EN EL CAMINO DE ACUARIO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Noviembre de 2014

 

 

El centro y el mito del centro

Las provincias, las regiones, reclaman por el centralismo. Y sus voces son escuchadas, pero los problemas no se resuelven, porque las autoridades parecen no entender los temas de fondo. Y cuando digo “autoridades” me refiero no solo al gobierno de turno, sino también a las autoridades locales y a los dirigentes de la sociedad en general.

Jaime Hales

Jaime Hales

Escritor, tarotista, abogado.

www.syncronia.cl

Lo primero que hay que tener claro es que, siendo el planeta como es desde el punto de vista físico y energético, todo tiende siempre al centro. Este es el mito del centro que ha dominado el escenario del desarrollo de la humanidad. El centro es el punto de partida de toda la aventura humana (Ya sea Ur, la Atlántida, Macedonia, Tebas o… Washington) y las exploraciones parten para regresar. El aventurero se va prometiendo volver, porque el centro llama, reclama, exige. Colón parte para regresar a la corona española. Valdivia sueña con el regreso a su tierra y su esperanza no era morir en la aventura. Marco Polo viajaba para regresar y Julio Verne lleva la expectativa a su mayor dimensión cuando planea el Viaje al centro de la Tierra. Las capitales de los países tienden a situarse en lugares centrales, para facilitar la llegada desde todos los puntos de su territorio y para acentuar el deseo humano de ir hacia el centro, de estar en el centro, de ser – en algún momento – el centro. Todos quieren (queremos) ser el centro, aunque fuese por un segundo. Por eso la capital de Chile es Santiago y no Valparaíso o Concepción, como hubiese sido lo inteligente. Pero estaban en el costado del país y no en el valle “central”.

Todo va hacia el centro y el centro llama, reclama, exige, atrae con una fuerza inusitada. Pero, esa fuerza centrípeta tiene como contrapartida una fuerza centrífuga, que impulsa al alejamiento y la dispersión. Porque ése es el movimiento natural en este ser por naturaleza contradictorio que es el humano.

Entonces, cuando la sociedad se desarrolla, los centralismos deben ser combatidos con conciencia de tal, partiendo de esta posición natural y no negándola. El punto está, entonces, en cambiar el foco de las medidas y en lugar de impulsar la dispersión del poder, se deberá profundizar su democratización; y en vez de combatir al centro, lo que hay que buscar es cambiarlo de lugar físico. Para que los estados federales se desarrollen – en los países que tienen condiciones para ello – el centro político no debe estar en ninguno de ellos, sino que debe crearse un polo específico donde se instale la sede del poder. Para que se desarrollen los estados unitarios – como el chileno y todos aquellos que no tienen las condiciones para el federalismo –, la fuerza centrífuga debe considerar el desplazamiento de la instalación del poder hacia puntos que no sean física y culturalmente centrales. Desde allí se producirá un movimiento hacia afuera, un desplazamiento de intereses, un movimiento de personas, una atención distinta de los problemas.

Lo grave del centralismo no es que exista, sino que provoque perversos efectos en la sociedad. Eso se debe al desconocimiento de quienes están en el centro de los problemas que aquejan al resto del territorio o de las personas.Lo grave del centralismo no es que exista – ya decía que es natural –, sino que provoque perversos efectos en la sociedad. Y eso se debe al desconocimiento de quienes están en el centro de los problemas que aquejan al resto del territorio o de las personas. Tal es el punto crucial. Entonces, sugiero, en el caso de nuestro país, que cambiemos la capital de Chile hacia zonas diferentes, como por ejemplo Laguna Verde, con lo que así quedará cerca de Valparaíso. Las capitales regionales a lugares más pequeños: De Talca a San Javier; de Concepción a Florida; de Temuco a Traiguén o Victoria. Todo ello si es que deben seguir existiendo las regiones, pues como hemos podido ver, de las 13 regiones que diseñó el aparato militar (CONARA) en 1974, ya vamos en 16 y con las presiones de unos y otros, pronto llegaremos a las 25 provincias que el país tenía en 1973 y que parecen responder a realidades sociológicas explicables. Ojalá sea así y se acabe esta idea de que Chile tienda a un federalismo imposible geográfica y humanamente. Los intendentes – regionales o provinciales – son representantes del Presidente de la República y no autoridades de la región. Su elección popular sólo produciría confusiones y conflictos de poder.

Una mirada acuariana de la sociedad chilena del futuro debiera tender al fortalecimiento de las pequeñas comunidades: los pueblos, los barrios, las comunas, donde el poder y la autoridad deben corresponder a entidades plurales, colegiadas y democráticas, con mecanismos de participación; y a la formación de asambleas provinciales o regionales de elección popular que se entienden con el poder nacional (no central, nacional) a través del funcionario que representa en cada lugar al Presidente.

El centro y el mito del centro

A partir de este esquema podemos imaginar una forma de convivencia que fortalezca la periferia y genere nuevos centros para distintas tareas, donde no se pretenda que cada zona sea autónoma sino que se pueda funcionar con criterios de especialización. Quiero decir, por ejemplo, que las universidades regionales no deben ir más allá de su territorio, por una parte y, por otra, deben desechar aquellas carreras o estudios que se alejan de las exigencias propias del lugar. Más que hacer carreras de Derecho, Ingeniería Comercial y Periodismo, tal vez haya que buscar en las características propias del territorio la formación que debe generarse: forestal en el sur; recursos acuáticos en la zona costera o lacustre; minería en el norte.

Pensar la nueva sociedad exige poner atención en las personas, en las condiciones naturales, recordando esta tendencia a ir hacia el centro. Las soluciones pasan por reconocer la realidad y construir desde ella, no con esquemas rígidos, sino impulsando las caracterizaciones propias de los nuevos centros que deberemos abrir. No se trata de crear sólo medidas políticas, sino verificar lo que nos mueve a los humanos y en esos intereses poner la máxima energía.

El mito del centro seguirá existiendo. Todos necesitamos un Vaticano, una Capital, un centro de referencia. El punto es saber que la existencia de ese “Vaticano” dependerá en la sociedad que estamos empezando a construir, de la fortaleza de sus diócesis y la conciencia de los feligreses. 

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