado temprano de los minaretes y las magníficas cúpulas para seguir, mientras iba alumbrando el sol, hacia la antigua Jonia. Esa tierra que no conocía Estambul ni Constantinopla, porque la ciudad a orillas del Bósforo entonces era Bizancio.

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