SOMOS SOCIEDAD Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Abril de 2013

Irresponsabilidad social individual

“Para ayudar solo tienes que consumir” decía un stencil con la cara de Don Francisco parodiando a la Teletón. ¿Está mal que las empresas hagan responsabilidad social? Claro que no, el problema es ¿qué responsabilidades estamos olvidando los ciudadanos y estamos externalizando en las empresas?

Por J. Cristóbal Juffe V.

Inhalar y exhalar, sístole y diástole, expandir y contraer, vigilia y sueño, recibir y entregar, derechos y responsabilidades. El equilibrio de la vida se mantiene en base al tránsito constante entre el estado activo y el estado pasivo en múltiples niveles de nuestra existencia.

En el ámbito biológico, a nivel individual, los límites son bastante claros: No podemos tomar más aire del que cabe en nuestros pulmones y no podemos aguantar más de algunos segundos sin tener que devolver ese aire al exterior. Es imposible no hacerlo.

Con la comida pasa algo parecido; sin embargo, nuestras devoradoras costumbres sociales han llevado a que muchos expandamos la capacidad de nuestro estómago mucho más allá de su función vital, pudiendo comer más de diez veces lo necesario para nuestra subsistencia. Pero, por mucho que nuestra mala dieta nos lo dificulte, inevitablemente llegará el momento de regresar parte de ese alimento al exterior, cumpliendo con nuestro rol de entregar abono al ambiente, para nutrir a los vegetales que luego nos harán repetir el ciclo.

"La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”, dice Eduardo Galeano.

A nivel relacional ocurre lo mismo; todos necesitamos apoyarnos en las personas que nos rodean. Nadie puede vivir por sí solo, aunque crea que así lo hace. Cada uno necesita de los otros, y estos necesitan de uno. No es un intercambio comercial, pero tiene sus reglas.

Todos hemos conocido parásitos relacionales, que chupan y chupan energía hasta que el amigo/familiar/pareja huésped queda agotado. Igualmente hay personas que se centran en las necesidades de otros y no logran escuchar su propia necesidad receptiva hasta el punto en que se dan cuenta de que desean entregar algo pero ya no tienen nada: una desertificación emocional.

Pero lo más habitual en nuestra vida son las relaciones más o menos equilibradas, en que los otros me ayudan y yo estoy disponible para ayudar cuando es necesario, manteniendo una armonía que facilita la vida.

Insaciables

A nivel social existen múltiples formas de mantener este equilibrio: Hay sociedades -principalmente culturas originarias- en las cuales la equidad y la igualdad son principios basales, por lo que no requieren ningún mecanismo de compensación, ya que viven en armonía entregando y recibiendo.

Sobre la Teletón 

Menciono la Teletón porque es un tema sensible para todos: a todos nos importa que niños y niñas no puedan optar a tratamientos para mejorar sus condiciones de vida, pero también es el espectáculo de responsabilidad social más grande del año, en el que las empresas limpian su imagen sin ni siquiera gastar dinero de su bolsillo.

La Teletón es importante, y hay que tratar de comprar los productos que tienen el famoso logo. Pero creo que más importante aún, por ello hay que hacer un aporte económico; es tan relevante que todos deberíamos apoyar. Es una tarea tan trascendental que no debería ser solo una vez en el año (o cada dos años a veces, porque -por algún extraño motivo- la Teletón no es compatible con las elecciones), sino que debería ser todo el año.

Más allá aun, todos deberíamos separar un porcentaje de nuestros ingresos para donarlos a la causa. Incluso creo que debería ser obligación, que deberíamos decretar un impuesto a todos los chilenos que vaya dirigido no solo a la Teletón, sino a todas las personas con problemas de salud. Es más, deberíamos escribir en la Constitución que la salud es un derecho, y crear un Ministerio encargado de esto.

Incluso creo que todos, como seres humanos, deberíamos crear una convención que garantice algunos derechos humanos, entre ellos el derecho a la salud, que todos los países deberían firmar y comprometerse a cumplir, para que nunca más la salud dependa de características azarosas como la raza, el país donde se nació o el ingreso económico de los padres, para que todos, como humanidad, podamos acceder a los avances de la medicina que también todos, como humanidad, hemos desarrollado.

Otras sociedades, como la nuestra, viven bajo la premisa de la competencia, suponiendo que un individuo puede tener bienestar y plenitud aunque quienes lo rodean estén sufriendo o viviendo en condiciones deplorables.

Un globo lleno de aire, a punto de reventar, pero que desea más y más aire, es nuestra idea de placer y satisfacción en el mundo occidental. Comemos tanto que necesitamos que los alimentos tengan cada vez menos calorías para poder seguir comiendo más; compramos y desechamos tan rápidamente los objetos que necesitamos fábricas más productivas y materiales reciclables, ya que estamos agotando las materias primas; necesitamos comunicarnos tanto que no podemos mantener una sola conversación, tenemos que estar conectados a decenas de personas más a través de nuestros teléfonos: más cantidad y más rápido son los dos elementos de mayor venta en una sociedad que no conoce la palabra satisfacción.

Para liberar los sentimientos de culpa generados por nuestros excesos, históricamente hemos tenido un mecanismo de compensación llamado caridad.

Sabemos que la caridad es “mejor que nada” ya que, es verdad, trae bienestar relativo a las personas que lo reciben, pero lamentablemente es esta misma caridad la que ayuda a mantener un sistema injusto y desequilibrado, en vez de utilizar esas mismas energías y motivaciones en la construcción de un sistema social, político y económico equitativo que garantice un nivel de vida a lo menos digno, y ojalá pleno, para todas las personas.

Las nuevas caridades

“La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”, dice Eduardo Galeano.

Desde hace un par de décadas, la caridad, al igual que muchas otras de nuestras responsabilidades, ha sido paulatinamente externalizada. Si bien la Iglesia Católica cumplió durante muchos siglos gran parte del papel de hacerse cargo de la caridad, para que no tuviéramos que estar en contacto directo con las personas necesitadas, ahora ese rol ha sido trasladado a la empresa, en la cual podemos encontrar básicamente tres líneas de acción:

– Responsabilidad social empresarial: Pese a que el concepto es mucho más amplio, lo usaré para referirme a las empresas o corporaciones que realizan actividades que no necesariamente tienen que ver con su rubro para contribuir al mejoramiento social, económico y/o ambiental. El término ha sido muy extendido durante los últimos años y básicamente se refiere a la realización de cualquier tipo de actividad que se supone beneficiosa para la sociedad con el objetivo de mejorar la imagen de la empresa (como el caso de la Teletón), por lo que ha sido usado por muchas industrias para limpiar su imagen respecto a sus malas prácticas en otras áreas.

– Empresas socialmente responsables: Debería ser lo mismo que lo anterior, pero el término se ha utilizado para aquellas empresas que van más allá del simple lavado de imagen para tomar verdadera responsabilidad sobre sus propios procesos productivos, reduciendo y/o compensando los daños causados por la actividad misma que desempeñan.

– Certificaciones: Esta área, la más avanzada dentro de su espectro, incluye a las empresas que se certifican dentro del comercio justo y productores orgánicos, que llevan la idea del equilibrio y la responsabilidad a todos sus procesos productivos, tanto en el intercambio con el medio ambiente como en el trato con las personas involucradas en todas las fases del proceso productivo.

Estas tres líneas de acción no solo cuentan con la buena voluntad de las personas que dirigen esas empresas, también estos actos producen un valor agregado que inevitablemente es pagado por el público. Es decir, un zapato producido por el comercio justo es muchísimo más caro que uno elaborado en las condiciones industriales habituales de injusticia.

Compras sin culpa

De esta manera se traspasa al consumidor el rol de elegir las condiciones de producción, el impacto en el medioambiente y la forma en que funcionará la empresa. En el mismo acto de compra no solo se elige un producto sino que se está escogiendo una forma de vida, un sistema económico y el trato a los trabajadores.

Los remedios, parte de la enfermedad 

“Es inevitable que se conmuevan, al verse rodeados de tan tremenda pobreza, tremenda fealdad, tremenda hambre. En el hombre, las emociones se suscitan más rápidamente que la inteligencia (…); es mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento. De esta forma, con admirables, aunque mal dirigidas intenciones, en forma muy seria y con mucho sentimiento, se abocan a la tarea de remediar los males que ven. Pero sus remedios no curan la enfermedad: simplemente la prolongan. En realidad sus remedios son parte de la enfermedad.

Tratan de resolver el problema de la pobreza, por ejemplo, manteniendo vivos a los pobres; o, como lo hace una escuela muy avanzada, divirtiendo a los pobres.

Pero ésta no es una solución; es agravar la dificultad. El objetivo adecuado es tratar de reconstruir la sociedad sobre una base tal que la pobreza resulte imposible. Y las virtudes altruistas realmente han evitado llevar a cabo este objetivo. Así como los peores dueños de esclavos fueron los que trataron con bondad a sus esclavos, evitando así que los que sufrían el sistema tomaran conciencia del horror del mismo, y los que observaban lo comprendiesen, igual sucede con el estado actual de cosas en Inglaterra, donde la gente que más daño hace es la que trata de hacer más bien (…) La caridad crea una multitud de pecados.

También debe decirse esto al respecto. Es inmoral usar la propiedad privada a fin de aliviar los terribles males que resultan de la misma institución de la propiedad privada. Es a la vez inmoral e injusto.”

Extracto de “El alma de hombre bajo el socialismo” de Oscar Wilde

Citando al filósofo Slavoj Žižek, nuestra sociedad ha intentado juntar en el mismo elemento condiciones históricamente contradictorias: estamos tratando de juntar el antídoto con el veneno, un pecado sin culpa: Cerveza sin alcohol, hamburguesas sin calorías, chocolate laxante, sexo sin sexo (virtual). Tenemos interiorizada la idea de que el exceso en los placeres tiene consecuencias negativas; sin embargo, la industria intenta promover el goce ilimitado exento de sus condiciones dañinas.

Con el consumo ocurre lo mismo: Comprar es consumir, que es sinónimo de agotar, de acabar y extinguir; antónimo de conservar y reponer, por lo tanto corresponde al acto de tomar cosas del mundo y no de entregar. Pero las empresas y sus productos socialmente responsables nos ofrecen eso: la posibilidad de que en el mismo acto de consumir -de gozar- se incluya mágicamente la cara opuesta, la entrega, la responsabilidad.

A medida que las empresas se van haciendo socialmente responsables los individuos vamos perdiendo nuestra propia responsabilidad con el medio, ya que este acto liberador de culpas nos sirve quizás para dormir más tranquilos en las noches, pero no para cambiar la forma en que funciona nuestra sociedad.

Irresponsabilidad individual

La pobreza, el hambre, la muerte, la esclavitud, la enfermedad por contaminación, el agotamiento de los recursos son consecuencias de nuestro sistema económico-productivo, y pedirle a ese sistema que nos cure de sus propias consecuencias es como pedirle a un tumor cancerígeno no solo que no nos mate, sino que además nos cure de la diabetes y de la hipertensión arterial.

Más allá de las consecuencias ideológicas que tiene esta contradicción, el hecho de entregar a las empresas la responsabilidad de decidir sobre la caridad o el bienestar social nos pone en un problema práctico, ya que en vez de ser el estado el que planifique políticas sociales a largo plazo dirigidas al fortalecimiento de los ciudadanos, son las empresas las que eligen dónde y con quién invertir. Y esta decisión es tomada desde los intereses de la empresa o corporación, es decir, generalmente son actos fáciles de promocionar, temas llamativos para la mayoría de las personas y, sobre todo, se apoya a organizaciones de caridad “inocuas” que no ponen en riesgo el estatu quo.

Está claro que todos somos consumidores, y es urgente que tomemos consciencia de que nuestros actos de consumo tienen consecuencias.

No es que la responsabilidad social empresarial o el comercio justo sean “malos”; al contrario, es una muy buena señal que las empresas estén comenzando a hacerse responsables, pero la limitante de esta mirada está en ver al ser humano solo como consumidor. Porque está claro que todos somos consumidores, y es urgente que tomemos consciencia de que nuestros actos de consumo tienen consecuencias y que no es lo mismo comprar una polera producida bajo los estándares del comercio justo que comprar una que ha sido hecha en un barco factoría en aguas internacionales con mano de obra esclava, ¡claro que no! Pero, pese a que todos somos consumidores, no solo somos consumidores, somos mucho más que eso, y el cambio que podemos hacer en el mundo, el cambio que tenemos que hacer en el mundo, va mucho más allá de escoger qué polera me compro.

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