EL ARTE DE SOÑAR Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Julio de 2011

 

El sueño acusador

Una mujer de 40 años sueña: “Estoy con mi marido en un asado campestre. De repente se me pierde y lo busco. Hay mucha gente. Entonces lo encuentro apoyado sobre un árbol, atracando con una mujer más joven. Al ver la escena comienzo a golpearlo.”

Francisco Alcoholado Rodrigo.

Médico y psicoterapeuta

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Pasa un mes y tiene este otro sueño: “Estamos en la casa en una fiesta familiar. Me percato de que mi marido ha desaparecido. Lo busco y lo encuentro en un dormitorio en la cama abrazado con otra mujer. Comienzo a golpearlo”.

Cuando un sueño se repite, volviendo sobre un mismo tema con variaciones discretas de escenario y/o personajes, es un sueño recurrente. Estos sueños intentan alertarnos sobre situaciones psíquicas, personales, generalmente inconscientes, a las que no les hemos hallado solución, o que no queremos ver.

¿Qué ocurre con estos sueños recurrentes de nuestra mujer…? Lo consciente y lo inconsciente conviven en nosotros. Los sueños son el vaso comunicante entre ambas secciones, que pueden estar separadas por un abismo. A mayor distancia entre los contenidos conscientes e inconscientes, mayores problemas tendrá el individuo.

Los niños pequeños no tienen esta distancia entre ambos compartimientos, principalmente por que aún no pierden contacto con su esfera instintiva, con sus intestinos, con la guata. Ejemplo, un niño rechaza besar a una tía. Ella se acerca, grande, enorme cual ballena (así es registrado por los sentidos de este chico de poca estatura aún), gritando a voz de cuello: “¡Pero que cosa más liiiinda este niiiiño!” Entonces, el pequeño llora, se arranca y se mete debajo de la cama. Los adultos se avergüenzan por este rechazo del hijo, y se desviven en explicaciones con la tía.

Cuando alguien no recuerda ningún sueño, cuando finalmente aparece uno después de muchos meses sin ellos, aunque sea una sola imagen, hay que caer de rodillas y prenderle velas a ese sueño porque a esas alturas ya es un oráculo.

La acción del niño fue real y sincera. Como aún no está controlado por los “yo debo”, “los que dirán” y  las apariencias, ya que todavía no pasa por el proceso de ser civilizado y modelado al antojo del sistema, reacciona desde su instinto: algo en esa mujer le produce terror y arranca. Punto. No hay explicaciones, pues no es racional. Ya adultos, aprendemos a controlar esas emociones por ser para nada sociales, y a menudo bloqueamos los rechazos que nos producen ciertas personas, trabajos y situaciones. Finalmente, fuimos educados.

El cuerpo tiene una sabiduría, producto de millones de años de evolución, que nos permitió llegar hasta aquí. ¿Qué ocurre si dejamos de escucharlo; de ver las señales; de oír aquellos mensajes que se emiten entre las palabras, los tonos de voz; de captar el lenguaje corporal de las personas…? Nos alejamos de la realidad, y comenzamos a vivir desde la cabeza. Todas las demás percepciones caen al inconsciente.

Volvamos a nuestros sueños. La mujer tiene 2 hijos y lleva casada más de 15 años. Son 18 años de relación en total. Es profesional, trabajólica, eficiente, demasiado responsable, no ha cuidado para nada su cuerpo, sin tiempo para pasear ni relajarse mucho y con un absoluto bloqueo del placer.
La primera pregunta obvia es ¿y bueno, cómo estás con tu marido…?

-Bien- contesta ella.
-¿Bien…?, ¿segura…?- repregunto.

Ella insiste en que sí. Que él es un buen tipo, también profesional, excelente papá, e incapaz de engañarla. Estas respuestas vienen desde su cabeza, no desde la guata. Al “dentrar a picar” se explora la relación escondida, aquellos eventos privados que nadie conoce. Además, es una mujer que rara vez recuerda sus sueños, y dos sueños seguidos con idéntico tema es algo notable. Cuando alguien no recuerda ningún sueño, cuando finalmente aparece uno después de muchos meses sin ellos, aunque sea una sola imagen, hay que caer de rodillas y prenderle velas a ese sueño porque a esas alturas ya es un oráculo.

-¿Pero, hacen el amor?- inquiero.
-Sí.
-¿Sí…? ¿Cuánto…?
-La última vez hace más de tres meses…
-¡Ah!, ¿y él te besa en la boca?
-No, me saluda con un beso en la mejilla.
-¡Ah! ¿Y se abrazan de vez en cuando, se toman de la mano o duermen cucharita…?
-No. La cama es una Queen Broadway Überwide y él duerme en una esquina y sho en la otra. Ni abrazos ni tomarse la mano.
-Entonces, ¿no se tocan?
-Ahora que me lo preguntas, no po, nada.
-¡Ah!, pero ¿no te agarra una pechuga nunca?
-No.
-Pero, ¿tú me dices que se llevan bien?
-Nunca peleamos. ¡Es que son muchos años!
-¡Yaaa! Entonces… ¿Conversan sobre la relación, o sólo hablan de los hijos, la plata, los problemas varios, los frenillos?
-¿Conversar sobre nosotros?
– Sí, de la vida, del mundo, la relación de pareja que llevan -los pololos conversan todo el rato de eso-, si son felices, si están frustrados, si está rica o fome la vida, deseos, paseos, el comunicarse entretenido…
-Eee… No.

Noten que aquello que contamos de primera, a la pasá, no es lo mismo que decimos cuando se profundiza un asunto. Ella nunca había verbalizado esto con nadie. Ni con ella misma. Un problema urgente enterrado bajo la coraza.

El sueño acusador

Es el ejemplo de cómo, en un adulto, cabeza e instinto han tomado direcciones opuestas, creando un abismo entre ellos. Se toma conciencia sólo de una parte de la realidad, inmersos en una estructura formada por rutinas y hábitos que se desloman en ella como queriendo olvidar, y el resto de las percepciones del mundo, en temas tan importantes como el cuerpo o las relaciones afectivas, ya no pueden ser leídas correctamente. Dejamos de mirar, de leer signos, de seguir el caminito de las migas de pan, cerrados y armados hasta los dientes. Es como cuando alguien le pregunta a su pareja “¿Me amas?”, y el otro, sin despegar la vista del televisor, contesta “Sí, sí”. Alguien en contacto con sus instintos pensaría: “Lo que me dijo no tiene nada que ver con su actitud corporal. Me contestó sin siquiera dignarse a mirarme”. En cambio, alguien que no “ve”, se hace el weón y dice: “Dijo que sí, entonces me ama”. ¡Da!

Lo verbal no es el único territorio.

En ambos sueños, se dibuja lo que su consciente no ve: que su pareja ha perdido interés en ella y busca otras mujeres. Cuando ella lo descubre -en los sueños-, se indigna y lo golpea. O sea, en alguna parte, está tan enojada que crea esas escenas de engaño y desquite. En los dos sueños le saca la cresta al marido.

Después de meses sin soñar, ambos sueños recrean la situación de su vida, y es la foto que hace el inconsciente del rico entramado de información formado por mensajes no verbales, corporales, de acciones, olores, piel, sensaciones, que en ella están bloqueados, y que se abren camino con esfuerzo a través de los sueños hacia la conciencia. Aunque uno no repare en las señales y se haga el distraído, igual su cuerpo las captará, para después telegrafiarlo en los sueños.

En el fondo, ella sabe que él no la ama, que hay problemas, y así se lo muestran las imágenes, pero su consciente rechaza mirar hacia abajo, hacia adentro, y prefiere volcarse a la acción, al trabajo y lo visible. Por lo de siempre: miedo. Consciente e inconsciente, arriba y abajo, afuera y adentro quedan entonces definitivamente separados, sin comunicación.

No la veo durante tres meses y un día vuelve. Luce muy mal. Nunca enfrentó el asunto: siguió con las rutinas, y una tarde, como quien sale a comprar cigarros, su marido se fue con otra y dejó la familia.

Los sueños no adivinaron nada, simplemente le mostraron un conflicto que ella no quería rastrear, por malfunción de la guata. ¡Guarda con el porrrazo!, le gritaban. Ojos que no ven, inconsciente que grita.

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