SOMOS SABIDURÍA DE AYER Y HOY Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Diciembre de 2013

 

Meditación activa con mandalas: Una revelación del universo que habita en nosotros

Los mandalas, figuras milenarias que nacieron en distintos puntos del planeta, hoy están siendo rescatados por jóvenes que confían en sus poderes terapéuticos. Hilos de colores, alambres y piedras semipreciosas favorecen la exploración del mundo interior de quienes se atreven a adentrarse en sus sueños y aflicciones profundas.

Por Carolina Montiel Iglesias

 

En este mundo en el que nos toca vivir hoy, es fácil perder la armonía, a veces arduamente lograda. Pero, la buena noticia es que también hoy existen muchas disciplinas que nos ayudan a recuperarla y a mantenerla. Una de estas es la que estudia y desarrolla creativamente los mandalas.

Las formas de estas bellas figuras están en nuestro subconsciente y actúan reuniendo energías algo dispersas. Tienen su origen en antiguas culturas (ver recuadro) que vieron en esta herramienta una puerta hacia su propia naturaleza. De hecho, el analista Carl Jung estudió sus efectos curativos y confirmó que las imágenes brindan tranquilidad tanto a personas sanas como enfermas.

En la actualidad, son las nuevas generaciones las que están tomando en sus manos esta tradición, dándole fuerza y reconocimiento. No solo dibujan o pintan estas obras de forma tradicional, sino que las tejen con lanas y alambres entrelazando lo étnico y lo moderno.

Meditación activa con mandalas: Una revelación del universo que habita en nosotros

Herencia divina

Reflejo de la naturaleza y de buenos deseos

Los mandalas surgieron en la India y su significado en sánscrito es “círculo”. La tradición de construir y posteriormente destruir figuras de arena coloreada ha sido transmitida por monjes budistas del Tíbet. Cada cierto tiempo, ellos forman hermosas figuras, las santifican y luego las desarman como parte de un ritual que les ayuda a practicar el desapego y a no codiciar el resultado de sus actos.

Una variación de éstos son los “ojos de Dios” (o Si´Kuli en lengua indígena), elementos geométricos ceremoniales creados por pueblos prehispánicos -wixarika, huichol y navajo- del suroeste de Norteamérica y de la península de México.

En sus orígenes fueron dedicados a la Madre Agua del Este (creadora de flores y calabazas) por su especial preocupación por los niños. Eran frecuentes regalos que se daban a las familias cuando en éstas nacía un hijo. A las figuras se les agregaba una vuelta de hilo y/o diseños cada nuevo año de vida de la criatura, a favor de su protección y salud.

El “merkaba”, por su parte, es un elemento de geometría sagrada compuesto por mer: luz que rota sobre sí misma; ka: espíritu; y ba: cuerpo humano. El concepto se refiere a una luz que rota y que puede llevar al espíritu y al cuerpo de un mundo a otro, como un vehículo de ascensión.

Natalia Ortúzar es terapeuta ocupacional y le apasiona el tejido de mandalas. Explica que el concepto “significa <círculo sagrado> y dentro de éste se hallan representaciones simbólicas que constituyen una herencia divina por sus cualidades meditativas y de autoconocimiento”. Éstos, desde su perspectiva “nos conectan con lo más sagrado de cada uno al trabajarlos de la forma o con la técnica que más acomode, como camino hacia un diálogo interno más profundo y una conexión con la totalidad”.

 

Sostiene que los mandalas “permiten cambiar esquemas mentales, falsas creencias y transformar muchas veces la realidad. Pintados, dibujados o tejidos, potencian un estilo de meditación más activa y menos racional. También sirven solo para mirarlos y meditar junto a ellos”.

Las representaciones simbólicas, detalla, “están conformadas por geometrías sagradas, figuras que encontramos en nuestro entorno cotidiano. Se entienden a través de la visión de distintos elementos, representados en sólidos platónicos -postulados de Platón- de figuras geométricas en tercera dimensión, en que las aristas, ángulos y caras son iguales”. Están, por ejemplo: el tetraedro, que representa el fuego; el hexaedro, la tierra; el octaedro, el aire; el icosaedro, el agua; y el dodecaedro, el éter. A través del tejido de mandalas se trabajan estos elementos con la figura geométrica que representa cada uno.

El uso de lanas e hilos de diferentes colores y texturas y de palitos (de maqueta, por ejemplo) “es una forma concreta para conocer nuestro mundo interior y su belleza. Su construcción es un desafío, pues nos conecta con la Fuente Universal, de donde venimos todos y hacia donde vamos de vuelta”.

El año pasado, Natalia conoció el trabajo en lana al participar en un taller impartido por una amiga, hermana y compañera de camino que le mostró este hermoso mundo: “Ahora, al hacer clases –narra-, vibro con cada creación, sobre todo cuando veo que otras personas superan los pensamientos del ‘no puedo’, ‘me quedó feo’ o ‘nunca podré hacer algo así’”.

Sobre el nivel de participación, Natalia dice que es “perfecto”, pues cada vez hay más gente “que necesita despertar, que requiere de un cariñito en el alma o, simplemente, conocer algo nuevo. Estos espacios son para eso”.

Cuando empezamos a involucrarnos con la técnica, la experta dice que emergen sombras, aquello que hemos dejado en el olvido y que no cumple con los ideales de nuestro ego. “Nos enojamos porque no nos queda derecho, nos frustramos porque no nos gustaron los colores o nos culpamos porque nos equivocamos, entre otras cosas. Por lo tanto, hay que estar bien atento, ya que es una maravillosa oportunidad de observar esos aspectos para integrarlos y seguir avanzando tanto en este aprendizaje particular como en nuestra vida”.

Los mandalas son manifestaciones de belleza… ésa que todos tenemos en el alma.

Interpretar quiénes somos

Francisca León y Gilda Pérez son reikista y escritora, respectivamente, además de facilitadoras de talleres en AmArte Creatividad Consciente. Juntas han notado, desde hace un par de años, un despertar en el interés por los mandalas y sus atributos terapéuticos. Han sido testigos del rescate y el florecimiento de antiguas tradiciones que hoy muchas personas están aprovechando, en especial para compartir, construir y sanar.

Explican que los mandalas son una herramienta potente de sanación, a nivel personal y grupal. En el primer caso, fomentan la calma, la paciencia, la creatividad y la autoobservación, mientras que los que se tejen en encuentros con otras personas suelen generar interesantes aperturas hacia aprendizajes de vivencias ajenas. En tales situaciones salen a la luz la empatía y la tolerancia, entre otros valores.

Con sus figuras, formas y colores, los mandalas ofrecen innumerables significados que pueden ser captados por su creador u otras personas consciente o inconscientemente. Sus mensajes se interpretan tras internalizar la información que proveen.

Para llevar a cabo este tipo de trabajo, hay algunas recomendaciones iniciales que podrían ayudar a quienes se sienten algo desorientados, como: buscar referencias externas ligadas a conocimientos universales (símbolos de diversas culturas), asociar colores (por ejemplo, de los chakras) e intencionar el tejido desde la cromoterapia. No obstante, el objetivo es desatar la creatividad del momento, sin reglas.

Francisca y Gilda invitan a conocer técnicas y a crear con libertad nuevas formas que reflejan lo más profundo del ser.
Francisca y Gilda invitan a conocer técnicas y a crear con libertad nuevas formas que reflejan lo más profundo del ser.

En esta línea, “instamos a todos a encontrar sus propias referencias internas, sus definiciones y significados personales de acuerdo a sus procesos internos. Con respecto a la geometría sagrada, compartimos nociones racionales como patrones, proporciones y formas presentes en el micro y en el macrocosmos que representan aspectos de la vida como la belleza, la unidad, la armonía y la protección”, aseguran las maestras, quienes antes de enseñar pasan por circunstancias de prueba y de autoobservación, en beneficio de una experiencia más completa para sus alumnas.

“Mi intención, de un tiempo a esta parte, es que mi aprendizaje sea amoroso, integrando a mi sistema, herramientas que me conecten con mi sabiduría interna”, dice Francisca, con énfasis en que “los mandalas, además de ser una ventana hacia ese espacio personal, han activado intensamente mi capacidad creativa”.

Y agrega que su pregunta, desde muy temprana edad, fue: ¿hay otras formas de vivir?, ¿cómo puedo crear la vida que yo quiero y que me haga feliz? “Siento profundamente –añade- que activar mi poder creativo ha sido esencial en este proceso, para combinar, recrear e inventar nuevos modelos y formas de existir que me hagan sentido”.

Gilda, a su vez, siente que ha trabajado diversas cualidades en sus planos mentales y emocionales: “La paciencia y la aceptación me han marcado en este bello camino de aprendizaje”. En sus creaciones ha visto, como en un espejo, su autocrítica, sus temores y autoexigencias. “Entregarme a la confección de un mandala, poco a poco colma mis sentidos y me da la paz y la calma que necesito. La constancia en la observación de mis propios procesos me ha enseñando la importancia de aceptarme tal cual soy, de mirarme y de quererme”. Por ello, invita a quienes sientan atracción por estas figuras a “jugar, crear y divertirse con ellas, pues en la felicidad está también la sabiduría”.

En el hinduismo y en el budismo los mandalas representan las fuerzas que regulan el universo y que sirven como apoyo de la meditación.

Descubrir nuevas dimensiones

Fabiola Pérez egresó de Pedagogía en Filosofía, pero hoy ocupa sus días en confeccionar mandalas tridimensionales, otra variedad de estas sanadoras figuras geométricas, elaboradas en alambre y con aplicaciones en las junturas de cada uno de sus pétalos. Y cuenta que su origen se sitúa alrededor de 3.000 años atrás, en las comunidades tibetanas, que los llamaron ‘Origen del Universo’. “Cuando los líderes se reunían para implementar transformaciones -cuenta- construían mandalas tridimensionales para dar la bienvenida a los cambios. Por tanto, son instrumentos de meditación y de oración”.

Ella crea dos tipos: uno simple, que recrea emblemas que representan la historia del universo y de la humanidad, con 18 piedras que finalmente se reducen a la mitad, en el que el 9 reafirma su poder integrador y de retorno a la unidad; y otro asimétrico, que lleva entre 36 y 45 piedras y que gira sobre su propia superficie. En ambos se pueden formar más de 100 figuras, ideales para hacer ejercicios de meditación. “Cada mandala contiene a muchos otros”, explica.

Para Jung, el centro del mandala muestra al sujeto que intenta perfeccionarse en el proceso de individuación.Los materiales usados son alambres de bronce y de alpaca, con aplicaciones de piedras semipreciosas como: amatista, aguamarina, aventurina, coral rojo, cuarzos (citrino, cristal, rosado), granate, jade, lapislázuli, ojo de tigre, ónix, piedra luna, piedra sol, turquesa y unakita.

“La influencia que los mandalas tienen en nuestra mente y alma es incalculable; creo que solo somos conscientes de esas características cuando practicamos alguna técnica con ellos. Nos presentan una nueva dimensión de nuestra vida, nos permiten entrar en estados a los que no sabíamos que podríamos acceder”, recalca Fabiola. “Cuando tienes un mandala tridimensional en tus manos y comienzas a manipularlo, te das cuenta de que estás ante un mundo nuevo, que al principio es incomprensible en cuanto a la variación de sus formas. Pero, a medida que lo vas conociendo, te acercas a su creatividad y simbolismo”.

Desde que los confecciona, Fabiola se siente diferente: “más conectada conmigo y con los otros. Descubrirlos, elaborarlos y compartirlos ha sido una de las cosas más maravillosas que me han sucedido en el último tiempo. Llegaron a mi vida por casualidad, y creo que estarán para siempre conmigo”

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