SOMOS MEDIOAMBIENTE Publicado Originalmente en la edición impresa de la revista en Junio de 2014

Refugio Tetelhue: Paz interior que se palpa y se respira

A 25 minutos de Chillán, en plena Octava Región Cordillera, se encuentra una localidad rural llamada Colliguay, cerca de Quinchamalí. Allí, entre valles verdes y frondosos, una mujer decidió generar este espacio de confort, cuidado, amor y paz.

Textos y fotografías de Eva Débia

Salir de Santiago en tren es una experiencia singular; los vagones acunan al paseante, adormecen los sentidos y sólo queda la vista. Y ¡qué vista!, camino al sur. Mi destino es la estación de Chillán, donde María Ester Williams me espera para llevarme a su sueño, a su proyecto, a su espacio y su orgullo: se trata de Tetelhue, un refugio literalmente en la punta de un cerro.

Los matorrales de rosas mosqueta pintan de colorado el verde intenso de todo el paisaje, mientras la mezcla de aroma de eucaliptos, pataguales, boldos, aromos, quillayes y álamos refresca los pulmones de quien respira.La historia se remonta a su infancia; esta santiaguina viajaba todos los veranos a la casona de adobe de su abuelo, que la esperaba en la estación de Colliguay (hoy en desuso, ya que el tren pasa directo a la Papelera, como me explica al pasar por allí la anfitriona) y la trasladaba en una carreta tirada por bueyes. Volvía a Santiago amurrada y de mala gana, con algunos kilos de más y el alma llena de trinar de pajaritos. “Recién a la altura de Talca volvía a hablar”, comenta, mientras recorremos un paisaje de cuento, con praderas, viñas y añosos árboles.

Desde ese entonces supo que algún día replicaría esa sensación de plenitud en sus futuros nietos; por ello, cuando muchos años después existió la posibilidad de comprar 14 hectáreas en la misma localidad, no lo pensó dos veces.

Con el terreno conseguido, quiso poner de inmediato manos a la obra, pero sus tres hijos y su marido se mostraban escépticos con este proyecto. María Ester quería armar un espacio para compartir esta conexión con la naturaleza, para dejar de lado el estrés y las exigencias de la vida cotidiana de las ciudades. Un refugio, un abrazo con el planeta, que no fuera solamente para la familia sino para acoger a quien ande buscándose a sí mismo. “No, mamá, es muy lejos, la gente no va a querer llegar”, comentaban al principio.

Pero esta mujer menuda y de ojos parlanchines no se amilana fácilmente: se consiguió una retroexcavadora y comenzó a habilitar el terreno; primero agua y luz, lo básico para partir cualquier emprendimiento.

Han pasado 14 años desde esa fecha; lo que en un principio fue un cerro desordenado y gobernado por una vegetación exuberante, hoy presenta un panorama muy diferente. Llegamos al campo Doña Fresia, en honor a la madre de María Ester, y un camino coronado de pinos verde intenso se ofrece como portal de silencio, interrumpido sólo por el canto excepcional de algún grupo de queltehues o por el viento que silba entre los árboles.

María Ester en su ambiente: Tetelhue, un refugio para visitar.
María Ester en su ambiente: Tetelhue, un refugio para visitar.

Refugio

María Ester tiene ocho nietos, su adoración, sus ojos. Van desde los 19 a los 3 años, y se regocija con ellos cada verano en este mágico lugar; le dicen cariñosamente “tetel”, de allí el nombre de este espacio. En mapudungún, “hue” equivale al espacio de algo o alguien. Y claro, este es el espacio de la abuelita. El traspaso generacional se siente y se vive, se aprecia en el entorno. Precisamente, en una de las explanadas, con una visión de ensueño, se ve a lo lejos la casona antigua de adobe donde María Ester solía vacacionar con su propio abuelo.

La entrada da paso a un sinfín de árboles frutales; los pinos abren espacio a un sendero escoltado por cerezos, mientras a la derecha se adivina un camino de futuras parras. La naturaleza ha sido tratada cuidadosamente y con respeto: los matorrales de rosas mosqueta pintan de colorado el verde intenso de todo el paisaje, mientras la mezcla de aroma de eucaliptos, pataguales, boldos, aromos, quillayes y álamos refresca los pulmones de quien respira.

Dos golden retriever saltan y corren felices entre los árboles, y un par de gatos remolones bostezan bajo el alero de una de las construcciones de madera. El recinto cuenta con cinco cabañas, todas de madera, cómodamente implementadas para recibir a quien llegue.

La sala de juegos es acogedora y combina con delicadeza varios espacios.
La sala de juegos es acogedora y combina con delicadeza varios espacios.

Las chimeneas arden y el frío del sur se corta abruptamente al guarecernos bajo techo para recibirnos con ese olor a leña tiznada tan propio de la Octava Región. El interior de la sala comedor, un espacio amplio con una cocina americana, nos espera con lo mejor de la comida casera: un opíparo almuerzo coronado con duraznos en conserva caseros, de los mismos árboles de la casa.

Los cuidadores de este delicioso espacio sonríen y, con cada gesto, muestran afabilidad en la atención. María Ester me invita a recorrer los senderos y las instalaciones, y no dejo de sorprenderme: todo está fina y amorosamente dispuesto; los jardines previos a la sala de meditación, la elegante sala de juegos, el entorno de la piscina y el hot tub (tinaja grande de madera con agua caliente, situado en el exterior, con una vista privilegiada al valle de Colliguay), la sala de masajes, los mismos bosques de eucaliptus. Ella ha pasado 14 años cuidando que este espacio sea único, hermoso, grato, inolvidable.

Damos una vivificante caminata que dura un par de horas entre árboles añosos, musgo y olor a tierra mojada. El universo nos envía agua, pero espera a que volvamos al comedor para llover en serio. La noche llega silenciosa, con ese silencio fuerte que incluso se escucha. Duermo como un lirón, al día siguiente, Fabiola me lleva un riquísimo desayuno a la cama (“excepcionalmente”, me dijo María Ester), y luego bajamos a disfrutar del hot tub.

Vista panorámica al valle de Cochiguay, Octava Región Cordillera.
Vista panorámica al valle de Cochiguay, Octava Región Cordillera.

El taller

María Ester no está sola en este andar; su hija Carolina la acompaña, ya que juntas idearon el desarrollo de talleres de crecimiento personal y de encuentro con uno mismo; me explica que decidieron ofrecer en este espacio, una vez al mes, un servicio de taller que va de jueves a domingo, que incluye absolutamente todo y que cada vez tiene más adeptos. “La idea es que las personas que vengan disfruten de este espacio de desconexión de la vida cotidiana, y además puedan tomar herramientas de vinculación emocional con ellas mismas. Es una experiencia maravillosa”, comenta Williams.

El programa ofrecido se inicia en la Estación Central, partiendo a las 17.45 hrs. de un jueves y llegando a Chillán a las 22.30 hrs. del mismo día. En este lugar, María Ester y Carolina, quienes trabajan coordinadamente, esperan a los visitantes para trasladarlos al refugio. Allí, son recibidos formalmente por las anfitrionas y por el psicólogo Felipe González, Master en dirección de recursos humanos y habilidades directivas, y miembro asociado de IPPA (International Positive Psychology Association), quien colabora activamente en el desarrollo de los talleres y coachings a presentar durante las jornadas.

“Lo ideal es que no sean más de doce personas por vez”, comenta María Ester, pues se busca generar una dinámica íntima y de total aprovechamiento tanto de los procesos grupales, como del entorno, a nivel individual. Tras la cena, el día viernes parte con desayuno a las 9.30 hrs., y a las 10,30 se inicia el programa que ofrezca el coach.

“La idea es que las personas que vengan disfruten de este espacio de desconexión de la vida cotidiana, y además puedan tomar herramientas de vinculación emocional con ellas mismas”.

Estos talleres tienen un recreo de 20 minutos, a las 12 hrs, en el que se ofrece a los asistentes algo dulce para comer y refrescos. A las 14 hrs. se sirve el almuerzo, y durante la tarde se entrega libertad de acción para diversas actividades recreativas: se puede utilizar la sala de juegos o la piscina, realizar caminatas por los hermosos senderos, y con una inscripción previa, se puede disfrutar de un masaje con piedras calientes en una pequeña cabaña perdida en medio del bosque.

Esa tarde está programada una caminata guiada al puente colgante, y tras la cena, la jornada termina con una ceremonia de fuego en la que se quema en una pira lo que se quiere dejar atrás en la vida de cada quien.

El sábado, la rutina es la misma, salvo en la noche, momento en que se dispone de la llamada noche de talentos; en ella, cada participante comparte de manera voluntaria sus habilidades o talentos, junto a una cena especial.

El domingo el taller finaliza con las propias dinámicas de cierre, y tras el almuerzo se va a dejar a los visitantes a la estación de trenes de Chillán, para partir de vuelta a Santiago a las 16.45 hrs.

Cada plaza está diseñada con esmero y prolijidad.
Cada plaza está diseñada con esmero y prolijidad.

Servicios

Los servicios complementarios de bienestar de Tetelhue incluyen diversos masajes y la tina de agua caliente.

El masaje de piedras calientes es un proceso que estimula los sentidos mediante el calor de las piedras, lo que permite trabajar a un nivel más interno y genera la unión perfecta entre relajación, armonía y equilibrio.

Por su parte, el masaje de relajación resulta especial para combatir el estrés con la oportuna aplicación de cremas aromáticas; la mezcla de estímulos olfativos y de tacto invita al descanso y a la recomposición del ánimo deseado.

El masaje champi es una técnica muy antigua, centrada en la estimulación de la parte superior del cuerpo, abarcando hombros, cuello, cara y cabeza. Esto resulta ideal para liberar tensiones físicas del cráneo, afecciones a la espalda y problemas de bruxismo.

Si bien podría pensarse que los hot tub, también llamados tinas de aguas calientes, son asimilables a un jacuzzi, están lejos de ello. Son mucho más grandes, y la temperatura se consigue a través de fuego hecho con leña. El aroma ambiente, sumado al entorno -ya que este servicio se entrega al aire libre-, permite una grata sensación de ingravidez y flotabilidad, beneficiando el sistema circulatorio y aliviando dolores en general: espalda, cuello, articulaciones y músculos sienten los gratos efectos de este baño. Además, el agua caliente abre e hidrata los poros de la piel, ayudando a la eliminación de toxinas. Junto a lo anterior, este tipo de baños estimula las defensas del organismo, acelera el metabolismo, reduce el nivel de azúcar en la sangre, elimina el estrés, prolonga el sueño profundo y relaja los nervios. Esta periodista puede dar fe de ello. 

*Más información: www.tetelhue.cl

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