SOMOS INSPIRACIÓN Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Septiembre de 2011

Luz en el umbral

¿Cómo enfrenta cada uno de nosotros la gran verdad de que algún día vamos a morir? Rosa Ergas, autora del libro “Luz en el Umbral, Guía y Pautas para el Bien Morir”, nos guía para ayudarnos –y ayudar a otros- a vivir ese momento de la mejor manera posible.

Por Rosa Ergas Benmayor

Resulta sorprendente constatar lo poco preparados que estamos para asumir la única certeza de la vida: nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos.

Para contribuir a romper el tabú de la muerte, la Fundación Laura Rodríguez, junto a editorial Catalonia, editó un libro de gran utilidad para aquellos que quieren ayudar a otros a morir, aquellos que quieren prepararse anticipadamente, los que aspiran a creer en un algo más y también aquellos que quieren superar la pena que queda al perder a un ser querido.

El libro se propone brindar un apoyo práctico guiado por la reflexión de importantes pensadores: entre otros, Elisabeth Kübler- Ross, psiquiatra especialista en enfermedades terminales; Sogyal Rimpoché y, principalmente, Mario Rodríguez Cobos (Silo), fundador de la corriente de pensamiento del Nuevo Humanismo.

La autora, Rosa Ergas Benmayor, es psicóloga de la Universidad Católica, humanista y Directora de la Fundación Laura Rodríguez.

Aquí presentamos el primer capítulo, titulado “Los problemas por resolver”.

Psicóloga Rosa Ergas Benmayor, autora de “Luz en el Umbral, Guía y Pautas para el Bien Morir”.

De la existencia

Uno de los grandes temas para la conciencia humana es el problema de su finitud. Es decir, se muere, se acaba, desaparece, se va hacia la nada.

Pero este problema no se presenta así. Nadie piensa en tal finitud. Si hay algo de donde la mirada se aparta es de la conciencia de morirse.

Dirás que todos sabemos que morimos. Es verdad, todos lo sabemos, pero no actuamos como si lo supiéramos; más bien, actuamos como si lo ignoráramos. Dirás que hay creyentes. Es verdad, pero la violencia como modo de organización social, y el sufrimiento, al que están sometidos grandes conjuntos, me hace dudar de la profundidad de tales creencias.

Al parecer, creyentes o no, se vive como si la muerte no fuera a ocurrir. Se aparta la mirada de la finitud.

La muerte nos pone en presencia de una suerte de contradicción fundamental que provoca sufrimiento, y a lo cual se ha respondido mirando hacia otro lado. Es decir, frente al dolor ocasionado por esta contradicción, lo hemos anestesiado y vivimos como si ese hecho no fuera a pasar.

El ser humano no podía respirar bajo el agua y lo hizo, no podía volar y levantó vuelo, no podía contemplar lo pequeño y ahora puede hacerlo, no podía llegar a planetas lejanos y arribó a ellos, no podía acumular y, menos aún, procesar demasiada información y la era cibernética terminó con esa imposibilidad. ¿No podrá, entonces, hacer algo grandioso con la sensación de finitud?

Se puede asegurar que no es factible resolver algo sin prestarle atención. Y aunque no tengamos asegurada la solución no obstante estudiar el tema, nuestro problema permanecerá como enigma si no lo abordamos.

De la muerte

Primera observación. Para tratar el tema nos encontramos con la dificultad de no haber asumido en profundidad el hecho de que moriremos y se morirán nuestros seres queridos. Tendemos a no enfrentar que es un fenómeno que nos va a ocurrir irremediablemente.

Sabemos que moriremos, pero aún no lo experimentamos como verdadero. Pensamos que falta mucho, que es normal, pero no tenemos presente el fenómeno durante nuestras vidas. Lo creemos del mismo modo en que confiamos tener en el futuro un mejor trabajo o poder realizar un viaje al extranjero o encontrar una persona afín en el amor. Todo eso puede o no sucedernos. En cambio, la muerte no tiene ninguna probabilidad de no ocurrir.

Todos sabemos que morimos. Es verdad, todos lo sabemos, pero no actuamos como si lo supiéramos; más bien, actuamos como si lo ignoráramos.Cuando un ser querido está cercano a la muerte, suele suceder que nos angustiamos y no aceptamos la situación. Esa angustia tiene una raíz; en el fondo, no aceptamos que aquello que le pasa a ese ser querido nos pasará a nosotros alguna vez. Esa suerte de desesperación excede la tristeza que su partida nos producirá. Nos enfrenta al tema fundamental de nuestras propias vidas.

Segunda observación. En la muerte el cuerpo deja de funcionar. Se detienen todas sus funciones, no se alimenta ni se reproduce la más mínima célula. Finalmente, se desintegra por completo, bajo tierra o siendo incinerado.

Eso es lo que vemos. Pero queda la duda, ¿habrá alguna función humana sin asentamiento corporal, algo que no dependa del cuerpo para existir?

¿El ser humano es sólo cuerpo?, o ¿habrá algo en él, independiente de su constitución material? ¿Algo que pudiera no desaparecer al desintegrarse el cuerpo?

No nos es familiar la vida humana separada del cuerpo. Pero tampoco podemos decir que esta es la vida del cuerpo. No es lícito identificar lo humano con lo físico, con el cuerpo. Si a alguien le falta un brazo o tiene algún impedimento, no por ello es menos humano. Cuando se hacen transplantes de riñón, corazón o de partes del cerebro, nos queda claro que no identificamos lo humano con el cuerpo. Por ejemplo, un cirujano puede transplantarme el riñón de otra persona, pero no por ello tendré a esa persona dentro de mí. Es conocido el caso de Stephen Hawking, uno de los físicos actuales más renombrados, que sólo puede mover milimétricamente el dedo meñique. Ese imperceptible movimiento conectado a complejos sistemas computacionales le ha permitido comunicarse e incluso concebir novedosas teorías científicas. Todo esto nos lleva a diferenciar la existencia humana de lo que reconocemos como cuerpo.

Tercera observación. No sabemos si la intención puede independizarse del cuerpo. No sabemos si puede existir sin esa base material y, si fuese posible, desconocemos cómo se expresaría en el mundo.

Pero al llegar a esta altura, no sabemos, sólo creemos cosas. En este punto cada uno tiene sus particulares creencias. Algunos creen con más fuerza que otros. Sea por formación religiosa o atea, algo creemos sobre la muerte y el más allá, con mayor o menor convicción.

¿Qué es lo que creemos?

Aquello que creemos tiene siempre mucha importancia. Si creo que le simpatizo a una persona, me comporto de una manera muy distinta a si pienso que me odia. Eso que creo me orienta a comportarme de un determinado modo. Esas cosas creídas condicionan el comportamiento en el momento actual, determinan conductas hoy. Lo que creo que pasará después de mi muerte orienta mis actos en el presente.

Cuarta observación. ¿Qué es lo que recuerdo de mis muertos? Sobre todo las acciones que realizaron hacia otras personas. Solemos rescatar conductas benéficas para con otros, las cuales reconocemos como bondadosas. También aquellas que perjudicaron a otros. Lo que ese ser querido hizo en su relación con otros es lo que queda en nosotros. Obsérvese lo que ponemos en la balanza al final de la vida humana. Al concluir ese camino nos importa lo hecho con nosotros y con otros. Lo que recordamos de nuestros muertos son acciones de servicio o de perjuicio a terceros. Esta es una clave que nos puede dar una orientación en nuestro hacer en el mundo.

Del miedo a la muerte

Los seres humanos tememos la muerte tal como los niños la oscuri­dad, escribió el filósofo Francis Bacon en 1625. Este temor surge principalmente, creo yo, por el desconocimiento de lo que existe más allá de la muerte.

La mejor ayuda para quienes van a morir es tratar de hacernos conscientes de nuestros propios temores acerca de la muerte, imaginando cómo pueden materializarse en el moribundo: miedo al dolor, al sufrimiento, a la indignidad, a la dependencia, a separarse de todo lo que ama, a perder el control. Tal vez el peor es el miedo al propio miedo, más y más poderoso cuanto más lo esquivamos. En la medida en que se aprende a afrontar y aceptar los propios miedos, uno se vuelve más sensible a los de la persona a quien quiere ayudar. Se agudiza la inteligencia y la intuición, surge el sentimiento de compasión, que significa “sentir junto con”.

Lo que recordamos de nuestros muertos son acciones de servicio o de perjuicio a terceros. Esta es una clave que nos puede dar una orientación en nuestro hacer en el mundo.Quizás la razón más profunda del temor a la muerte sea nuestra ignorancia: ignoramos quienes somos, ignoramos cómo funcio­na nuestra psiquis, ignoramos qué es la muerte y también qué es la vida. Desconocemos cuál es el sentido de una y otra. Sofocamos nuestro miedo secreto a la muerte rodeándonos de más y más bienes, más y más cosas, más y más comodidades, más y más experiencias fuer­tes, hasta convertirnos en sus esclavos. (Sogyal Rimpoché).

Cuando permanecemos en el nivel de conciencia común llamado vigilia, la muerte moviliza fuertes registros instintivos vinculados a la actividad propia de estos bajos niveles de conciencia. Según el Diccionario de Autoliberación de Luis Amman (escritor y exponente de la corriente del Nuevo Humanismo), se le considera así en relación con:

a) la dificultad sicológica resultante del problema de la representa­ción y registro de uno mismo como muerto o sin registro, y

b) el temor al dolor, al proyectarse imaginariamente la actividad de registro más allá de la muerte y referido a la forma en que son tratados los restos mortales.

Las principales religiones existentes en el mundo siempre han afir­mado que la muerte no es el final. Todas transmiten la visión de algún tipo de vida en otra dimensión, otorgadora de un sentido sagrado a la existencia presente. Pero a pesar de estas enseñanzas, la sociedad moderna es, en gran medida, un desierto espiritual en el que la mayor parte de la gente cree sólo lo que ve, aquello tangible, mensurable y, por lo tanto, imagina esta vida como la única existente. Carentes de toda fe auténtica en una vida posterior, constituyen mayoría las personas que llevan una vida desprovista de sentido.

De la fe

En el fondo se cree que todo termina con la muerte. Se tiene fe en la muerte. Creo que en el trasfondo vivimos una debilidad de la fe y como si fuera creciendo una especie de fe en sentido inverso. Una fe invertida, una fe en la muerte, entendiendo por muerte el fin de todo.

¿Habrá algo en el ser humano que continúe después de la muerte del cuerpo?

“Luz en el Umbral, Guía y Pautas para el Bien Morir”, de Rosa Ergas Benmayor es un libro para vivir, morir y ayudar a morir mejor. Se encuentra en la Feria Chilena del Libro y Librería Antártica. Mayor información o contacto para talleres [email protected]

Si hay un sentido en la vida humana, ¿no será que ese algo del ser humano está conectado con lo humano, más allá de nuestra diversidad o de nuestra individualidad? ¿Si la Vida es siempre creciente, no será la muerte una ilusión del cuerpo que sí es temporal? La Vida que hay en mí, cuyo crecimiento experimento cuando camino hacia el Sentido, cuya plenitud vivo en la expresión del acto humano, ¿se agotará al agotarse el cuerpo, o se liberará de ese cuerpo para continuar más allá? Mi razón no tiene respuesta a estas interrogantes, pero mi fe sí la tiene. ¿Por qué he de creer en la muerte en vez de creer en la vida, si ambas son creencias y mi lógica no es capaz de justificar la una o la otra? La fe no es un don, o algo con lo que se nace o no. No es algo obtenido de alguna entidad externa que me lo entrega. La fe es un acto libre, es el correlato emotivo y la fuerza interna que acompaña a mis creencias. Creencias que elijo libremente y que fortalezco, cuando mi acción cotidiana es realizada coherentemente con dichas creencias. La fe no es algo consubstancial al ser humano con lo cual se nazca, de tener suerte, o se carezca, al no poseer dicha fortuna. Puedo decidir la respuesta a encontrar al final de mis búsquedas. Puedo impulsar mi razón para que busque incansablemente la justifi­cación a dichas respuestas. Puedo fortalecer a lo largo de mi vida esa fuerza interna. Esa fuerza interna, esa fe, se fortalece cuando mis acciones diarias son coherentes con esas creencias.

Según la doctrina del Humanismo Universalista, el reconocimiento de que no todo termina con la muerte, o lo que es igual, de la trascendencia más allá de ella, admite distintas posturas: a) la evidencia indudable (aunque sea indemostrable e intransferible), dada por la propia experiencia; b) la simple creencia brindada por la educación o ambiente como si fuera un dato indudable de la realidad; c) el deseo de poseer la experiencia o la creencia; d) la sospecha intelectual de la posibilidad de supervivencia sin experiencia, sin creencia y sin deseo de poseerlas. Esas cuatro posturas y una quinta, negadora de toda posibilidad de trascendencia, son llamadas «los cinco estados del sentido de la vida o los posibles estados de la fe». Cualquiera sea el estado y el grado en que te encuentres, puedes avanzar o profundizar en él, merced al trabajo sostenido en la dirección de la coherencia entre tus actos y el esfuerzo por la transformación personal y social que realices.

Yo puedo dar testimonio de que siendo una persona totalmente sin fe, sin fe en mí, en la vida y menos en la trascendencia, he logrado, porque me lo he propuesto, avanzar desde la negación de la posibilidad de trascendencia hasta el deseo de creer. Y alguna vez, en algún minuto especial de mi vida he logrado un pequeño instante de evidencia indudable…

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