SOMOS MEDIOAMBIENTE Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Octubre de 2010

El tema generado en torno al proyecto termoeléctrico Barrancones revitalizó la participación ciudadana, pero puso en evidencia la fragilidad de la legislación medioambiental y la poca información que existe sobre la matriz energética del país.

Por Ximena González B.

Cuando el presidente Sebastián Piñera decidió en agosto de 2010 “relocalizar” el proyecto termoeléctrico de Barrancones, no sólo evitó la contaminación del santuario natural de Punta Choros, sino también hizo tambalearse toda la legislación ambiental chilena y anuló el procedimiento que durante meses realizaron las instituciones del área. Si bien se escuchó la voz de los ambientalistas -que en este caso era apoyada por una palpable mayoría ciudadana -quedó de manifiesto que es incierto el destino de los muchos otros proyectos que hay en el país para levantar centrales termoeléctricas. Y sobre todo, no existe transparencia alguna.

Electricidad de alto costo

Las tarifas de electricidad de Chile son más caras que las de Europa y Estados Unidos. Ello se atribuye fundamentalmente a las dificultades del suministro de gas desde Argentina y a los altos precios de los contratos pagados en las licitaciones eléctricas.

Según la Agencia Internacional de Energía, en ocho años Chile ha visto cómo el precio de su electricidad se ha multiplicado 4,5 veces, tanto en el precio industrial como en el domiciliario. En países como Brasil, Perú o las naciones agrupadas en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (Ocde), en cambio, los precios se han mantenido relativamente estables en la última década.

El ex ministro de Energía Marcelo Tokman atribuye este fenómeno a una serie de eventos negativos incontrolables sucedidos entre 2004 y 2010: fin del acuerdo de compra privilegiada de gas argentino, sequía, altos precios de los combustibles y un terremoto en el norte que afectó la generación.

Otros especialistas, como el economista Manuel Cruzat Valdés, consideran que el alza de tarifas se debe a las licitaciones de contratos eléctricos, que resultaron ser mucho más onerosas que bajo condiciones competitivas. Ello, según su opinión, implica que si no tomamos prontas medidas al respecto, el alza continuará y llegaremos a pagar por la energía eléctrica casi el doble de lo que pagan, por ejemplo, los estadounidenses.

Los empresarios involucrados en esta área (la forma más contaminante de producir energía eléctrica) se esmeran por cumplir la norma ambiental que han fijado los legisladores chilenos, mientras Ignacio Toro, Director Ejecutivo de la CONAMA, señala que, además del proceso de evaluación ambiental de un proyecto, “siempre está el recurso de un acuerdo entre los distintos actores”. Esto confunde más las cosas y evidencia la discrecionalidad para aprobar o rechazar proyectos. Por de pronto, tal como lo señaló el senador Hernán Larraín, “el Presidente formuló una nueva tesis que deja en claro que no se pueden construir estas centrales cerca de un santuario de la naturaleza”.

Después del episodio Barrancones, los habitantes del Cajón del Maipo han hecho protestas en contra de una hidroeléctrica que quiere instalarse allí y cuyas obras de intervención de las aguas alterarían el eco sistema de una zona reconocida como atractivo turístico de nuestra capital.

Y por estos días hemos escuchado que el proyecto de central termoeléctrica Castilla, en Atacama, también estaría dificultándose al determinar la Corte de Apelaciones -contrariamente a lo que señala el SEREMI de Salud de Copiapó, Raúl Martínez- que se trata de una industria contaminante.

Para rematar todo esto, en víspera de Fiestas Patrias el gobierno anunció que la mega central Hidroaysén no podría operar sino hasta 2019, es decir, tres años después de lo que estaba proyectado.

La voz ciudadana

Aún cuando no existe prácticamente actividad en la cual no esté involucrada la energía eléctrica, la opinión pública no tiene información alguna de cómo ésta se origina ni cómo se reparte. Despertamos con la radio o la televisión. Si está oscuro, prendemos la luz. Encendemos el calentador de agua para hacernos un café. Muchos varones se afeitan con rasuradora eléctrica, y las mujeres se secan el pelo recién lavado con un secador. ¡Qué maravilla el progreso!

Si falta la electricidad, ponemos el grito en el cielo, pero nuestra imaginación apela al alto costo de la cuenta de luz o, cuando más, a las fallas de la compañía que la suministra. Jamás a la forma cómo se genera esa electricidad y menos a las políticas públicas que decidieron tales o cuales procesos para obtenerla. ¡Ni que decir de la energía que necesitan las industrias que fabricaron las radios, los televisores, los calentadores de agua, las rasuradoras o el secador de pelo que usamos cotidianamente!

Cuesta encontrar una sola actividad que no se relacione directamente con la producción de energía. De la misma manera, cuesta que la ciudadanía se informe de los procesos que hay detrás de esta actividad y de la forma de participación mucho más activa que podría tener en la utilización de este recurso.

Si hay que marchar contra Barrancones, vamos a la marcha. Si hay que firmar contra Hidroaysén, firmamos. En fin, estamos dispuestos a protestar, pero no a renunciar a ninguna de las comodidades que demandan cada día más energía: más electrodomésticos que nos simplifiquen la vida; más maquinarias para facilitar el trabajo; más artículos en cuya fabricación se consume energía.

La información conciente en esta materia podría llevarnos a tomar posiciones y rebatir con argumentos. Se afirma que el progreso del país y su crecimiento económico están directamente ligados al aumento de la energía disponible. Se estima que la demanda debería responderse con un crecimiento anual promedio de 450 MW. Pero pocos reflexionan sobre cuáles son los límites de ese crecimiento. Ningún organismo crece en forma infinita. Hasta para el Universo en expansión los físicos pronostican un punto de colapso. Y a aquellos que asocian progreso con crecimiento económico, valdría la pena recordarles que habría mucho más progreso con una buena distribución, aunque el crecimiento fuera menos acelerado.

Cuál es nuestra matriz

Biomasa

La energía de la biomasa es un tipo de energía renovable procedente del aprovechamiento de la materia orgánica e inorgánica formada en algún proceso biológico o mecánico, generalmente de las sustancias que constituyen los seres vivos (plantas, ser humano, animales, entre otros), o sus restos y residuos.

El aprovechamiento de la energía de la biomasa se hace directamente (por ejemplo, por combustión) o por transformación en otras sustancias, que pueden ser aprovechadas más tarde como combustibles o alimentos.

En Chile, son muchas las empresas que aprovechan los residuos de sus procesos para generar electricidad que utilizan como autoabastecimiento. Algunas, incluso, están en condiciones de aportarla al SIC. Sólo a manera de ejemplo, se puede citar la industria de la celulosa, algunas forestales y las azucareras.

La matriz energética -materia estratégica para cualquier nación- se refiere a la formulación de una política que determine qué recursos se van a privilegiar para la generación de energía. Se dice fácil, pero es un asunto tan complejo que involucra no sólo variables económicas y ambientales, sino también de relaciones exteriores, de educación ciudadana, de calidad de vida.

¿Qué fuentes energéticas quiere y necesita Chile? ¿Cuál es la mejor matriz para satisfacer las necesidades de consumo eléctrico que demanda nuestro crecimiento económico? Los expertos lo están debatiendo. Y lo primero que debemos observar es que en esa discusión estén representados todos los sectores del país, no sólo aquellos que tienen una visión economicista del crecimiento.

Hoy la energía se produce mayoritariamente del abundante recurso hídrico del país. Y en segundo lugar, en plantas termoeléctricas operadas con carbón, diesel, gas natural o petróleo. La utilización de biomasa o viento (eólica) es casi inexistente. No obstante, la utilización de Energías Renovables No Convencionales (ERNC) es el recurso que mayor número de proyectos concentra para desarrollar en el próximo decenio. No se espera producir con estos sistemas más del 20 por ciento de la electricidad del país. Pero aún esa cifra es muy importante, porque del éxito de su desarrollo dependerá el enfoque futuro.

En primer lugar desincentivará la presentación de “mega proyectos”, que también conllevan “mega transformaciones” del medio ambiente. En este campo la batalla ya comienza. Aún cuando los planes del gobierno en esta materia son muy modestos, representantes de los grandes consorcios económicos que hoy manejan la energía en Chile lanzan sus críticas. La agenda gubernamental de energía verde tiene metas que pueden costarnos muy caro, señaló hace poco el gerente general de CGE, la mayor empresa involucrada en la generación de energía en Chile.

Aludiendo a la vulnerabilidad de los sistemas no convencionales, este ejecutivo dijo: “Ellas (las centrales eólicas o las solares) no garantizan el suministro y requieren que una parte significativa del día haya una central convencional proporcionando la energía que las convencionales no producen”. No obstante, las hidroeléctricas también están sujetas hoy a la fragilidad de un año lluvioso o a las temperaturas que afectan las reservas de nieve.

Debate pendiente

El debate de hoy sobre las necesidades de energía eléctrica en Chile es de gran importancia, porque en él se sustenta la calidad de vida de quienes habitamos en este país. Pero el debate mayor está aún pendiente, porque los cantos de sirena del progreso vienen precediendo el gran debate sobre la energía nuclear.

En un país sísmico como Chile, en un territorio pequeño que debe enfrentar el problema mundial de dónde depositar los residuos radioactivos; en una nación en la cual el desarrollo tecnológico nuclear no se ha producido en forma suficiente y sólo puede adquirirse a otras naciones, el hongo atómico proyecta una sombra demasiado negativa. Tan negativa, que ningún gobierno ha querido cargarla en su cuenta; aunque tampoco ha sido capaz de desecharla.

 

 

.

Dejar respuesta