SOMOS SOCIEDAD Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Noviembre de 2014

 

 

Cómo sanar nuestras interacciones. Violencia nuestra de cada día

 

Actualmente el bullying es un concepto “comodín”. Sí, porque es usado en ambientes escolares, familiares y laborales con una liviandad que asombra. Nuestra sociedad tiene que comprender que erradicarlo exige conocerlo a fondo. Más aún cuando la violencia, en sus múltiples facetas, acecha. La invitación es a informarnos, cambiar y dar un giro a nuestra relación con los otros en los roles que nos toque desempeñar.

Por Carolina Montiel Iglesias

Quizás muchos hablamos de bullying sin mayor profundidad, trivializando –sin querer- su potencia en la vida de quienes lo padecen. Por ejemplo, cuando lanzamos al aire frases como “Mi jefe me hace bullying frente a mis colegas”, “Mi hermano cree que le hago bullying cuando trae a sus amigos a la casa” o “Mi marido me hace bullying cuando no me visto como él quiere”. Puede ser una manera de desahogarnos, pero es necesario que aprendamos a medir nuestras palabras para que problemas graves en nuestra sociedad no pierdan peso, al menos en el discurso cotidiano.

Este concepto de violencia no es aplicable a toda clase de agresiones, pero estamos bombardeados de mensajes que sugieren lo contrario. Basta una búsqueda rápida en internet para hallar una serie de noticias y documentos sobre bullying “laboral” o “familiar”, siendo que esos “apellidos” están fuera de lugar.

Sobre esta distinción, la antropóloga María Isabel Toledo, doctora en Ciencias de la Educación y académica de la Facultad de Psicología UDP, cuenta que el concepto surgió en la década de los 70 y que desde entonces su foco ha sido la relación de hostigamiento sistemático entre niños, en condición de pares. Por mucho tiempo, y aún hay quienes lo sostienen, “se pensó en la lógica de que había una víctima y un victimario, y que el victimario tenía una intención malévola de dañar”. Eso es un acercamiento obsoleto al tema, señala.

“Es un tipo particular de violencia, una relación de poder desigual entre pares. Por eso existe en el colegio, entre sujetos que mantienen permanentemente interacciones, en las que hay uno que tiene más poder que otro, entonces agrede”, explica María Isabel.

Cómo sanar nuestras interacciones. Violencia nuestra de cada día

El punto clave, aclara, está en el sistema que envuelve a este tipo de situaciones: “Hay un sistema en el que participa todo el grupo. No están solo el agresor y la víctima, pues hay un segundo agresor que ayuda (o lleva el bolsón) y un tercero que lo aplaude (y dice <¡Vamos, pégale!>)”.

En tanto, la víctima tiene un aliado, que también es víctima, y que lo apoya. Además, hay una serie de testigos. “O sea, para que la agresión ocurra, tiene que existir este sistema”, un tipo de relación en que un grupo se articula para que uno asuma el rol de agresor principal. “Por eso, cuando los colegios expulsan al agresor, otro alumno toma su rol”, detalla la antropóloga.

“La violencia, en cualquier grado, penetra y se instala. Nada se mantiene intacto”. (Claudia Sepúlveda, terapeuta)

Nuevas corrientes postulan que no hay niños intrínsecamente agresivos: “Esos niños no existen, todos nosotros somos resultado de las interacciones que tenemos con los otros”, expresa la experta en violencia e intimidación escolar. Detalla que hay pocos estudios que puedan seguir a los menores en el tiempo, porque son caros. Sin embargo, hay tendencias, aunque no investigaciones concluyentes, que hablan de que niños agresores en el colegio podrían ser luego agresores en espacios laborales y familiares. Hay gente que aprende a relacionarse de una determinada forma, “pero no quiere decir para nada que una persona que hoy día es agresora lo será en el futuro”, aclara.

También una persona –según estudios- puede ser agresora en un lugar y agredida en otro. Todo depende del rol que represente en el sistema. Por ejemplo, los niños intimidadores/víctimas: cuando los padres cambian de colegio a las víctimas y los inscriben en otro, probablemente repetirán su rol, pues no han aprendido otro. Quizás se convencerán de que “las cosas son así” y seguirán siendo violentados. Lo que hay que hacer, según María Isabel Toledo, es propiciar cambios en las interacciones para que los niños aprendan a relacionarse de otra manera.

Sobre si el bullying puede acarrear otras consecuencias en la etapa adulta hay tantas respuestas como personas en el mundo. Lo relevante de esta inquietud es que “uno nunca termina de aprender como humano” y que “cuando uno se transforma, se transforman los otros también, hasta el último minuto de vida, y por lo tanto, puede cambiar sus relaciones”. La piedra en el zapato está en que cuando tenemos más años e historias a cuestas, somos más rígidos. Lo esperanzador, no obstante, es que jamás es tarde para “desaprender algo y aprender lo nuevo”, como liberarnos de prejuicios y ser más tolerantes con nuestros pares.

Cómo sanar nuestras interacciones. Violencia nuestra de cada día

Comunicaciones y precisión

Pobreza no es sinónimo de violenciaEl estudio Violencias en una ciudad neoliberal: Santiago de Chile, de Alfredo Rodríguez y otros autores, explica que la violencia “no está circunscrita a las áreas pobres, como tan a menudo muestran los medios. Más aún, tanto las víctimas como los perpetradores se encuentran en todos los niveles socioeconómicos”. También, observa expresiones de violencia estructural en profundas desigualdades económicas y sociales (falta de oportunidades, de educación, de trabajo y de dinero) y de carácter cultural, representadas por machismo, consumismo e individualismo.Al respecto, una manifestación violenta es el acoso laboral. Un informe de la Dirección del Trabajo indica que el acoso laboral es una conducta abusiva consciente y premeditada, realizada de forma sistemática y repetitiva, que atenta contra la dignidad o la integridad psicológica o física de un trabajador.
Estrés laboral, violencia, acoso sexual y/o laboral provocan trastornos devastadores para las víctimas, sus cercanos, la propia organización y la sociedad en su conjunto.

Para que socialmente entendamos bien los tipos de violencia que nos aquejan, los medios de comunicación son fundamentales, pero tienen que profundizar sus contenidos. Tal labor va más allá de la duración o extensión de las noticias. Los medios “permiten que los fenómenos se vean, pero no siempre con rigurosidad”, alerta la académica. Por ejemplo, “imágenes de niños agrediéndose no necesariamente califican como bullying; eso puede confundir (a la audiencia). Si un profesor maltrata a un alumno o si dos hermanos pelean tampoco son casos de bullying, porque corresponden a otros sistemas”.

 

Otro tipo de violencia es el acoso laboral. Si se da un hostigamiento entre compañeros, se podría considerar un acoso “similar” al bullying. No así un abuso de poder de parte de una jefatura, dado que la interacción no es entre pares. (Ver recuadro).

Consultada sobre la magnitud de los maltratos que se evidencian en la vida cotidiana, María Isabel Toledo manifiesta que “la sociedad está cruzada por mucha violencia que no se visualiza, por diferentes relaciones de poder e intereses políticos. En Chile tenemos una sociedad extremadamente violenta al imponer un sistema económico que fomenta el individualismo, la desigualdad y modelos de éxito (como tener un auto, un teléfono de última generación, vivir en ciertos barrios, representar un fenotipo, etc.)”.

Cuando la sociedad crea un “modelo”, quienes no lo cumplen no son validados como personas. “Eso explica, en parte, por qué los pobres se compran un plasma o ciertas zapatillas, lo que les hace ser acusados de irracionales. Son esos los criterios con los que la sociedad los evalúa”. En esta línea, “hay estudios que demuestran que la gente tiene celulares, pero no plata para comprar minutos”. El tema es “tener” o ser excluido.

En grandes ciudades con millones de habitantes, como Santiago, no hay una infraestructura que nos permita vivir en comunidad, lo que genera problemas de violencia. A juicio de la doctora en Ciencias de la Educación, se suman medios de comunicación y partidos políticos, los que aumentan la lógica de la inseguridad y “cuando nos sentimos inseguros, reaccionamos agresivamente”.

Algunos ejemplos en que se manifiesta la violencia, examinados por la investigadora UDP, son: vulnerabilidad: cuando nos aprietan en el transporte público (con una cantidad de usuarios desproporcionada para los servicios), es posible que pensemos que nos van a agredir o asaltar. Esto porque es pasado a llevar nuestro espacio personal, esa distancia que resguarda nuestra intimidad; desprotección: genera inseguridad vivir en un sistema en el que nos ganemos “a pulso” derechos como la salud y la educación; injusticia: Chile carga con la herencia de una dictadura, un pasado reciente no resuelto en el que se violaron los derechos de las personas y que hoy tiene en libertad a parte de sus responsables; y descarga: somos partícipes o testigos de violencia urbana que se da en marchas, instancias de expresión de descontentos, malestares y broncas, entre otros casos.

La terapeuta Claudia Sepúlveda, especialista en Reflexología, plantea que la violencia se instala en las personas con padecimientos que requieren un contacto amoroso para sanar. (Gentileza La Estrella de Valparaíso).
La terapeuta Claudia Sepúlveda, especialista en Reflexología, plantea que la violencia se instala en las personas con padecimientos que requieren un contacto amoroso para sanar. (Gentileza La Estrella de Valparaíso).

Sanar y motivar cambios

Factores como la estructura de la personalidad y su construcción desde la infancia gatillan violencia, según Claudia Sepúlveda, educadora de párvulos, terapeuta y docente en terapias complementarias. Es posible que, con esta base, la persona replique, en otras etapas de su vida, ciertas experiencias en su trato con los otros y con una sociedad exigente y competitiva. “Los seres humanos no somos intrínsecamente violentos, más bien reaccionamos de este modo cuando no hemos aprendido otra forma de controlar las frustraciones, rabias, miedos e impaciencias”. Esto se asimila en la familia y en los procesos educativos. También, en distintas instancias, se puede internalizar paz y calidez.

Familia, ¿un núcleo de malos tratos?Un artículo de Susana Arancibia, profesora de Trabajo Social en la U. del Pacífico, apunta que la familia es el agente básico de la socialización primaria, en el que el niño adquiere y desarrolla valores, actitudes y comportamientos fundamentales. “Un ambiente familiar marcado por el desafecto, el maltrato, el autoritarismo, etc. se transforma en un factor de riesgo para el aprendizaje y posterior desarrollo de la violencia en sus jóvenes”, dice.Actualmente, diversos actores –como profesores y directivos administrativos- “están conscientes de que la mayoría de los alumnos conflictivos proceden de familias que no han construido un ambiente positivo, estimulante, de convivencia entre sus miembros”, con padres que reclaman a la institución escolar labores que le corresponden a la familia.

La escuela, en tanto, “es el lugar más evidente para visualizar de manera global los factores de riesgo que enfrenta cada niño o grupo”. Es desde aquí que deben emerger estrategias de difusión y promoción de un buen trato entre pares.

“Cuando nos agreden, nuestra autoestima se desequilibra, ocurre una fractura en nuestro ego”, y cómo no, si la violencia -en palabras de la experta- provoca rabia, sensación de injusticia, depresión y falta de confianza. Incluso, podemos enfermarnos en el plano físico: situaciones violentas pueden dar pie a enfermedades cardiacas y cánceres que surgen “desde la rabia y la impotencia. Cada vivencia negativa y positiva desemboca en la casa que habitamos. No existe otro lugar donde la fuerza de la violencia se instale tan fuerte como en nuestro cuerpo”.

 

Una persona que ha sido afectada por hechos violentos puede rearmarse y recuperarse desde una perspectiva integral. “Creo que toda situación de violencia puede enfrentarse a través de contacto físico muy cálido, protector, muy de nido. Por ejemplo, con ejercicios de conciencia corporal en los que gradualmente la persona va sanando lo que fue agredido”, asevera.

A su vez, la terapeuta puntualiza que un aporte en esta materia es la Reflexología Afectiva, técnica que aplica un contacto cariñoso en distintas aéreas de los pies, pero principalmente en la zona refleja de la columna vertebral, armazón de nuestro cuerpo. Otras terapias corporales tienen el potencial de reconstruir, como sucede con el contacto sutil del Reiki. Todo depende, por supuesto, de la historia del paciente y sus necesidades.

Además de medidas reparatorias para aliviar malestares provocados por agresiones registradas en nuestra memoria o más actuales, parece ser que hacernos conscientes de que algo anda mal en nuestras relaciones interpersonales es un piso para cultivar una actitud más amable y amorosa de la vida. “Siempre existe la posibilidad de mejorar este escenario. Hoy hay muchas personas que han optado por una vida más simple, que privilegia mejores relaciones humanas y medioambientales”, destaca.

Quienes tienen problemas relacionados con agresividad y violencia idealmente tienen que iniciar un tratamiento diseñado de manera adecuada por los profesionales pertinentes, capaces de orientar y contener. Para quienes integran el mundo del afectado, Claudia Sepúlveda recomienda ejercitar el cariño, porque “la violencia, en cualquier grado, penetra y se instala. Nada se mantiene intacto”

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