DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Mayo del 2013

 

 

 

Chile en elecciones

Una parte significativa del país se agita cuando advienen las elecciones presidenciales y parlamentarias. Mi primera opinión al respecto es que el interés o falta de interés por votar no debiera constituir un indicador catastrofista, pues no habla de ilegitimidad de la política ni muestra desestabilización del sistema democrático. Sólo es un indicador de la importancia que los ciudadanos le asignan a las opciones en juego, y al impacto que esas opciones puedan tener en sus vidas. Esto significa tomar la cantidad de votantes como una ‘metavotación’, una estadística respecto de la asignación de importancia al proceso eleccionario.

Eduardo Yentzen P.

Guía de desarrollo personal, escritor y Director del proyecto Iluminar la Educación, de Fundación Chile Inteligente.

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Ahora bien, ¿es malo que tenga una baja importancia? Pienso que es principalmente malo para sus propios actores, y que es equivalente a lo que le pasa a las iglesias si baja la asistencia de los feligreses a misa, o a los actores de una obra de teatro si va poco público. Pero las iglesias -a modo de ejemplo- podrían tomar el hecho ‘no-egóticamente’, sino como indicador de la realidad del interés por su propuesta espiritual, y reflexionar al respecto desde ese dato.

Ahora bien, los políticos querrían tener mayor importancia y, por lo mismo, ello podría llamarlos a pensar en cómo hacer la diferencia. Pero aquí tenemos un problema, que es el de la relación -que no debiera existir- entre democracia y competencia. Al existir esta relación, los políticos, cuando piensan en hacer aumentar, lo que hacen es diferenciarse, radicalizarse, ser más rupturistas, descalificar más a su contendor, manipular, ‘hacer ruido’ para tener presencia en medios, etc., es decir, conseguir una porción más grande de la torta pero sin impacto sobre el tamaño de la torta.

Pero, si la democracia se desvinculara de la competencia, ¿cómo podrían los políticos hacer más interesante su área como totalidad? Esta sola pregunta abre todo un campo nuevo a explorar. De partida, da las bases para que todos los políticos, como especialidad de rol social, piensen en conjunto cómo hacer más valiosa la actividad política. ¿Y cómo hacerla más valiosa? Aquí entramos al lugar que toma la política en la sociedad.

En la sociedad laica-democrática, ¿quién está cualificado para regular lo social-valórico? Mi opinión es que esto está en las herramientas de desarrollo personal.¿Concebimos la política como administración de lo público? Entonces el mejoramiento iría en mejorar la eficiencia del funcionamiento de lo público -a la satisfacción del usuario- no desde lo absurdo de descalificarse unos a otros (“el otro es ineficiente y yo soy eficiente”) -que es a lo que obliga la democracia como acción de competencia-; sino a través de un proceso conjunto, como responsables comunes del buen funcionamiento de lo público.

Al hacerlo, se enfrentarían a la necesidad de vincular eficiencia con intencionalidad. Si los políticos son responsables de crear el mejor espacio público para la ciudadanía: ¿cómo definir cuál es ese ‘mejor’? Si hicieran esta reflexión en conjunto, lo ‘ideológico’ y los ‘intereses’ de cada uno serían procesados y matizados desde una intencionalidad de generar el bien común.

Pero la política no es sólo administración de lo público, pues ella regula también muchísimos espacios de la vida en sociedad. En definitiva, la política es una fuente de definición de ‘valores’. Dicho de otro modo, la democracia tiene un componente de ‘religión’ pues es la fuente de las normas de conducta. Y aunque no creo que esto ha pasado inadvertido, pienso que no ha tomado el lugar que le corresponde en la reflexión pública: ¿Cuál es la cualidad particular de los políticos que les permite normar una gran cantidad de asuntos sociales?

Porque no deja de ser paradójico que cuando lo ‘laico’, es decir, lo ciudadano desprovisto de lo religioso -que es lo que está a la base de la generación de la democracia- le quita poder a la Iglesia en la determinación de los asuntos valóricos en la sociedad, pasa luego a apropiarse de ese mismo poder. Entonces, una conducta ya no se debe realizar porque Dios lo manda, sino porque la ley lo manda. Para esta apropiación, el político ya no descansa en su alianza con Dios sino en su condición de ‘vocero del pueblo’.

Chile en elecciones

Esto nos devuelve el tema del interés por el voto desde otro ángulo. Al no votar, el pueblo le quita piso a su portavoz. Pero finalmente lo importante es lo siguiente: ¿En qué sentido el voto del pueblo se pronuncia realmente sobre las opciones valóricas de los políticos? Si existía alguna vinculación entre ello cuando los partidos representaban sectores ideológicos, ¿qué relación queda entre soberanía popular y valores de los representantes cuando esto se pierde y las votaciones pasan a tener mucho de ‘miss simpatía’?

Esto nos lleva finalmente a reflexionar sobre cuál es y cómo se genera la ‘calidad’ humana de los políticos, y los fundamentos de sus posiciones ante la vida. Si sólo estuviéramos ante administradores de lo público, bastaría preguntarnos por sus cualidades administrativas, pero si ellos regulan los valores de la sociedad, corresponde preguntar por sus cualidades morales.

Esto abre una pregunta más amplia: en la sociedad laica-democrática, ¿quién está cualificado para regular lo social-valórico? Mi opinión es que esto está en las herramientas de desarrollo personal. No digo que esté en quienes las administramos. No estoy proponiendo que los ‘profesionales’ del desarrollo personal seamos más ‘morales’ -algunos lo serán o lo seremos más o menos que otros, igual que en cualquier campo-, lo que digo como convicción es que en las herramientas está la posibilidad, para cada quién, de hacerse -hacernos- mejores en nuestras cualidades morales.

Esto encierra la propuesta de ocupar las herramientas de desarrollo personal en todos los campos, para apoyar a que cualquier persona con un rol de impacto sobre los demás intente ser más moral, más sana. 

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