EN EL CAMINO DE ACUARIO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Diciembre de 2011

 

 

Hace 25 años, en jornadas de estudio y reflexión que organizaba en el Instituto para el Nuevo Chile que dirigía Jorge Arrate, dicté un curso que llamé “La revolución necesaria”. Planteaba la necesidad de un cambio profundo, rápido y global que apuntara no sólo a la sustitución de la dictadura vigente entonces, sino sobre todo a la construcción de un orden social diferente, sobre la base de nuevos valores y principios, ante lo que parecía inminente: una crisis radical del capitalismo que, si bien podría demorarse, terminaría por derrumbarse aplastando a los pueblos y países que servían de sustento a la sociedad madre, la sociedad del norte del mundo.

Jaime Hales

Escritor, tarotista, abogado.

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Nos parecía preciso, entonces, iniciar el proceso de cambio para que cuando ese derrumbe se produjera, nuestros países, los del sur, sobre todo los de América, estuvieran suficientemente preparados. En ese momento, el joven intelectual Ignacio Walker salió al paso de mis argumentos en una férrea defensa del régimen capitalista, afirmando que su solidez era tal que cada cierto tiempo experimentaba crisis que sólo lo fortalecían y que ante las difíciles situaciones que vivían las sociedades en vías de desarrollo o en franco subdesarrollo –injusticias y explotación las llamaba yo –bastaría con aplicar correctivos.

Esto tiene que ver con el enfoque de la sociedad que habrá de surgir en el mundo, sobre todo desde nuestra posición geopolítica, en la medida que las energías acuarianas vayan avanzando.

El capitalismo ha experimentado crisis cada vez más frecuentes y cada vez más profundas, generando la sensación de que ya no bastan los correctivos, sino que es necesario ir haciendo modificaciones cada vez más profundas. Se va abriendo un espacio hacia nuevos consensos al respecto.

Los movimientos de indignados, de descontentos, de rebeldes por la democracia, de anarquistas desesperados, de mujeres perseguidas y en franca rebelión, de promotores del cambio en la educación, de protestantes en contra del narcotráfico y el imperio de la delincuencia, de denunciantes por la destrucción del medio ambiente, de reclamantes en contra del poder del dinero, son manifestaciones de un proceso que se generaliza en todo el mundo, desde Wall Street a Santiago, desde Ciudad Juárez al mundo árabe, con las diferencias evidentes entre las protestas de Egipto, Siria, Libia o Arabia. No es en sí mismo el despertar acuariano, pero refleja la inquietud de quienes viven el agotamiento de una mirada, de una sociedad, de una idea.

Lo que estamos viendo es una confrontación potente al interior de sociedades que han sido manejadas a partir de estructuras que parecían inamovibles y cuyos paradigmas centrales son los del régimen capitalista: el centro del poder está en la acumulación del poder económico en manos de minorías que dirigen la sociedad en defensa de sus intereses; los valores principales son los que permiten la concentración de los beneficios, pues más importa tener que ser y predomina la riqueza como medida principal y no las personas.

La declaración de los derechos humanos de 1948 marcó el inicio oficial de la discusión entre los grandes paradigmas, pues al poner el acento en los derechos de las personas, se cuestiona el poder establecido y el orden construido desde el dinero, la riqueza y la consiguiente opresión de las mayorías por parte de las minorías que mandan.

No se trata de estar contra la riqueza ni mucho menos. Por el contrario: ojalá hubiera más y más riqueza de modo que ella pueda ser gozada por cada vez más personas. El problema es la acumulación de riqueza y poder en pocas manos, teniendo como medida de lo bueno y de lo malo el interés de esas minorías poderosas.

El gran tema tiene que ver con la Justicia como sustento del poder y como eje de la construcción del orden social. Esa Justicia tiene que ver con los derechos de las personas y de las sociedades, con la construcción de órdenes sociales y económicos más participativos en la gestión y en los beneficios.

Un nuevo paradigma deberá considerar como centro a la persona humana y sus derechos, entendiendo por persona a un sujeto que tiene derechos individuales pero pertenece a una sociedad en la que actúa, con poderes que le reconocen esos derechos y congéneres que le exigen el cumplimiento de deberes. Participar es un derecho, pero también es una obligación, pues de ese modo todos podemos ser actores de la sociedad.

La contribución al bienestar nace del trabajo y de la estrecha relación que puede surgir entre los seres humanos a partir de las diversas funciones que se cumple, donde a mayor responsabilidad y conocimiento puede haber mayor retribución, cuidando que las diferencias sean razonables en atención a que los que hacen los trabajos más duros y menos especializados, con responsabilidades más acotadas, son hechos por personas que deben ser capaces de vivir en dignidad.

El Estado debe actuar como organizador y garante de esos derechos, siendo un regulador que evite posiciones o situaciones extremas o de injusticia. Promover la desaparición del Estado es una propuesta absurda, pues sólo apunta a que los pequeños grupos poderosos se apropien de todo e impongan su voluntad por la fuerza o que los seres humanos se regulen como si fueran intrínsecamente buenos o perfectos.

La construcción de un orden social armónico debe partir de la base de nuestras limitaciones reales como humanos, pues mientras no hayamos trascendido o evolucionado espiritualmente, debemos acordar regulaciones y límites en beneficio de todos. 

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