DESARROLLO PERSONAL CREATIVO Publicado originalmente en la edición impresa de la revista en Diciembre del 2013

 

 

Jugando a preguntar inconcebibles

A escala del universo no somos nada, pero, a nuestra escala, somos todo. Desde esta mirada puede surgir en nosotros un sentimiento natural de habitar y compartir la vida con un ser superior, y adquirir con ello un sentido de nuestro lugar en el universo.

Eduardo Yentzen P.

Eduardo Yentzen P.

Guía de desarrollo personal, escritor y Director del proyecto Iluminar la Educación, de Fundación Chile Inteligente.

www.eduardoyentzen.cl

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Necesitamos un sentimiento así para atenuar nuestra soberbia –la que piensa al ser humano como corona de la creación-, pues desde ella emprendemos nuestras acciones destructivas, entre nosotros y hacia el planeta.

Ahora bien, este sentimiento se puede despertar también a través de abrir nuestra mente –las mentes, como los paracaídas, funcionan cuando están abiertos- a lo inconcebible, intentando comprender el cosmos, para que ella se vea sus límites, y se abra así al asombro y al misterio que permitirá la apertura de nuestro sentimiento.

Para ello, le podemos proponer a nuestra mente que piense en el principio de escala, a través de imaginar un círculo, y reconocer que él puede representar bien una célula, un ser humano, un sistema solar o la totalidad del universo.

Luego, proponerle pensar que todo círculo representa no sólo una unidad a una cierta escala, sino también una totalidad a la escala menor siguiente. Así, un círculo representa simultáneamente el uno y el todo.

Por ejemplo, el universo es una unidad que contiene en la escala siguiente la totalidad de galaxias que varían en tamaño y aspecto. Luego, a una escala mucho más abajo, la humanidad es una unidad que contiene la totalidad de seres humanos, que varían en tamaño y aspecto. Y aunque no nos parezcan analogables las formas de las personas y de las galaxias, ambas muestran una misma estructura y un mismo principio operando a distinta escala.

O le podemos proponer a nuestra mente una mirada a las velocidades, a distintas escalas. Así, a nuestra escala reconocemos este gigantesco planeta en que vivimos, y sus enormes distancias. Pero sabemos que la luz recorre el perímetro de la Tierra en 1/7 de segundo. Entonces podemos pensar: si esa energía que llamamos luz tuviera percepción y conciencia, ¿de qué tamaño percibiría a este planeta que circunda en un séptimo de segundo?, ¿o llegar a la Luna si le toma 1.1 segundo? ¿o cómo percibiría los 8 minutos que le toma saltar al Sol?

Si nos demoráramos un séptimo de segundo en dar la vuelta a una hormiga –de hecho, nos demoramos más- entonces un ser de luz percibiría a nuestro plantea como a una hormiga. Tenemos entonces que un ser con otra velocidad vive el espacio y las distancias en otra dimensión.

Desde esta mirada puede surgir en nosotros un sentimiento natural de habitar  y compartir la vida con un ser superior, y adquirir con ello un sentido de nuestro lugar en el universo.Si nuestra mente piensa así, puede abrirse a la idea de habitar un ser superior, pues un ser que vive a velocidad de la luz nos supera en escala.

Y ese ser, ¿nos supera en inteligencia y en sentimiento? En inteligencia es fácil concebir que sí, pues la inteligencia contenida en el funcionamiento del universo es superior a la nuestra –dicho de otro modo, mi inteligencia no es capaz de crear un universo-; y por otro lado, podemos reconocer que en el universo sólo hay destrucción por necesidad –por alimentación-, por lo que podríamos pensar que está más cerca que nosotros del amor.

Bueno, sigamos contándole a nuestra mente sobre las distancias y los tiempos. Si la luz demora 1,1 segundos en llegar a la Luna, ella demora 4 años en llegar a Alfa Centauro, la estrella más próxima, 100 mil años en recorrer el diámetro de nuestra galaxia, y en llegar a la gran nebulosa de Andrómeda, similar en forma y tamaño a la nuestra, 2 millones de años.

Pero si imaginamos a un ser de luz cuya luz tuviera una velocidad millares de veces más rápida que la de la luz que ven nuestros ojos, entonces ese ser de luz recorrería las distancias millares de veces más rápido que la luz cuya velocidad ya nos deslumbró. ¿Cuál sería la percepción que tendría ese ser de la escala del universo? ¿Qué forma tendría para él una galaxia si la recorriera en los mismos 1/7 de segundo con que la luz que conocemos recorre la Tierra? Un ser así percibiría la galaxia del tamaño de nuestra Tierra para nuestra luz de 300 mil kms/ por segundo y como una hormiga para nuestra velocidad.

Jugando a preguntar inconcebibles

¿Y habrá aún más allá un ser de luz cuya velocidad sea tan rápida que abarque ‘de una’ todo el universo, como el tren instantáneo de Santiago a Puerto Montt del antipoema de Nicanor Parra, haciendo que el recorrer la totalidad del universo no le requiriera tiempo, y esté por tanto instantáneamente ‘en todas partes y en todo lugar’ ya no por extensión –como el tren de Nicanor- sino por velocidad?

Jugando así a preguntar inconcebibles a nuestra mente, nos encontramos, por un lado, con la constatación de nuestra pequeñez en el orden del universo y los límites de nuestra comprensión; y a la vez, con esta mágica posibilidad de comprender esta unidad /totalidad viva que nos contiene, a la que llamamos universo y a concebir la presencia de un ser superior. Esta es la belleza de nuestra condición humana. 

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