SOMOS SABIDURÍA DE AYER Y HOYN Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Mayo de 2014

Ikebana: La belleza como camino de plenitud

Ikebana es un arte floral milenario que tiene sus orígenes en las ofrendas del shinto, antigua religión del Japón que rinde culto a los kami o espíritus de la naturaleza. Fue en ese país donde el budismo Zen incluyó este arte en sus prácticas meditativas-contemplativas.

Textos y fotografías de Loreto de Nordenflycht

No es fácil encontrar en Chile a una persona que conozca en profundidad el ikebana. Tampoco es un arte que se practique mucho en nuestro país. Revista Somos tuvo el privilegio de conversar con Rosa Aguilera, única profesora de Ikebana en Chile titulada en la Universidad Imperial de Japón, y que, tras varios años vividos en ese país para después permanecer 14 años en Hungría, vive hoy en una tranquila parcela en la ciudad de Los Andes.

Con la experiencia de dictar clases de este arte floral en diversos lugares del mundo, Rosa confiesa que Chile ha sido uno de los países más desafiantes al momento de invitar a las personas a conectarse con el silencio y vacío interior. “Ikebana es esencialmente una composición contemplativa. En Occidente estamos acostumbrados a los arreglos más masivos, que tienden a llenar espacios; en cambio, el ikebana crea espacios”, aclara.

En un arreglo de ikebana se suelen conjugar tres elementos de la naturaleza: sencillez, equilibrio y belleza.
En un arreglo de ikebana se suelen conjugar tres elementos de la naturaleza: sencillez, equilibrio y belleza.

El sendero de las flores

La palabra ikebana proviene de los vocablos ikiru (vivir) y hana (flores y ramas), por lo tanto significa “flores vivientes”. Sin embargo, el nombre original de este arte es ka-do, que quiere decir “El camino o sendero de las flores”.
“El ikebana es un <do>, es decir, un camino o sendero de autorrealización. En Japón, toda palabra terminada en <do> significa camino espiritual de vida” aclara Rosita.

Tres principios

El discípulo de Ikebana debe trabajar hasta conseguir la armonía de tres principios: la unión del corazón de la flor con el corazón del ser humano y el corazón del universo, que son una misma cosa. De este modo, vivirá en comunión esencial con la planta y con todo el universo.

Según palabras del Maestro Bokuyo Takeda:
El hombre y la planta son mortales y mutables; el significado y la esencia del arreglo floral son eternos.
Se debe buscar la forma exterior a partir del interior.
El material usado no tiene importancia. Sólo el pensamiento correcto conduce a Dios.
La belleza, unida a la virtud, es poderosa.
La simple belleza no lleva a nada; ella sólo se completa en unísono con el sentimiento verdadero.
El correcto trabajo con las flores sutiliza la personalidad.
Reine en su casa con paz, autocontrol y justicia.
Siga de modo obediente la autoridad y a sus padres.
No sea negligente en el hogar ni en la profesión.
Cultive la amistad con sinceridad y nobleza de sentimientos.

Sus raíces descansan en el profundo sentido que los japoneses tienen del paisaje, su respeto al poder de la naturaleza manifestado en las montañas, piedras, cascadas, árboles y su respuesta a la fuerza, fragilidad y belleza de los árboles y flores.

Con el budismo llegó la costumbre de ofrendar flores en vasijas sagradas frente a la imagen de Buda; por tanto, los primeros artistas fueron monjes.

Años más tarde, con el deseo de transformar la vida en arte, el Maestro Mokichi Okada, nacido en 1882 en Tokyo, prestó atención a la belleza de las flores que, para él, cristalizaban la belleza de toda la naturaleza, y propuso la popularización de las flores en la vida cotidiana. A partir de él surgieron escuelas de ikebana que tienen sus propias características y simbologías.

“Cuando Mokichi Okada nos habla de lo bello, nos apunta un camino para la plenitud de todo nuestro ser” destaca Rosita. Ese el camino del ikebana, el que se dirige a la última instancia, donde nada más puede ser dicho ni enseñado, sólo vivido. Y no se puede aprender aquello que no se sintió y no se vivió. “La verdadera enseñanza no puede ser expresada con palabras. Como dice Lao Tsé: «Aquel que habla, no sabe: aquel que sabe, no habla»”, nos cuenta Rosita sobre sus aprendizajes.

Más que un adorno, el ikebana es un arte disciplinado en el cual el arreglo floral es algo vivo, en que la naturaleza y el ser humano se unen. Su práctica está íntimamente relacionada con las estaciones del año, los ciclos vitales y lo efímero de la existencia. Es también un ejercicio de meditación que se efectúa a través del arte de armonizar las flores según su naturaleza, las que una vez abiertas son el símbolo del desarrollo de toda manifestación. Tal como enfatiza Rosa, “nada hay que exprese mejor el despliegue de la vida universal que una planta en su pleno desarrollo”.

Durante varios siglos, este arte fue transmitido en la práctica de maestro a discípulo de manera oral, con pocas palabras o a través de gestos mudos. Las enseñanzas eran guardadas en el más absoluto secreto, no sólo con respecto a los contenidos netamente espirituales, sino también respecto a ciertas técnicas especiales, como por ejemplo los diversos medios para prolongar la vida de las plantas.

En Oriente siempre se valorizó la comunicación en silencio, la transmisión de corazón a corazón, con la intención oculta de no permitir que el discípulo aprendiese una lección de memoria, sino que descubriese el espíritu del arreglo floral por su propia experiencia.

La forma de expresión del ikebana no es buscar con los ojos la belleza de una flor, sino contactar su esencia“Tal vez ésta sea la razón por la que existen tan pocos textos sobre el arte floral, y además normalmente se limitan a ilustraciones o sugerencias prácticas”, comenta Rosita Aguilera, y agrega que el primer libro sobre este tema se publicó en el siglo XVI, y era prácticamente un código en el que se enumeraban las cualidades fundamentales para aprender el verdadero ikebana: paciencia, concentración, carácter, serenidad y espíritu dirigido simultáneamente hacia Dios y hacia la humanidad.

Este sigilo fue quebrado en la actualidad con la publicación de una voluminosa obra (4 vols.) ilustrada sobre el ikebana. Su autor, el Maestro D.B. Takedo, opina que el hecho de divulgar los conocimientos no perjudica el espíritu de la doctrina. Es así como hoy estos conocimientos llegaron a Occidente.

Rosa Aguilera, profesora de Ikebana en Chile, titulada en la Universidad Imperial de Japón.
Rosa Aguilera, profesora de Ikebana en Chile, titulada en la Universidad Imperial de Japón.

Creatividad e intuición

“Todos tenemos una receptividad natural a lo bello. Nadie necesita de un entrenamiento especial para apreciar el equilibrio de la naturaleza o disfrutar de los colores y perfumes de las flores. Mientras mayor sea nuestra atención a las flores, a las plantas y a la naturaleza, mayor será nuestra conexión con Dios”, comenta Rosita.

Pues, según el ikebana, la apreciación de la belleza es lo mejor que existe para la elevación de los sentimientos humanos, ya que la flor, independientemente del lugar en que esté, siempre nos reanima y nos hace sentir un toque de pureza.

La presencia de las flores vivifica y ennoblece toda la atmósfera. Acompañar su nacimiento y apertura despierta un sentimiento intuitivo de integración entre la vida humana y toda la naturaleza. A través de ellas podemos reencontrar el camino de armonización y del equilibrio interior. “Mediante las flores todos podemos alcanzar el perfeccionamiento personal, el equilibrio y la evolución espiritual”, enfatiza Rosita.

Las tres ramas que sirven de base a todo arreglo representan las ideas de cielo, ser humano y tierra.
Las tres ramas que sirven de base a todo arreglo representan las ideas de cielo, ser humano y tierra.

Además, investigaciones realizadas en la Universidad de Tokio comprobaron que las flores actúan directamente en el cerebro humano desarrollando el hemisferio derecho, que es el responsable de la intuición, la sensibilidad, la creatividad, la capacidad de atención plena y la inteligencia emocional.

“El camino de las flores” es entonces un excelente recurso para la canalización de la creatividad, la intuición y la ampliación de las percepciones. “Así sucede particularmente con el arte oriental, ya sea con los arreglos florales, la pintura o el arte del arco, pues presuponen no sólo talento artístico, sino principalmente una actitud espiritual, adquirida a través de largos años de prácticas de concentración”, aclara Rosa.

El Ikebana es esencialmente una composición contemplativa…
El Ikebana es esencialmente una composición contemplativa…

Un espacio sagrado

En el ambiente donde se realiza el arte de las flores debe mantenerse una rigurosa vigilancia del orden, la limpieza, el silencio y la quietud, pues en su origen, el recinto donde se hacían los arreglos florales era sagrado, concepto que se mantiene hasta hoy. Por más simple que sea el espacio, éste queda consagrado a través del arreglo floral, si se hace con «verdadero espíritu».

“Debe evitarse cada ruido innecesario, cada movimiento brusco, y las plantas y herramientas deben manipularse en un silencio casi absoluto”, aclara Rosita, destacando con entusiasmo: “Como el principal requisito es la unión con el corazón de la flor, es natural que no se converse durante el trabajo, y que toda agitación esté fuera de contexto. El principiante se ve así obligado a prestar atención al corazón de la flor. En primer lugar, para tocarla de forma correcta, y en segundo lugar, para visitar con naturalidad su propio corazón”.

El discípulo de Ikebana debe trabajar hasta conseguir la armonía de tres principios: la unión del corazón de la flor con el corazón del ser humano y el corazón del universo, que son una misma cosa.

La concentración es una condición indispensable para disponer las flores con calma interior. Además, el discípulo debe aprender a ser humilde y a aceptar. Muchas personas que practican ikebana sienten que el aspecto espiritual toma protagonismo, ya que ayuda a vivir el momento y se aprecia parte de la naturaleza que antes no se veía, además de desarrollar la tolerancia y la paciencia.

“La forma de expresión del ikebana no es buscar con los ojos la belleza de una flor, sino contactar su esencia. Las flores nos podrán enseñar a encontrarnos a nosotros mismos dentro del mundo, formando parte de la naturaleza y de su equilibrio”, finaliza Rosita mientras muestra las flores de su jardín. 

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