SOMOS SALUD MENTE-CUERPO Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Marzo de 2013

Las profesiones de ayuda: El terapeuta, el sanador y el gurú

Ya sea en el ámbito físico o en el de las emociones y la mente, o directamente en el plano espiritual, la vida suele ponernos en situaciones que no podemos solucionar solos. En esos momentos, es importante pedir ayuda, pero entonces, la pregunta es: ¿a quién? ¿A un terapeuta, a un sanador, a un gurú? Un especialista en el tema nos ayuda a enfocarnos antes de tomar una decisión.

Por Alejandro Celis H.

En estos tiempos, hasta el ámbito de las relaciones que buscan ayudar a las personas se ha contaminado de la actitud de explotación y la búsqueda de la mera ganancia. No siempre, lamentablemente, quien ofrece sus servicios ha trabajado en sí mismo lo necesario para ofrecer algo significativo a quien busca ayuda. Por tanto, es importante mirar con detenimiento las “ofertas” que el “mercado” ofrece a nosotros, los “consumidores”, incluso en un terreno que nunca debió ser tocado por esto: el del auto-descubrimiento de nuestra Esencia.

Todos los días nacen supuestas nuevas técnicas milagrosas que nos darán el despertar en forma instantánea, que sanarán nuestro cuerpo hasta el ADN o nos traerán la juventud de vuelta milagrosamente, todo traído “en exclusiva” al país por aparecidos de los que nunca nadie ha oído hablar. Dado que las cosas son así, dado que California banalizó todo con su mentalidad superficial y mercantil, lo mejor que podemos hacer es tomárnoslo como un chiste más de la Existencia, que parece tener un sentido del humor en extremo desarrollado.

Las profesiones de ayuda: El terapeuta, el sanador y el gurú

Por supuesto, también existen quienes creen que las personas que trabajan en esto prácticamente debieran vivir del aire o –con suerte- de agua y arroz cocido, como los fakires de la India. Este tipo de perspectiva concibe la espiritualidad -y en general, el auto-desarrollo- como un ámbito límpido y puro que no debiera ser contaminado por el vil dinero. Muchos son nuestros prejuicios al respecto y, en paralelo, consideramos perfectamente legítimo que un futbolista que apenas sabe deletrear su nombre o una muñequita teñida de rubio con más silicona que cerebro en su cuerpo se llenen los bolsillos a manos llenas, pero no así alguien que dirija actividades centradas en el auto-desarrollo.

¿Cuál es el equilibrio? A mi entender, el foco de alguien que se dedique a esta actividad debe centrarse en tres aspectos: primero, disfrutar de lo que hace, tener la vocación, gozar el día a día en su actividad; segundo, tener la sincera intención de servir al desarrollo de sus semejantes. El dinero nunca debiera ser el foco, como tampoco la búsqueda de reconocimiento, prestigio o posición social; y eso no significa que estas cosas no se produzcan, sino que debieran ser consecuencia natural de las primeras dos condiciones. También me parece desequilibrado el ascetismo forzado, en que se trabaja y se trabaja por los demás pero no se tienen recursos suficientes para pagar necesidades esenciales de supervivencia, o una modestia exagerada en que siempre presentamos nuestras necesidades o capacidades en último lugar de importancia.

Un tercer aspecto que -por supuesto- no es menor, es la pericia que se desarrolla en lo que se hace: un esfuerzo continuo en brindar lo mejor que humanamente se pueda. Esto requiere algo que no es fácil o común: una disposición permanente de evaluar lo que se hace y a mejorarlo, ya se trate de una técnica, de la purificación de la intención o de la consciencia con que se trabaja.

Espero que estas aclaraciones prevengan, por una parte, una mirada demasiado sensible a los efectos especiales del marketing, que no guardan relación alguna con la esencia de aquello que se ofrece, y, también, una mirada prejuiciosa que supone que cualquier cosa de valor en este ámbito debiera ser prácticamente gratuita e, incluso, no requerir mayor esfuerzo o compromiso del participante.

El espectro de necesidades

Por supuesto, antes de apresurarnos a escoger un grupo, actividad o profesional, debemos clarificar cuál es exactamente nuestra necesidad, cuál es nuestra inquietud, si se trata de un anhelo espiritual o de una mera dolencia física, la que, obviamente, puede tener raíces de otro tipo: emocionales, mentales o espirituales-.

-El ámbito físico

Los progresos innegables que han experimentado la ciencia y la tecnología en el último siglo han tenido el inconveniente de generar en nosotros, los occidentales, una actitud prácticamente pasiva respecto a nuestro cuerpo. Si tenemos una dolencia, molestia o enfermedad, la única duda será si vamos a seguir o no las indicaciones del médico o qué tipo o marca de medicamento elegiremos por nuestra cuenta.

Chile se halla, por ejemplo, entre los países que lideran el uso de la cesárea innecesaria en los nacimientos. En este caso, las pacientes, aterradas ante lo que implica hacerse cargo de su propio cuerpo y de sus procesos, se entregan en forma totalmente pasiva en manos de la profesión médica. Salvo los cuestionamientos que podamos tener a categorías generales y abstractas como “los médicos”, no se nos ocurre siquiera que puedan existir otras perspectivas.

¿Buscamos superar el síntoma? ¿Buscamos reexaminar nuestros valores y condicionamientos? ¿Buscamos un sentido a nuestras vidas? ¿Buscamos un acceso más cotidiano a nuestra sabiduría interna?

Piense, por ejemplo, en lo que hace una persona que ha sido diagnosticada de cáncer: a pesar del escasísimo optimismo que puedan generar las estadísticas veraces de los tratamientos tradicionales –cirugía, radiación y/o quimioterapia-, lo más probable es que esta persona se someta a esos tratamientos… pese a que, como digo, por sí solos ofrezcan muy pocas probabilidades reales de curación -con el agravante del desgaste corporal y monetario que implican-, pues el cáncer tiene la muy desagradable costumbre de reaparecer si no es tratado en forma complementaria con otros métodos.

El prestigio de la profesión médica es, sin duda, incuestionable, como tampoco merece duda la enorme cantidad de vidas que se han salvado por la vía de la medicina occidental. Es lamentable que los paradigmas en que se basa la profesión hayan excluido de manera tozuda los aportes de otras fuentes, como, por ejemplo, las medicinas tradicionales indígenas, la medicina oriental o los proporcionados por investigadores tremendamente serios como el Dr. Samuel Hahnemann –creador de la Homeopatía- o el Dr. Edward Bach –creador del tratamiento de las Flores homónimas-, por ejemplo. Por lo general, estos aportes consideran el terreno de las dolencias que aún no se manifiestan como síntomas, lo que para la medicina occidental es simplemente, territorio virgen: en ese plano su aporte es casi inexistente.

Por supuesto, el campo de lo “incurable” es terreno propicio para todo tipo de charlatanes, pero eso no significa que todo aquel que ofrezca respuestas no tradicionales a las dolencias físicas lo sea. En lo personal, hace unos diez años fui curado de una dolencia –un espolón calcáreo en el talón- para el cual los traumatólogos ofrecían sólo paliativos para el dolor. Un masaje de diez minutos proporcionado por la sanadora Adriana Manríquez, del pueblo de Malloco –zona central de Chile-, bastó para hacer desaparecer la dolencia de modo definitivo. El homeópata e iriólogo Iván Taborga, que solía atender en el barrio Franklin, de Santiago, me curó de una artrosis destinada a artritis, también supuestamente irreversible, y sanó a varias personas cercanas de cáncer. Ambos murieron en años recientes, lamentablemente. Pero hay otros.

La primera reacción del mundo tradicional ante esto es la sospecha y la persecución, y con ello no le hacen ningún favor a la ciencia, a la profesión y mucho menos a las necesidades de las personas. Mi sugerencia en el campo de lo físico es, entonces, informarse y apropiarse de nuestro proceso, no seguir ciegamente y como borregos lo que cualquier supuesta autoridad nos sugiera. Muchas veces somos más selectivos a la hora de buscar talleres de reparación de automóviles que al buscar tratamiento de afecciones físicas.

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-El dominio de las emociones y la mente

En potencia, nuestra época nos lleva a contradicciones internas, en la medida en que valores, roles y estructuras sociales se modifican a gran velocidad, presentando continuamente matices que nos obligan a estar muy alertas para seguir siendo fieles a nosotros mismos. El resultado de estas contradicciones es el sufrimiento emocional y los choques entre nuestras ideas y las de otros o las de las corrientes predominantes de la sociedad. Perdemos el norte y sufrimos. Creemos que las cosas deben ser de cierta manera y no lo son.

El propósito de la relación maestro-discípulo es llevarnos a la otra orilla de nuestro mar de inconsciencia.¿Quiénes ayudan en este plano? Fundamentalmente, psicólogos, consejeros y orientadores, psicoterapeutas y psiquiatras. Y aquí, para bien o para mal, existe un gran espectro de formas de comprender el sufrimiento: psicoanalistas, cognitivo-conductuales, estratégicos, sistémicos, constructivistas, ericksonianos, humanistas o transpersonales, entre otros. O, incluso, la llamada psicología positiva, patético y superficial plagio de las verdades exploradas por la espiritualidad oriental y las corrientes humanista y transpersonal.

Más allá de un enfoque centrado en la eficacia –habría que decidir cómo definimos eso- el punto es a qué aspiramos al elegir a un terapeuta. ¿Buscamos superar el síntoma? ¿Buscamos mejorar nuestra relación de pareja? ¿Buscamos las raíces infantiles de nuestros problemas? ¿Buscamos reexaminar nuestros valores y condicionamientos? ¿Buscamos un sentido a nuestras vidas? ¿Buscamos un acceso más cotidiano a nuestra intuición, nuestra sabiduría interna?

Todas estas son posibilidades que las diversas terapias ofrecen, y al acercarnos a alguien deberíamos, de nuevo, informarnos y tomar en nuestras manos nuestro proceso. No debiéramos entregar a ciegas nuestra propia salud psicológica en manos de nadie. Debemos verificar si efectivamente existe la posibilidad de que con esta persona u actividad hallemos lo que buscamos, y es legítimo conversarlo con quien suponemos que puede ayudarnos.

En algunos casos más que en otros, el rol del terapeuta será el de cuestionarnos nuestra forma de vivir, en cuanto a que ciertos hábitos y formas de vida nuestras nos resultan familiares pero a la vez nos perjudican. Si de veras queremos ser felices más que mantener nuestra actual forma de vida, la idea es cuestionarla seriamente. Las cosas no ocurren por accidente; si nuestra vida es poco satisfactoria, lo más probable es que nosotros generemos esa situación, aunque nos sea difícil aceptarlo. Y entonces será en mayor grado nuestra responsabilidad que la del terapeuta modificar esas actitudes y conductas, enraizadas en años de práctica.

Las profesiones de ayuda: El terapeuta, el sanador y el gurú

-El dominio espiritual

Si la manipulación es posible en los dos ámbitos anteriores, aquí es doblemente factible, tanto debido a que los resultados que buscamos son prácticamente invisibles como debido a la tremenda y generalizada ignorancia que existe en este plano. En esto, se nos ha manipulado en forma masiva con todo tipo de historias fantásticas, con la culpa, con la amenaza, con promesas que se realizarán en otro plano o bien después de muertos –con lo cual, por supuesto, esto se vuelve inverificable-.

¿Qué es lo que buscamos en este plano? Las respuestas finales: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, y todo aquello no por mera curiosidad intelectual, sino por saciar una sed verdadera que algunos quijotes tienen por hallar su lugar en este mundo, por hallar cierto sentido en esta broma kafkiana que parece ser la vida en el planeta en esta época.

El Buda dijo que la vida, tal como la conocemos, es sufrimiento: sufrimiento por las frustraciones a nuestras expectativas, sufrimiento por las pérdidas y muertes, sufrimiento porque, a fin de cuentas, las cosas –las relaciones con otros, la relación de pareja, el trabajo- no se dan como quisiéramos. Sin embargo, el Buda agrega que “el despertar” es el cese al sufrimiento, y con ello se refiere a un estado de consciencia en el cual las dificultades mundanas no se acaban, pero nuestro estado interno es placentero, un verdadero éxtasis: la paz que supera toda comprensión mencionada en la Biblia.

En algunos casos, el rol del terapeuta será el de cuestionarnos nuestra forma de vivir, en cuanto a que ciertos hábitos y formas de vida nuestras nos resultan familiares pero a la vez nos perjudican.Existe una alta proporción de personas a quienes les resulta chocante la posibilidad de convertirse en discípulos de algún gurú, y supongo que muchos tienen razones fundadas. En este ámbito, el paradigma oriental presenta la entrega y el sometimiento a un gurú como casi la única posibilidad de salvación personal. Como buen occidental, no concuerdo en que ésta sea la única alternativa, si bien cierto grado de escucha realmente receptiva a quienes parecen hallarse en un estado de consciencia superior parece ser muy útil, porque debemos internarnos en terreno prácticamente desconocido para las grandes masas.

En lo personal, fui discípulo de individuos que eran ambivalentes con el rol tradicional de “maestro” –ambos occidentales-: Oscar Ichazo, del Instituto Arica, y luego Paul Lowe. También estuve siete años en una estructura maestro-discípulo muy clara, con Bhagwan Shree Rajneesh, ahora conocido como Osho. Creo que necesitaba eso, y como lo hice lo mejor que pude, obtuve los mejores resultados posibles. A mi entender, el propósito de la relación maestro-discípulo es llevarnos a la otra orilla de nuestro mar de inconsciencia, no eternizarse de por vida.

En la actualidad, el Oriente –en especial la India- y el Medio Oriente se hallan llenos de ofertas de este tipo, y realmente no sé cuáles son serias y cuáles no. Es necesario ser cauto, sin embargo, porque el mero aroma a las formas y la cultura orientales suele ser tan llamativo para quienes pertenecemos a una cultura diferente que nos es muy fácil comulgar con ruedas de carreta.

Entre las figuras occidentales de este momento, desconozco qué tipo de estructura de aprendizaje ofrecen personas como, por ejemplo, Andrew Cohen o Eckhart Tolle. En todo caso, me consta que sí existen personas –no muchas- que sí se encuentran en un estado elevado de consciencia, al menos parte del tiempo, y que por tanto tienen algo importante que aportar. No he conocido a nadie que no tenga un ego, que no se comporte en un momento u otro como un simple ser humano, con los puntos ciegos que eso implica. Y eso llama a la cautela: puede ser muy útil cultivar la entrega y la apertura, pero ¿hasta dónde? En mi caso, siento que el proceso fue profundo y muy provechoso, pero no puedo hablar por otro.

Para terminar, sugiero que en todos estos planos, sin embargo, debe darse una actitud doble: si bien es legítimo cuestionar, hacerse cargo del proceso y ser activos en él, debe haber un momento en el cual nos entregamos. Por algo estamos buscando ayuda, por algo hemos buscado a esta persona o institución; nos sentimos ignorantes o insuficientemente preparados para solucionar la dificultad; y entonces, una vez que quedamos satisfechos con el chequeo previo y que decidimos que podemos confiar en esta persona, debemos entregarnos en algún grado, al menos lo suficiente para dar la oportunidad a que las indicaciones de esta persona surtan efecto.

Alejandro Celis Hiriart es psicólogo transpersonal, místico y comunicador. Twitter: @alecelish  www.transformacion.cl

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