CONSCIENCIA Y TRANSFORMACIÓN Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Diciembre de 2014

 

Nuestro sello en el mundo

Algunas teorías psicológicas indican que de alguna manera compensamos nuestras carencias haciendo en el mundo lo que nos falta. Así, proyectamos afuera y damos a los demás aquello que queremos para nosotros: damos atención, cariño, afecto, porque en el fondo buscamos eso. De alguna manera, desde esta visión del ser humano estaríamos compensando nuestras carencias.

Felipe Landaeta Farizo

Felipe Landaeta

Psicólogo, Prof. Escuela de Psicología Univ. Adolfo Ibáñez. Mag. en Psicología de las Organizaciones (U. Adolfo Ibáñez). Doctorándose en Psicología Transpersonal, Sofía University (USA). Facilitador de Respiración Holotrópica y Diplomado en Constelaciones Familiares.

[email protected]

Sin embargo, es posible reconocer también que lo que sentimos como carencias en nuestras vidas, y de las que muchas veces culpamos a nuestros padres, familia, abuelos, etc., (en definitiva, a nuestro contexto), representan aspectos de nosotros que son invisibles para uno mismo. A veces podemos sentir que nos faltó cariño y afecto, y puede que efectivamente esto sea cierto, pero curiosamente quienes tienen esta consciencia y hacen un trabajo de curación, suelen convertirse en personas muy amorosas, cariñosas, cercanas, compasivas, con vocación de servicio o en una especial conexión con su vulnerabilidad.

Esas cosas que sentimos que nos faltaron puede que hayan sucedido así, y esto es porque uno esperó que llegara aquello que uno mismo necesitó y aquello que uno mismo daría frente a esa necesidad. Los otros no fueron ni serán nosotros, fueron y son quienes son. Y nosotros experimentamos esa brecha entre lo que quisimos y lo que recibimos.

Es en ese espacio donde tenemos la decisión de desarrollar la capacidad de darnos a nosotros lo que no recibimos, de pedir lo que dejamos de pedir por miedo, y de reconectar con eso que bloqueamos para no sufrir. Desde esa apertura del corazón estaremos más en paz con nosotros y de seguro con nuestra historia, pues dejaremos de estar en la actitud de esperar lo que no nos llegó.

Y es allí, justamente en ese mismo espacio, donde muchas veces reside parte importante de nuestra contribución única al mundo: dado que experimentamos la falta de eso tan importante para nosotros, nos convertimos en sensibles expertos en reconocer la falta de eso, sus consecuencias y la forma en que eso puede ser llenado. En las profesiones de ayuda y salud mental esto es clásico, y uno suele ver que las personas se dedican a aquello con lo que han lidiado gran parte de sus vidas.

Nuestro sello en el mundo, nuestro aporte único, nuestro don, muchas veces está muy cercano a aquello que nos ha hecho sufrir: lo hemos vivido y algo en nosotros quiere contribuir a que el mundo sea mejor en esto.

Creemos que nos falta algo, que puede estar tan cerca de nosotros que no lo vemos. En nosotros están los dones de aquello de lo que creemos carecer. Nuestro sello en el mundo, nuestro aporte único, nuestro don, muchas veces está muy cercano a aquello que nos ha hecho sufrir: lo hemos vivido y algo en nosotros quiere contribuir a que el mundo sea mejor en esto. Esto lo podemos traspasar a nuestras relaciones cercanas o de pareja (por ejemplo dando el cariño, la escucha o la atención que no recibimos), o como nuestra vocación (desde la rabia que sentimos por la injusticia en el mundo decidimos dedicarnos a contribuir a la igualdad y la justicia social).

Nuestro sello en el mundo

La clave en esto está en hacer el proceso de autoconsciencia y reconocer qué es lo que nos moviliza y a quién queremos contribuir con ello. Algunos buscan el sentido de la vida filosofando; para mí el sentido de la vida es práctico, concreto, y va desde adentro hacia afuera, desde lo que nos moviliza profundamente (a veces partiendo de lo que nos duele adentro), para ir afuera en el mundo a contribuir para una mejor humanidad. 

Dejar respuesta