SOMOS SABIDURÍA DE AYER Y HOY Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Enero de 2014

A noventa años de El Profeta de Gibrán

En 1923 el autor libanés Khalil Gibrán publicaba la que es considerada su obra maestra, El Profeta. Un texto que, a través de su portavoz, Almustafá, reflexiona sobre temas vitales para los seres humanos, y cuyos pensamientos, dada su sencillez poética y profundidad, son -noventa años después- mencionados por gente de cada rincón del mundo cada vez que buscan un mensaje de sabiduría y espiritualidad.

Por Javier Muñoz

El Líbano es conocido como el país de los cedros sagrados, pues se dice que el Rey Salomón reunió de los bosques de Ouadi Qadisha la madera para construir su templo en Jerusalén. Ubicado en el oriente próximo y bañado por las aguas del mar Mediterráneo, el Líbano da paso a las tierras semidesérticas de Siria y al sur con la estrecha frontera que encuentra los límites con Israel.

Por su posición de encuentro entre Oriente y Occidente, su territorio fue el espacio de residencia de múltiples culturas. Heredero de Fenicia y crisol histórico de comunidades cristianas y musulmanas, fue ocupado por el Imperio Otomano en el siglo XVI y, luego de la Primera Guerra Mundial, por un protectorado francés que llevó a las raíces árabes, fenicias y arameas a fusionarse aún más con la influencia occidental.

Nace un místico y poeta

En este contexto multicultural nace Khalil Gibrán en Besharré, una zona situada en una de las montañas más elevadas de la región, el 6 de enero de 1883. Sus padres lo bautizaron en la Iglesia maronita, un culto cristiano de rito oriental fundado por San Marón hacia finales del siglo IV y que nunca ha estado en disputa con el papado romano. De esta forma, el joven Gibrán fue educado en un ámbito humilde pero de gran riqueza histórica y cultural. Por ello, su narrativa representará esta sabiduría milenaria y multicultural tan llena de misticismo que sorprende por su enorme universalidad.

Cuando el decadente Imperio Otomano empezaba ya a resquebrajarse hacia fines del siglo XIX, la violencia y la crisis económica aparecieron en escena. Forzadamente, la familia Gibrán decidió exiliarse en América. Así, en 1895 llegan a Nueva York para luego dirigirse a Boston. Pronto en esa ciudad este joven, gracias a sus talentos como dibujante primero, se hacía un espacio entre el ambiente bohemio. Se fue moldeando así una personalidad en la que se concentraban múltiples aptitudes artísticas con una naturaleza creadora inagotable.

Ya en 1904 expuso sus primeros cuadros en el Harcourt Studios de Boston, donde conocería a Mary Haskell, que le instaría a seguir el camino de la escritura. Así, al año siguiente publicó en árabe su primer libro: La música. Dicho periodo de luces irá de la mano con las sombras, pues sufriría la muerte de dos de sus hermanos por tuberculosis, y la de su madre, de cáncer.

En 1908 la admiración de Mary por este genio libané, le llevaría a inscribirlo en la Escuela de Bellas Artes de París, para formarse como artista plástico, uniéndose a la corriente simbolista. En aquel ambiente se sumergió en las obras de Tolstoi, Rodin, Nietzche y de William Blake, con el cual hasta hoy es comparado por su visionaria imaginería mística. Volvería unos años después a Nueva York, donde residiría hasta el fin de sus días.

El surgimiento de la Gran Guerra Europea en 1914 produjo en Gibrán el temor por la destrucción de su tierra natal; por ello, organizó un comité de ayuda para trabajar contra la hambruna que arrasaba al Líbano. Propició, además, instancias en las que convocaba a los musulmanes para no enfrascarse en luchas fratricidas.

Efigie de Khalil Gibrán en Belo Horizonte, Brasil. (Fotografía: Andrevruas)
Efigie de Khalil Gibrán en Belo Horizonte, Brasil. (Fotografía: Andrevruas)

El hereje

En ese momento, sus libros -en los que criticaba el fundamentalismo religioso, la opresión de la mujer y todas las formas de injusticia social- empezaron a ser publicados en el mundo árabe-. De esta forma, los seres maltratados se convierten en los personajes centrales de su creación y, a pesar de condiciones miserables, siguen una vida de paz y solidaridad.

El ritmo cálido y simple de El Profeta lo hace asequible a un gran número de personas, pues como pensador Gibrán habla a la gente sencilla. Estas críticas contenidas en Ninfas del Valle, de 1906, y sobre todo en Espíritus Rebeldes, de 1908, llevaron a las autoridades musulmanas a considerarlas como herejías. En Beirut se realizó una quema publica de sus trabajos, siendo excomulgado de la iglesia maronita. A pesar de esto, su figura empezó a crecer en popularidad. En 1912, la publicación de Alas rotas marcaría el renacimiento de la literatura árabe.

Tras las Gran Guerra, publicó El Loco, obra que le haría conocido en Occidente. Este libro es un hondo llamado a cumplir el propio sentido del yo sin tratar de ajustarnos a los demás a través de las máscaras, ya que ello puede conducirnos a olvidar de lo que nos hace felices: “Así fue cómo me volví loco. Y he hallado libertad y salvación en mi locura; la libertad de estar solo y a salvo de ser comprendido, porque aquellos que nos comprenden esclavizan algo nuestro”.

A sus treinta y siete años, todo este recorrido le llevó a madurar un eco interno que en 1923, después de 20 años de trabajo, le permitiría publicar El Profeta, su obra más difundida y conocida.

A noventa años de El Profeta de Gibrán

El Profeta

Gibrán comentaba: “He buscado al Profeta desde que tuve dieciséis años y al fin tomo conciencia de sus verdades”. A través de veintiséis sermones, el libro se va desplegando sobre una amplitud de temas humanos, pronunciados por Almustafá antes de partir del pueblo de Orfalese.

Estos pensamientos están llenos de una visión sobre el mundo que reconoce la debilidad de la existencia humana, pero dentro de un sentido mayor y compasivo, que es necesario reconocer para descubrir la verdad trascendente sobre sí.

Y si bien es posible captar cierta nostalgia por el pueblo al que deja, se reconoce que dicha despedida es solo un nuevo comienzo. Así la partida de Almustafá hacia “la isla que le vio nacer” simboliza su retorno a un estado anterior al nacimiento del que, tal y como promete al final, volverá: “Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo”.

Siguiendo las reflexiones de Joe Jenkins, uno de los biógrafos de Gibrán, nunca desde Las Mil y una noches un escritor de ascendencia árabe había disfrutado de tanto reconocimiento. El libro llegó al público, pues está escrito desde lo más hondo del corazón de una persona que comprendía que, en el fondo, toda vida es un viaje, siendo el amor origen y meta, y así como en su realidad hay dolor, también hay éxtasis. “Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros, por este conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida”.

El Profeta muestra la mejor aspiración de la humanidad, que clama por la profundidad de la compasión en el entendimiento de su propia existencia.Hay, además, en El Profeta un encuentro de las expresiones de sus obras anteriores, la del vidente que experimenta la unidad del Ser. Es un texto que muestra la mejor aspiración de la humanidad, y que clama por la profundidad de la compasión en el entendimiento de su propia existencia. Su ritmo cálido y simple le hace asequible a un gran número de personas, pues como pensador Gibrán habla a la gente sencilla.

Luego de la publicación del libro, el autor se vio abrumado por la avalancha de admiradores que se le acercaron, algunos por simple curiosidad. Esos años posteriores fueron difíciles. Padeció de reumatismo, llegando a ocupar electricidad y alcohol para paliar el dolor. A pesar de eso, siguieron otras obras en la senda que ya había dejado El Profeta, como Jesús, hijo del hombre (1928), Dioses de la Tierra (1931) y El Vagabundo (1932).

Ícono de sabiduría

De la más fina sensibilidad, el escritor libanés es ícono de la sabiduría del Medio Oriente, que resuena también en Occidente. Padre del renacimiento de las letras árabes, fue además poeta, ensayista, novelista, pintor, dibujante y cantor universal de la vida.

En una época caracterizada por la soledad, la angustia y el sin sentido, Gibrán pudo ver los lazos que nos muestran una vida vinculada. Jenkins también observa que en franca retirada, esas opiniones sucumbían ante el empuje de las visiones mecanicistas y materialistas que pronosticaban una época en que imperaría la lucha, la fuerza y el individualismo. A pesar de esto, su mensaje siguió resonando en medio del ensordecedor ruido de la modernidad, siendo una cura al alma humana que arrastra una herida.

Gibrán murió en Nueva York el 10 de abril de 1931, a la edad de 48 años. Su cuerpo fue embalsamado y sepultado en el cementerio de Mount Benedict de Nuestra Señora de los Cedros, la primera iglesia maronita de Boston.

Meses después, el féretro hacía una nueva travesía rumbo a El Líbano. El 21 de agosto de aquel año era recibido en Beirut por sus compatriotas, quienes lo llevarían hasta el sitio elegido para su descanso final: el antiguo monasterio carmelita de Mar Sarkis en su anhelada Besharré.

Nueve meses después fue publicado El Jardín del Profeta; Almustafá había retornado a su isla natal. 

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