SOMOS SOCIEDAD Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Febrero 2014

Beatriz Pichi Malen, cantora mapuche: “No hay nada más genuino que ser uno”

Con su voz privilegiada y las inspiradas letras de sus canciones, Beatriz nos recuerda que somos y venimos de la tierra, que es mucho lo que no sabemos del pueblo mapuche y lo importante que es reencontrarnos con nuestra verdadera identidad.

Por Constanza Jiménez Meza

Fotografías: Jessica Pualuan J.

Beatriz Pichi Malen es una cantora de origen mapuche, nacida en la comunidad de Los Toldos, Provincia de Buenos Aires.

Su nombre significa mujer pequeña; “Me lo pusieron para que recordara eso, lo que soy ¡una pequeña mujer!”, dice. Sin embargo, es una mujer grande y fuerte, que ha llevado el canto de su pueblo a innumerables lugares dando a conocer sus raíces.

Antes de subir a un escenario, ella pide siempre ir a visitar a la comunidad mapuche del lugar y así, en conexión con su gente, Beatriz le canta al viento, a los árboles, al río, al caballo, a lo simple.

Aquí en exclusiva para revista Somos, nos cuenta del viaje hacia su identidad.

– Háblanos de tus orígenes, Beatriz…

  • Provengo de lo que hoy se llama Los Toldos, que antiguamente se llamaba Epu Lafquen; Epu es el número cardinal dos, y Lafquen, laguna, y en ese lugar habían dos lagunas. Ese fue uno de los primeros asentamientos mapuches como comunidad, entonces le llamaron Los Toldos de Coliqueo, el nombre del cacique. Coliqueo, que fue mi tatarabuelo, salió de la zona de Nueva Imperial de Boroa y se fue a Los Toldos, ubicado a 300 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, hacia el noroeste. Se estableció allí y quedó con ese nombre porque ese era su linaje.

El cacique Coliqueo tuvo cuatro mujeres; la última era de Chile y tuvo con ella una hija, llamada María Pilar Coliqueo. Ella se casó con un mapuche de la zona de Puelmapu (Argentina), tuvo cuatro hijos y uno de ellos fue mi abuelo materno. Mi madre se casó con un hombre criollo, no mapuche; nacimos dos hermanas. Yo fui muy delicada de salud y a los seis años me entregaron a una familia para que me pudiera cuidar, después mi familia directa me recuperó y me desarrollé como trabajadora rural en la Provincia de Buenos Aires.

– ¿Cómo fue la búsqueda de tu identidad?

  • Comencé a conectarme primero con la gente mapuche, luego las personas me preguntaban cuándo iba a cantar sus canciones y yo no sabía la lengua mapuche, así que la tuve que aprender. Y el que busca encuentra y encontré, pero con aprender la lengua no bastó, hay que vivir una cultura para tener idea de cómo pronunciar una vida, porque se trata de eso.

Así que me fui a buscar a las comunidades, y me fui por caminos equivocados también porque me fui para el norte, porque ni yo sabía dónde vivía mi pueblo. Hasta que por fin, alguien me dijo que estábamos al sur, desde la Provincia de Buenos Aires hacia el sur, parte de la provincia de la Pampa, sur de San Luis de Mendoza, Chubut, Neuquén y norte de Santa Cruz, es decir, la Patagonia Argentina. En Chile, desde Santiago hacia el sur encuentras comunidades mapuches.

Beatriz Pichi Malen, la voz mapuche que canta al viento, a los pájaros, a los niños, al agua, a las “cosas de la tierra”…
Beatriz Pichi Malen, la voz mapuche que canta al viento, a los pájaros, a los niños, al agua, a las “cosas de la tierra”…

Cantándole al río…

– ¿Cómo nació tu amor por la música?

  • En realidad, la música fue algo que siempre me habitó. Lo digo así porque yo me recuerdo cantando. De muy pequeñita, a los cinco años, luego de un día de lluvia, se formó un charquito y me recuerdo sentada a orillas del charquito cantado una canción litoraleña. Como había una pequeña brisa, yo me imaginaba que le cantaba a un río. Mi mamá decía que en las noches de verano, cuando salíamos a jugar, yo siempre cantaba.

Cuando fui más grande, estudiaba en una escuela rural y ahí armaron un coro y, por supuesto, yo estaba en éste. De chica me armaba recitales, sin público, para las vacas, el pasto…, tenía la perspicacia de anotar los sonidos, yo no tenía idea de cómo se escribía la música, así que tenía mi propia escritura musical.

“De muy pequeñita, a los cinco años, luego de un día de lluvia, se formó un charquito y me recuerdo sentada a orillas del charquito cantado una canción litoraleña. Como había una pequeña brisa, yo me imaginaba que le cantaba a un río…”

– ¿Cómo te diste a conocer?

  • Cuando fui más grande, salí del campo, terminé el secundario, murió mi padre y nos fuimos a lugares más poblados. Comencé a trabajar en Buenos Aires. Conocí todo en un mes: el subte, el tren, la gente, los semáforos, tuve que aprender un montón de códigos porque las ciudades son así, te arrollan. Te tragan o sobrevives, y yo tenía que sobrevivir, así que fue un despertar muy fuerte.

Comencé a trabajar como junior en una oficina y entonces pensé que tenía que prepararme de otra manera, pero como no tenía otras posibilidades económicas -porque sosteníamos la casa con mi hermana-, no pude hacerlo. Y comencé a relacionarme con las personas de la oficina, luego del trabajo nos reuníamos para compartir y ahí comencé a cantar.

Nunca pensé que me iba a dedicar al canto y menos que lo hacía bien, hasta que una productora me llamó por teléfono para decirme que fuera al Festival de Cosquín, un importante encuentro de folclore latinoamericano. Así que fui, porque pensé que iría gente joven y yo andaba ya en búsqueda de mi perdida identidad mapuche, sentí un llamado de la sangre. Ya había comenzado a estudiar nuestra lengua, a encontrarme con familias mapuches, había andado mucho para conocer las raíces de la gente de la tierra. Llegué a Cosquín y canté. Se sucedían las eliminaciones y yo quedaba y quedaba todos los días, hasta que gané el concurso con una canción de mi pueblo.

– ¿Qué sentiste al representar a tu pueblo?

  • Lo que siento es que debo cantar en nuestra lengua, que mi voz se ha conformado para eso, no para otra cosa. Otros géneros, como la balada, hay mucha gente que los canta y muy bien. Pero en nuestra lengua, no hay muchos que canten. Si para mí todo empezó con el canto mapuche, quiere decir que tengo que seguir por ahí, y la verdad es que no me interesa otra cosa. Como dice Facundo Cabral, “vuelo bajo”, que en el vuelo bajo está la verdad.

En el festival de Cosquín aparecieron muchas propuestas de trabajo, las cuales me abrumaron harto. Cuando eso me sucede, me retiro. Me di un respiro, a esperar a ver qué pasaba.

En una ocasión, un grupo mapuche de la zona de Bahía Blanca me pidió que fuera a cantar con ellos. Fui, y un sonidista muy importante, Néstor Iencenella, me escribió para que hiciéramos algo juntos. El no sabía nada de los mapuches, me mandó algo que había hecho con mis canciones; la verdad, me pareció un disparate, pero era interesante ver qué se podía hacer con un músico de rock y el canto mapuche. Claro que él tenía que interesarse y conocer más sobre la cultura. Le pasé libros, videos, hasta que un día lo llevé a casa de unas abuelas y lo que pasó fue que incluimos en una grabación el canto de la Canción de Cuna de la abuela Manuela Meliqueo.

Nos complementamos, él tiene todo lo que yo no tengo, yo no leo ni una nota musical y él tiene todo ese conocimiento y yo, el profundo de la sabiduría mapuche. Hicimos un cassette que llegó a manos de una compañía discográfica y sacamos el disco Plata y luego hice Añil. Ahora estamos haciendo el tercer disco, llamado Memoria. Al saludar o al despedirnos, nosotros decimos memorial o lemoria que significa saludos, recuerdos, y juego con eso, porque soy parte de esta cultura occidental y soy mapuche.

Beatriz Pichi Malen, cantora mapuche: “No hay nada más genuino que ser uno”

Las cosas de la tierra

– ¿De dónde vienen tus canciones?

  • En algunos casos son recopilaciones y otras son composiciones mías, con arreglos de Néstor. La verdad, yo nunca salí a buscar canciones, son ellas las que se presentan. Nunca fui con una grabadora, no, ni se me ocurriría. Yo tengo otra necesidad, la de encontrarme en mí misma, y sigo con esa búsqueda y creo que voy a morir con ella. Primero, porque no está dicho todo del pueblo mapuche. Se conocen sólo algunos aspectos, a veces los más belicosos. Y no está contado el arte, nuestra cultura entera, completa. La lucha es parte de nuestra cultura y yo soy parte de ella también, es una manera de resistencia cantar sólo en nuestra lengua. A lo mejor muchos no lo ven, pero yo sé que lo hago por eso. Siento que es mi aporte, es lo que puedo hacer.

– Entonces, ¿cómo encuentras las canciones?

  • Yo no voy a buscar canciones para que me beneficien a mí, de ninguna manera. Voy donde la gente a compartir lo que es la vida mapuche, que me fue negada desde niña. Entonces me encuentro con niños, jóvenes que me dicen “Soy mapuche” y no quiero que pasen por todo el periplo que pasé yo y puedo acortarles el camino.

Alguien tuvo un sueño, por ejemplo, y me lo cuenta. Como pasó con la canción de una abuela; yo la fui a visitar y ella estaba lloriqueando y me dice: “Soñé con mi padre” (que se había muerto) y me cuenta el sueño. Entonces la voy a visitar el verano siguiente y me dice: “¿Te acuerdas del sueño? Y yo le digo: “Claro, cómo no me voy a acordar”. “Bueno -me dice-, hice un canto sagrado”. Me lo canta y me dice que no le gusta cómo está la música, así que hiciéramos lo que quisiéramos. La grabé, salió la música con mi kultrún y ahí está la canción en el disco Añil: Pewman ñi chao, que quiere decir: Soñé a mi padre.

“Nuestra relación con la tierra es diferente, necesitamos estar en armonía con ella. Nosotros creemos que hay que escuchar por ejemplo, como habla el agua…”

Otras canciones se presentan de otra forma y son simples, breves; le cantamos al río, al viento, a la cosecha, a la muerte, al arrullo de un niño, a enamorarse, a lo que hay. Una vez le dije a Mercedes Sosa, “¿Sabe qué pasa? Nuestros cantos son muy simples” y ella me dijo: “Ay, mi niña, lo más simple suele ser lo más difícil”. Y yo pensé, bueno, si me lo dice ella, ha de ser. Al ser gente de la tierra, se canta a las cosas de la tierra.

– ¿Hemos dejado de escuchar a la tierra?

  • No sólo la hemos dejado de escuchar, sino que la hemos vapuleado y hecho de todo: desviar cursos de los ríos por las grandes represas que se hacen en todas partes del mundo, reventar las minas para sacar el mineral, talar indiscriminadamente los bosques, por decir lo que sabemos. Y la Tierra ya está entrada en años, pero se ha cansado y ha comenzado a dar señales como “Mírenme, estoy acá, viven acá”. Es nuestra casa, nosotros somos parte de este planeta, en un todo que es una inmensidad.

Beatriz Pichi Malen, cantora mapuche: “No hay nada más genuino que ser uno”

Escuchar como habla el agua…

– ¿Cómo sientes hoy a la cultura mapuche?

  • El mundo de los pueblos originarios sigue sin el reconocimiento humano, eso es algo que ha pasado y no entiendo por qué. Los pueblos originarios no tenemos una meta de compra y venta, al contrario, hay una necesidad de cuidado, la gente pone su propio cuerpo por una represa, una explotación de mina… Y las grandes compañías no quieren que pase eso, entonces, si hay menos población indígena, va a haber menos gente que se oponga. Es fácil la ecuación.

Nuestra relación con la tierra es diferente, necesitamos estar en armonía con ella. Nosotros creemos que hay que escuchar por ejemplo, como habla el agua. Si llovió mucho en los cerros, tengo que ir a ver porque el río va a crecer. Eso es leer lo que la tierra nos dice; vives un tiempo en el lugar, lo comprendes y te das cuenta. La tierra avisa de múltiples formas, sin embargo, si lo que quiero es ese espacio de tierra para reventarla, para hacer lo que a mí me parece, no sólo no la voy a escuchar sino que voy a arrasar con todo aquello que no me permita realizar lo que quiero.

“Ser mapuche no es vestirse como mapuche o decir “Soy mapuche”; es un compromiso de por vida. Esto significa estar con nuestra gente, no hablar a favor de ellos”.

– ¿Nos podrías dar un mensaje como representante del pueblo mapuche?

  • A mi propia gente, decirle que tenemos que tener confianza en nosotros mismos, porque el tenerla nos va a ayudar a crecer con dignidad frente a todos los pueblos del mundo. Y esto es innegable, porque no hay nada más genuino que ser uno. Yo pienso que son como los cimientos de una casa, si están bien hechos por más que venga un viento fuerte no va a botar la casa. Entonces, cuando los cimientos de la cultura están bien, todo lo que venga después va a estar bien e incluso puede mejorar.

Ser mapuche no es vestirse como mapuche o decir “Soy mapuche”; es un compromiso de por vida. Esto significa estar con nuestra gente, no hablar a favor de ellos. A nosotros no nos gusta que hablen en nombre nuestro, porque estamos vivos. Como dicen las abuelas “Tenemos boca, podemos hablar”. Sólo necesitamos oídos que nos quieran escuchar. Es simple, pero es profundo. 

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