SOMOS SALUD MENTE-CUERPO Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Octubre de 2013

 

 

La bioquímica del alma

La porfiada realidad nos muestra que un órgano no es sino la manifestación particular de un todo interdependiente, y que el alma requiere de un órgano o de un sistema físico para expresar sus disarmonías. El colon, por ejemplo, se irrita por la irritada vida que llevamos…

Por Dr. Wilson Araya V.

Para que sigan teniendo validez en la vida moderna, los antiguos axiomas no sólo deben ser creíbles, deben superar, además, las pruebas a las que el paradigma dominante las somete.

Los principios de correspondencia siguen siendo un desafío para el intelecto. “Como es arriba así es abajo”, “así en lo macro como en lo micro”, etc, son verdades que difícilmente pueden ser comprendidas cuando el modelo de pensamiento ha dividido todo en fragmentos: la naturaleza es entendida como algo externo, separado y ajeno a nosotros.

Los seres humanos, por otro lado, nos hemos autodenominado los grandes dominadores del planeta, nuestra Tierra nos sirve sólo funcionalmente para satisfacer las necesidades que nosotros mismos inventamos. Hemos fraccionado todo lo existente, hemos intentado hacer desaparecer los infinitos lazos que nos unen al universo. Pero no nos hemos detenido allí: en nosotros mismos hemos separado el cuerpo del alma, la emoción de la razón, lo superior de lo inferior, lo micro de lo macro, el espíritu de la materia.

Esta fragmentación ocurre en todos los ámbitos de la vida, pero es particularmente notoria en la medicina. Galeno, considerado el padre de la medicina moderna, había enunciado ya en el siglo II d.C.: “Medicus curat, natura sanat”, y con ello había entregado un enorme impulso a la medicina para que abandonase las explicaciones religiosas respecto a las causas de las enfermedades y se centrara en el estudio del propio ser humano y luego de la anatomía y fisiología comparadas. Así nacieron y se desarrollaron las diversas especialidades médicas, que han hecho y hacen un enorme aporte a la curación de enfermedades específicas.

La bioquímica del alma

La especialización ¿integra o separa?

Sin embargo, la hiper especialización también ha traído consigo consecuencias negativas. ¿Cuántas veces ha sucedido que un especialista en algún órgano deriva a su paciente al psiquiatra después de evaluar los exámenes y comprobar que la funcionalidad es normal? “Esto no es somático, es psíquico” será la reflexión que fundamente su decisión, como si el órgano físico no fuese propiedad del individuo que lo porta, como si las vísceras no funcionaran en relación con el sistema nervioso y/o hormonal del paciente, como si el órgano alterado no fuese también un destacado asiento del poder y del amor de la persona enferma.

La porfiada realidad, sin embargo, nos muestra día a día que un órgano no es sino la manifestación particular de un todo interdependiente. El colon se irrita por la irritada vida que llevamos, porque el alma requiere de un órgano o de un sistema físico para expresar sus disarmonías. Pero esa porfiada realidad parece ser aún insuficiente para seducirnos a ir hacia una comprensión más amplia y más lógica siquiera de la especie humana. En este modelo, aún predominante, se comprende al propio ser humano como una simple suma de moléculas que genera la funcionalidad de los órganos y sistemas físicos.

Pero sería injusto adjudicar esta forma de pensar, que está presente en cada uno de los ámbitos de la vida social, solamente a algunos representantes de la medicina moderna.

En esta mezquina forma de imaginar a la especie humana, desaparece toda pregunta sobre el sentido y el propósito del ser y del quehacer humano; el ordenamiento molecular parece algo mecánico; el cuerpo físico es entendido confusamente como el ser, haciendo desaparecer toda necesidad de reflexión y de respuestas acerca de la existencia misma de una finalidad superior para el funcionamiento de los órganos, células y moléculas que constituyen nuestra corporalidad física.

En el contexto de la propia ciencia hemos hecho enormes avances: hemos ido de lo general a lo específico, de lo macro a lo micro. La invención del microscopio nos permitió descubrir la existencia de unidades de vida pequeñísimas, las células. Entonces, descubrimos las bacterias y los virus. Avanzamos a pasos gigantescos en la comprensión de mecanismos vivos que gatillan muchas enfermedades. Aprendimos a maravillarnos comprobando que la vida no termina en la corporalidad macroscópica accesible al ojo desnudo.

Del submundo de la microscopía seguimos bajando hacia niveles inferiores de organización. Luego vino el desarrollo de la bioquímica, otro nivel más bajo en la escala de lo submicroscópico, y de igual forma, nos sorprendimos del encaje perfecto de las moléculas para terminar generando tal o cual hormona o neurotransmisor. Sin embargo, embriagados por los resultados del método científico y por las maravillosas posibilidades que nos abría la tecnología, nos fuimos alejando cada vez más del contexto del cual los nuevos descubrimientos formaban parte.

Al paciente anémico le falta fierro en la sangre, así como voluntad férrea para enfrentar la vida. Incluso las plantas de la habitación en que yace crecerán menos de lo que le permite su potencial genético.

Las semillas no dejan ver el bosque

Interpretando esto de manera metafórica: nos estábamos ocupando ya no de las células de una semilla de planta, sino del funcionamiento de las moléculas que las constituyen, pero olvidamos que ellas pertenecen a un árbol, y este a un enorme bosque, para qué hablar del olvido de que el bosque es una estructura viviente, y que también existe el espíritu del bosque.

Los modelos de pensamiento, que llamamos también paradigmas, constituyen una herramienta eficaz para superar las limitaciones de las creencias anteriores, pero al mismo tiempo terminan constituyéndose en una trampa para el progreso y el desarrollo de mejores conceptos, en todo ámbito de la existencia humana, y nada más brutal que eso suceda precisamente en el ámbito de la salud.

En el estrecho margen de flexibilidad del método predominante, pareciera que se enferman nuestros órganos y sistemas, parece que los exámenes imagenológicos muestran solo “cosas” que funcionan mal. Hemos llegado a un punto en que le creemos más a la radiografía, al scanner o a la resonancia magnética que al propio paciente.

Los exámenes bioquímicos, de igual manera, nos muestran sólo disfuncionalidades a niveles submicroscópicos. Pareciera que los síntomas y las enfermedades de un individuo no tuvieran que ver con lo que está viviendo, menos aún pudieran tener relación con lo que él es; las emociones son una cosa, el cuerpo físico es otra.

El juicio (o más bien dicho, prejuicio) acerca de que un infarto al miocardio es simplemente un problema del órgano –cosa corazón- y no del individuo al que le pertenece es una aberración del pensamiento firmemente asentada en el cerebro de pacientes y actientes del acto curativo. Los primeros buscan que les resuelvan el problema del órgano o sistema; para eso pagan cada mes obligatoria y disciplinadamente sus cuotas del seguro de salud. Para ambos es una explicación muy cómoda, pues les ahorra el trabajo de investigar la existencia de lo intangible humano y comprender las relaciones necesarias y recíprocas entre el cuerpo físico, las emociones, la mente, y finalmente, el alma misma.

Todo lo anterior hace patente la necesidad de un cambio global y profundo en la manera de vivir la enfermedad y recobrar la salud, que incluya a pacientes y terapeutas como partes activas de un proceso de aprendizaje transformacional.

La bioquímica del alma

Mensajeros del alma

Hace algunos años me planteé la tarea de poner a prueba algunos de esos antiguos y sabios aforismos. ¿Existe realmente alguna correspondencia entre lo microscópico y lo macroscópico?; ¿pueden las alteraciones celulares corresponderse con cambios emocionales y conductuales?, en fin, ¿será posible acercarse a la comprensión del alma humana sirviéndose de exámenes comunes como el hemograma y el perfil bioquímico?

El significado de la palabra “hormona” es “mensajero”, y me pregunté de qué tipo de mensajería se trataba; sospeché que podía no haber sólo una conexión tonta entre tal glándula y tal receptor celular. También acá fui acorralado por la metáfora: ¿transporta un cartero solo letras y papeles sin sentido, embalados en sobres igualmente desprovistos de intangibles? ¿o realmente traslada las emociones, ideas o pensamientos contenidos?, ¿carga en la parrilla de su bicicleta únicamente tinta y celulosa o, además, los amores, frustraciones, dudas y esperanzas de quienes las escribieron?

Comencé la tarea de recopilación hace unos 10 años. El trabajo de quien observa es genial y tedioso al mismo tiempo. El calendario avanza y tiene cada vez más cifras; los registros con exámenes y anotaciones sobre cualidades arquetípicas de los pacientes llenan los tradicionales archivos, pero aún no aparece la luz que le permita ver que esos fríos números son códigos vivos que hablan un lenguaje secreto, proveniente del alma de seres vivos.

El primer chispazo vino de una parte del hemograma de algunos pacientes anémicos. Todo es coherente: les falta fierro en los glóbulos rojos, y las personas están igualmente desprovistas de la voluntad férrea que necesitan. Su cuerpo denota una baja energética, la cabeza debe ser sostenida por un brazo, la mirada hacia abajo, la piel pálida, las emociones igualmente deprimidas, el entusiasmo esfumado, el color de la vida se ha apagado y adquirido la lividez propia de la anemia.

La anemia es un fenómeno no solamente celular y molecular, es un fenómeno corporal y emocional, es una manifestación mental y conductual. Además, la anemia no solamente afecta al individuo, también a su entorno. Llegará el momento en que podremos observar y medir: las plantas del cuarto del paciente anémico no pueden crecer tanto como su potencial genético lo permite. Obviamente, seguirá habiendo opiniones que fundamentarán esto no como consecuencia del tipo de conexión energética anémica entre el paciente y la planta, pero de todos modos habremos avanzado una pizca en entender la unidad del Todo.

Cada molécula y cada átomo tienen la capacidad de comunicar, de relacionarse con sus iguales, de expresar sus cualidades bioquímicas incidiendo en la emoción, en la mente y en el alma humana.

Mis archivos comenzaron a cobrar vida: las cifras comenzaron a reordenarse y a mostrar imágenes arquetípicas de las personas a las que se les había extraído la sangre en una aséptica y fría sala de toma de muestras. Ahora sí era evidente la obviedad: La muestra de sangre, como parte de la persona toda, es una representación condensada de ese individuo. Es obvio que su sangre debe entregar principalmente mensajes de él o ella, y no del vecino o de algún esquimal perdido en el Sahara.

Al hemograma siguió el perfil bioquímico, a este la interpretación analógica de los mensajes cifrados de grupos hormonales tiroídeos y sexuales. Me preocupó el alto índice de enfermedades tiroídeas en la mujer chilena; pareciera ser que el avance en el nivel de conciencia de ellas no está siendo acompañado del mismo fenómeno entre los hombres, incluso más allá de la vida de pareja. Muchas mujeres viven la sensación de que sus explicaciones y fundamentaciones son vividas por la contraparte como “conversaciones con la pared”, generando una severa frustración por lo infructífero de sus esfuerzos por comunicarse eficientemente para el bien común.

He ido entendiendo, cada vez con más claridad, que no solamente las hormonas “mensajean”; cada molécula y cada átomo tienen la capacidad de comunicar, de relacionarse con sus iguales, de expresar sus cualidades bioquímicas incidiendo en la emoción, en la mente y en el alma humana. El espíritu, entendido como la energía omnipresente, está siempre vivo en todos los planos del Ser. El espíritu vive en cada molécula y átomo que nos constituye.

Además, esta ruta de lo micro y lo macroscópico es una gran vía con pistas de ida y de regreso. De manera similar, el alma humana se expresa a través de lo celular y de lo molecular. En esta dimensión vital, la bioquímica sostiene al alma, y el alma necesita a la dimensión molecular para entregar sus profundos mensajes que, de lo contrario, quedarían eternamente ocultos en la mudez y la ceguera de aquella persona que no sabe que no sabe.

Mis interpretaciones sobre algunos exámenes bioquímicos se han convertido en un tema de conversación permanente con mis pacientes, pues no entregan solo cifras, sino una mirada íntima y ventajosa para percatarse de las causas profundas que les ocupan y remueven los cimientos de su vida, y como ayuda para promover y potenciar los recursos de la autosanación.

Sé que todo lo hecho en este decenio es apenas un primer paso. Es una pena que la vida sea así de corta y finita; sin embargo, sé también que vendrán otros a profundizar lo aprendido. Eso convierte mi alegría en infinita. 

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